Herbario


sábado, agosto 25, 2007


Una recomendación

"Playa de Toró

Playa de gran belleza y espectacularidad, cuenta con la certificación Q de calidad, con forma de concha de unos 220 metros de longitud, caracterizada por una serie de pináculos rocosos que salpican parte de la arena en interior de la concha y que son los restos de formaciones kársticas.


Calificada como semi-natural, se localiza próxima a Llanes, en un entorno muy humanizado, de carácter residencial, dotado de buenos accesos por carretera, bien desde el mismo núcleo urbano de Llanes, bien desde la carretera local dirigida al núcleo rural de Cue. Dispone de aparcamientos y gran variedad de servicios que contribuyen a la comodidad del usuario, como equipo de vigilancia y puesto de Cruz Roja, limpieza de playas, duchas, lavapiés, aseos, fuente de agua potable, papeleras, teléfonos, paseo y senda peatonal, equipamiento hostelero permanente y de temporada, así como camping en las cercanías. Cuenta también con aseos y ducha para personas discapacitadas, así como servicio de anfibugui para el acceso hasta el agua de minusválidos.


Por su belleza y calidad medioambiental, los servicios con los que cuenta, la excelente calidad del agua para el baño, su baja peligrosidad, se puede considerar como una de las mejores playas del litoral llanisco y de las más frecuentadas. Por todo ello desde el año 1996 ha contado en varias ocasiones con la distinción de la Bandera Azul (Bandera Azul también en 2007)."

Preciosa, realmente.

Cuando llegamos por la mañana no había nadie más que nosotros. Tiempo ventoso con algunas apariciones del sol entre nubes dispersas. Estuve recogiendo algunas conchas de lapas de rayado multicolor y tamaño variable. Algas color vino incrustadas como fósiles sobre la arena más prieta. Por lo demás, arena de harina. Patas de elefante clavadas en el suelo. Una cueva de estalagmitas con el cielo por techo, frente al mar. Hice algo de ejercicio para entrar en calor. Creo que me he resfriado -¡atchíiiiiisssssssss!-, pero con mucho gusto.


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jueves, agosto 23, 2007

De nuevo en ruta

Mañana nos vamos a Celorio, un lugar de la costa de Llanes donde pasaremos un par de días en lo alto de una colina en una casita pintada de verde con vistas al mar, desde la que apenas tiene cobertura el teléfono móvil. No quedan lejos las playas; se llega en un instante bordeando prados floridos e invernaderos.

No dan buen tiempo para el fin de semana. No nos importa. Incluso bajaremos a ver el mar, ya que no tenemos problema en hacerlo en otoño o en invierno. A nuestro favor, quizás, el espacio vacío, tan sólo para nosotros. Además de los trajes de baño -por si el pronóstico no es acertado-, llevaremos jerseys, botas y calcetines. No estaría mal, si hace frío, quedarnos a mirar en calma la puesta de sol envueltos en nuestra mantita provenzal de girasoles.

A la vuelta descansamos un día y, enseguida, el próximo lunes, partimos de nuevo hacia Galicia para quedarnos allí hasta el día 30. El 29 es mi cumpleaños y quiero celebrarlo en la casa familiar, acompañada por ti, por mamá y por unos cuantos amigos. No deseo regalos, ya tengo de todo; mi mayor deseo sería que mamá, en esta ocasión, tuviera hecha mi cama a mi llegada, y me diese un beso y un abrazo antes de reclamarme nada, ¿será mucho pedir?

Dejamos al gato con F., el chico que lo recogió de la calle antes de que nosotros lo adoptásemos definitivamente. Él lo hace con gusto y se lo agradecemos de corazón. Lo cuidará muy bien y Tito conoce perfectamente su casa. Así que, ¡todos contentos!

¡Hasta pronto!


