Senso
Les gustaba volver a casa en invierno, después de un largo paseo bajo la lluvia, los días en que no había trabajo, sólo por el placer del calor a su llegada, que, nada más abrir la puerta de entrada, sentían rodeando todo su cuerpo. La temperatura les permitía colgar los abrigos, las bufandas y los gorros. Los paraguas quedaban goteando en la bañera. Tras la ventana, imaginaban la ciudad helada y todavía se sentían mejor.
Uno de aquellos días regresaron y colgaron sus prendas del perchero. Se estaba bien en la estancia más grande de la casa. Si tenían frío, había mantas cerca, dentro de una cesta a cuadritos blancos y azules, las que utilizaban para taparse cuando se quedaban a ver alguna película en televisión. Era ya de noche. Ella encendió la luz anaranjada de la mesita blanca. Las cortinas olían a sándalo. Quiso aproximarse a él y abrazarlo. Él no replicó, abrazó a su vez, se dejó hacer, le encantó el gesto. Y enseguida, el abrazo de puro afecto se convirtió en un contacto lascivo porque ella comenzó a desear su piel. Lo fue desnudando mientras lo besaba. Él alargó una mano hacia atrás y puso un disco en el aparato de música. Bailaron lentamente, manteniendo el contacto, el torso desnudo de él pegado a ella, que le besaba apasionadamente los labios, las mejillas, los cabellos, los lóbulos de las orejas, los hombros..., para luego seguir en trayectoria descendente la línea del esternón y llegar al vientre que adoraba. Le besó repetidas veces el ombligo.
Él la recogió y elevó sus labios a la altura de su cara. Luego, comenzó a desnudarla. Lentamente cayeron al suelo su jersey de lana de cuello vuelto, la camiseta de tirantes, el sujetador de blonda de algodón, la faldita de tweed, las botas altas, las medias, las bragas con lacito de raso en el centro. La desnudez de sus muslos sentía con claridad la excitación evidente de su compañero, apretado en todo momento contra ella. Sus piernas esbeltas, su bonito trasero, la suavidad ondulada de sus caderas, los pechos generosos, todo ello iluminado por aquella luz, le otorgaba un tono cobrizo cálido y sumamente deseable. Volvieron a besarse mordiéndose las lenguas y los labios.
Ella se sentía húmeda desde hacía largo rato. Descendió de nuevo. Le soltó el cinturón. Retiró sus zapatos y sus calcetines, dejó bajar de una vez pantalón y ropa interior. La presión de su pene erecto la excitó todavía más. Siguieron bailando apretados, sintiéndose los cuerpos desnudos, las concavidades, las convexidades, el aliento acelerado, la violencia del pulso en la base del cuello. Con la persiana del gran ventanal semiabierta, alguien pudiera haberlos visto desde fuera. No les importó. Sólo se oía cantar a Frank, muy bajito, como en susurros. Giraban desnudos y pegados.
La danza los llevó hasta otra estancia. Permanecían de pie. Ella lo arrastraba contra sí y acariciaba su espalda de arriba abajo hasta sus nalgas con una mano; con la otra, revolvía sus cabellos, apoyada la cabeza de él contra la redondez de su hombro izquierdo. Él le rodeaba la cintura y dejaba su mano derecha en el calor benéfico e inquebrantable de su sexo.
Estaban en el dormitorio. La música seguía sonando un poco más lejos. Ahora se susurraban ellos palabras sugerentes: "Te deseo, ¿lo sabes? Déjame mirarte..." le pedía él mientras ella se tumbaba boca arriba sobre el edredón de colores brillantes. Y ella lo deseaba con pasión contenida, alargando el instante. Comenzaba a moverse como una ola sobre la superficie confortable, flexible su cuerpo como un junco, cálido, juvenil, terso y tonificado.
Las largas piernas se separaron. Sus pechos endurecidos mostraron alguna arista provocada por la caricia de sus dedos menudos. Él comenzó a acariciarse. Luego se arrodilló y miró el sexo de ella hasta aproximar su lengua al cubículo mojado y blando que la acogía como una fresa. El primer estremecimiento: "Así me encanta, continúa, hazme lo que quieras, bésame, cómeme, acaríciame, penétrame con tu lengua, con tus dedos, con tu pene, follemos hasta el amanecer o hasta la eternidad".
Su lengua ascendía hasta su clítoris. Varios dedos de una mano entraban y salían de su vagina. Desde allí, miraba con deseo los dulces ojos oscuros de ella, que le imploraban caricias infinitas. Él continuó ascendiendo, besando, besando, besando llegó a sus pechos, a sus pezones. Se hundía en ellos, los disfrutaba como rosas morenas de perfume fragante, mientras ella, enloquecida de deseo, cogía su pene y lo frotaba contra todo lo que antes había sido acariciado por su lengua. Ensortijados, quisieron ambos morirse de placer. El sexo de él, endurecido al máximo, palpitante, desplegado, carmesí, enorme y ancho, encontró la entrada y atravesó la puerta poco a poco hasta haber traspasado por completo el umbral. Allí se quedó largo tiempo, rellenando su espacio, a veces en reposo, otras en ligero movimiento, todo el tiempo que ella acariciaba su clítoris con suma delicadeza: "Sal de mí un instante. Quiero que volvamos a desear nuestro encuentro para sentir de nuevo el mismo placer, aumentado todavía un poco más". Y así lo hicieron varias veces. Caricias, besos, aromas -a cereal maduro, a oro dulce, a hierba cortada y ámbar-, susurros, mordiscos, lametones, deseo, disfrute, placer en busca de más placer hasta el final, si hay un final...
El deseo ascendió de la mano del placer. Ella se transformó a cada caricia, a cada suave sacudida de su miembro, a cada viaje por sus pechos y sus labios. Él sintió lo mismo dentro de ella en cada roce y dejó que ella alcanzase antes el éxtasis, tan sólo por el gusto supremo de sentir sus contracciones rodeando su sexo, de ver la expresión de su cara, de notarle la carne de gallina. Y cuando ella, tras un dilatado instante, decide que ya no puede más, creyendo casi morir, él retira su pene y ella se acerca a saborear su glande. Poco más hace falta para que él le indique que va a eyacular y le pide a ella que eleve sus caderas para poder hacerlo sobre su pubis. Eyacula en su monte de venus con varios espasmos; el orgasmo, el grito. Ella vuelve a estremecerse al mirarlo. Se estremece mil veces más mientras él acaricia sin pausa sus costados hasta las rodillas antes de soñar despiertos, la cabeza de ella sobre el pecho de él, antes de soñar dormidos, rendidos, felices.