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martes, agosto 21, 2007

Lecturas de verano

Este verano he navegado entre varios libros, ninguno de los cuales he terminado todavía. El primero que cayó en mis manos fue "Justine", una parte del Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell, que, si bien no me disgusta en absoluto, tampoco me apasiona. Luego comencé con Bertrand Russell y su Por qué no soy cristiano, al mismo tiempo, curiosamente, que mamá leía la vida de una monja. Más tarde me picó la curiosidad por El Barón Rampante, de Italo Calvino, en un momento en que me reconocí en su protagonista. Pero confieso que en realidad lo que buscaba era otro libro que había comenzado hacía tiempo y que no sabía por dónde andaba. Y lo encontré. Lo encontré tan sólo hace unos días en el bolsillo interior de una maleta azul. Seguramente lo había metido para algún viaje y lo había olvidado allí. No había manera de dar con él. Me alegré mucho por el hallazgo. El libro del que hablo es La Peste, de Albert Camus. Me centraré en él y lo terminaré, a pesar de que haya decidido el camino más difícil y satisfactorio; leerlo en versión original.

Debe de ser cierto eso de que hay un momento para cada libro. Así me lo parece a mí también.





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domingo, agosto 19, 2007

Senso

Les gustaba volver a casa en invierno, después de un largo paseo bajo la lluvia, los días en que no había trabajo, sólo por el placer del calor a su llegada, que, nada más abrir la puerta de entrada, sentían rodeando todo su cuerpo. La temperatura les permitía colgar los abrigos, las bufandas y los gorros. Los paraguas quedaban goteando en la bañera. Tras la ventana, imaginaban la ciudad helada y todavía se sentían mejor.

Uno de aquellos días regresaron y colgaron sus prendas del perchero. Se estaba bien en la estancia más grande de la casa. Si tenían frío, había mantas cerca, dentro de una cesta a cuadritos blancos y azules, las que utilizaban para taparse cuando se quedaban a ver alguna película en televisión. Era ya de noche. Ella encendió la luz anaranjada de la mesita blanca. Las cortinas olían a sándalo. Quiso aproximarse a él y abrazarlo. Él no replicó, abrazó a su vez, se dejó hacer, le encantó el gesto. Y enseguida, el abrazo de puro afecto se convirtió en un contacto lascivo porque ella comenzó a desear su piel. Lo fue desnudando mientras lo besaba. Él alargó una mano hacia atrás y puso un disco en el aparato de música. Bailaron lentamente, manteniendo el contacto, el torso desnudo de él pegado a ella, que le besaba apasionadamente los labios, las mejillas, los cabellos, los lóbulos de las orejas, los hombros..., para luego seguir en trayectoria descendente la línea del esternón y llegar al vientre que adoraba. Le besó repetidas veces el ombligo.

Él la recogió y elevó sus labios a la altura de su cara. Luego, comenzó a desnudarla. Lentamente cayeron al suelo su jersey de lana de cuello vuelto, la camiseta de tirantes, el sujetador de blonda de algodón, la faldita de tweed, las botas altas, las medias, las bragas con lacito de raso en el centro. La desnudez de sus muslos sentía con claridad la excitación evidente de su compañero, apretado en todo momento contra ella. Sus piernas esbeltas, su bonito trasero, la suavidad ondulada de sus caderas, los pechos generosos, todo ello iluminado por aquella luz, le otorgaba un tono cobrizo cálido y sumamente deseable. Volvieron a besarse mordiéndose las lenguas y los labios.

Ella se sentía húmeda desde hacía largo rato. Descendió de nuevo. Le soltó el cinturón. Retiró sus zapatos y sus calcetines, dejó bajar de una vez pantalón y ropa interior. La presión de su pene erecto la excitó todavía más. Siguieron bailando apretados, sintiéndose los cuerpos desnudos, las concavidades, las convexidades, el aliento acelerado, la violencia del pulso en la base del cuello. Con la persiana del gran ventanal semiabierta, alguien pudiera haberlos visto desde fuera. No les importó. Sólo se oía cantar a Frank, muy bajito, como en susurros. Giraban desnudos y pegados.

La danza los llevó hasta otra estancia. Permanecían de pie. Ella lo arrastraba contra sí y acariciaba su espalda de arriba abajo hasta sus nalgas con una mano; con la otra, revolvía sus cabellos, apoyada la cabeza de él contra la redondez de su hombro izquierdo. Él le rodeaba la cintura y dejaba su mano derecha en el calor benéfico e inquebrantable de su sexo.

Estaban en el dormitorio. La música seguía sonando un poco más lejos. Ahora se susurraban ellos palabras sugerentes: "Te deseo, ¿lo sabes? Déjame mirarte..." le pedía él mientras ella se tumbaba boca arriba sobre el edredón de colores brillantes. Y ella lo deseaba con pasión contenida, alargando el instante. Comenzaba a moverse como una ola sobre la superficie confortable, flexible su cuerpo como un junco, cálido, juvenil, terso y tonificado.

Las largas piernas se separaron. Sus pechos endurecidos mostraron alguna arista provocada por la caricia de sus dedos menudos. Él comenzó a acariciarse. Luego se arrodilló y miró el sexo de ella hasta aproximar su lengua al cubículo mojado y blando que la acogía como una fresa. El primer estremecimiento: "Así me encanta, continúa, hazme lo que quieras, bésame, cómeme, acaríciame, penétrame con tu lengua, con tus dedos, con tu pene, follemos hasta el amanecer o hasta la eternidad".

Su lengua ascendía hasta su clítoris. Varios dedos de una mano entraban y salían de su vagina. Desde allí, miraba con deseo los dulces ojos oscuros de ella, que le imploraban caricias infinitas. Él continuó ascendiendo, besando, besando, besando llegó a sus pechos, a sus pezones. Se hundía en ellos, los disfrutaba como rosas morenas de perfume fragante, mientras ella, enloquecida de deseo, cogía su pene y lo frotaba contra todo lo que antes había sido acariciado por su lengua. Ensortijados, quisieron ambos morirse de placer. El sexo de él, endurecido al máximo, palpitante, desplegado, carmesí, enorme y ancho, encontró la entrada y atravesó la puerta poco a poco hasta haber traspasado por completo el umbral. Allí se quedó largo tiempo, rellenando su espacio, a veces en reposo, otras en ligero movimiento, todo el tiempo que ella acariciaba su clítoris con suma delicadeza: "Sal de mí un instante. Quiero que volvamos a desear nuestro encuentro para sentir de nuevo el mismo placer, aumentado todavía un poco más". Y así lo hicieron varias veces. Caricias, besos, aromas -a cereal maduro, a oro dulce, a hierba cortada y ámbar-, susurros, mordiscos, lametones, deseo, disfrute, placer en busca de más placer hasta el final, si hay un final...

El deseo ascendió de la mano del placer. Ella se transformó a cada caricia, a cada suave sacudida de su miembro, a cada viaje por sus pechos y sus labios. Él sintió lo mismo dentro de ella en cada roce y dejó que ella alcanzase antes el éxtasis, tan sólo por el gusto supremo de sentir sus contracciones rodeando su sexo, de ver la expresión de su cara, de notarle la carne de gallina. Y cuando ella, tras un dilatado instante, decide que ya no puede más, creyendo casi morir, él retira su pene y ella se acerca a saborear su glande. Poco más hace falta para que él le indique que va a eyacular y le pide a ella que eleve sus caderas para poder hacerlo sobre su pubis. Eyacula en su monte de venus con varios espasmos; el orgasmo, el grito. Ella vuelve a estremecerse al mirarlo. Se estremece mil veces más mientras él acaricia sin pausa sus costados hasta las rodillas antes de soñar despiertos, la cabeza de ella sobre el pecho de él, antes de soñar dormidos, rendidos, felices.


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sábado, agosto 18, 2007

Un día en el paraíso
Dedicado a M., E., G. y a mí misma...

Hemos tenido invitados en casa hasta ayer por la tarde. Hemos dado tantas vueltas y hemos estado en tantos lugares estos últimos quince días, que estamos agotados. No es para menos. Ayer por la mañana viniste a decirme a la cama que queríais ir a la playa, pues no hacía un tiempo del todo malo y a M. le hacía mucha ilusión. Confieso que me costó mucho despegarme de mis sábanas, a pesar de que no nos dimos, en absoluto, el gran madrugón. Pero a esa hora en que viniste a despertarme todavía tenía muchísimo sueño, los párpados me pesaban y creo que acababa de soñar algo que enseguida olvidé.

Sin embargo, una vez levantada, me invadió tal optimismo y ganas de estar junto al mar de nuevo, que podría haberme dejado llevar a cualquier parte. Mientras vosotros bajabais a comprar la comida en la panadería, yo me ponía el traje de baño, las zapatillas de lona blanca y me ataba un pañuelo a la cabeza.

Decidimos ir a la playa de Verdicio. En el coche llevábamos puestas melodías de guitarra. Íbamos tranquilos, alegres y silenciosos. Seguimos la misma dirección que para ir a Xagó. Verdicio se encuentra un poco más adelante, siguiendo el camino hacia el Cabo de Peñas. La llegada transcurre entre colinas verdes perfumadas de heno que hacen ascender y descender la carretera. Antes del arenal, como en Xagó, un talud de dunas de donde emergen preciosos cardos verdeazulados, cortas espadañas con extremos de espuma, sombrillas caladas parecidas a las inflorescencias del hinojo, cuyos ramos suculentos estaban invadidos de colonias calcáreas de caracolillos blancos, y otras especies que no sabría reconocer.

La arena de Verdicio es gruesa y de color tostado, como formada por una inmensidad de conchas y crustáceos que hubiesen sido batidos indefinidamente por las olas y devueltos a la parte seca en formas minúsculas, irreconocibles. Después de un paseo por el agua de la orilla, mis pies y mis piernas quedaron escamosos al contacto con aquel material. Te dije, observado mi rodilla: "mira, un Barceló", recordando algunos trabajos del pintor mallorquín. El aire era fresco, el baño no recomendado, apenas asomaba un rayo de sol de vez en cuando, momento que aprovechaba para retirar mi camisa. Mirabas desde arriba, acostado junto a mí, y comparabas la silueta de mis pechos con la de las islas que cierran la ría que conocemos. Bromeábamos. M. y E., junto a nosotros, dibujaban y proponían juegos y regalos inmateriales. Las sonrisas. Las carcajadas. El silencio. La juventud. El placer de una tarde de verano en la playa entre amigos.

Poco antes de marcharnos, tumbados ambos en la misma toalla boca abajo, me miraste y me dijiste que estaba preciosa. La piel de la cara bronceada, cubierta mi mejilla y mi sien por la misma arena de trocitos minúsculos incrustada en mis piernas. Te parecí una figura pintada por Gustav Klimt, un mosaico dorado... tan sólo tú podrías haberme dicho tal cosa, lo sé. Sonreí.

El regreso.

Una foto de grupo con disparador automático.

Los besos, los abrazos, la partida.

Dejamos que M. y E. se despidiesen en la estación, mientras nosotros, en casa, nos abrazábamos.

Bendito día de verano en el paraíso, bendita amistad, bendito cariño, bendita juventud, bendita vida. Y ganas de volver a verte pronto, querido M.





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jueves, agosto 16, 2007

La distancia es necesaria para el regreso.


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miércoles, agosto 08, 2007






De vez en cuando...


...un dolce far niente


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miércoles, agosto 01, 2007

Todo el día de ayer me sentí deprimida, no sé muy bien porqué ni porqué no. Es cierto que no hemos pasado un mes fácil, pero ayer mi ánimo estaba por los suelos respecto a todos los días anteriores. Supongo que existen momentos así en todas las personas; sólo hace falta calmarse y esperar pacientemente que pase el chaparrón.

A media tarde salí sola bajo un sol de justicia a comprar unos regalos, ya que no pocas personas próximas están de cumpleaños dentro de unos días, y un collar antiparásitos para Tito, pues volvió del pueblo con alguna pulga. De vuelta a casa salimos los dos juntos y nos dirigimos al parque hasta que la luz del día fue desapareciendo tras las copas de los árboles. Nos quedamos en el Paseo del Bombé, mirando pasar a la gente y sin dejar de hablar. Me fui serenando, tú sonreías y me besabas. No hizo falta nada más para que mi ánimo comenzase a remontar.

Poco después, un breve paseo por el Fontán, donde se oía el guirigay de la gente que cenaba en las terrazas. Tomamos algo en una cafetería de la Calle Rosal donde estuvimos solos y, al salir, me compraste unos caramelos. Recordé aquella canción llena de ternura que dice: "...ti comprerò castagne buone / ti porterò dove vuoi..."

El regreso a casa por calles solitarias me dio la impresión de que la ciudad era sólo nuestra. El cielo iluminado por la luz silenciosa de las farolas. Apenas tráfico. El fresco nocturno de la calle en contraste con el calor del interior de la casa. Un poco de televisión y un dulce adormecimiento. Mañana será otro día. Mañana comienza la vida.


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No hay nada en esta vida que no tenga solución excepto la muerte.


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