Herbario


sábado, julio 28, 2007

Xagó

Ayer fuimos a la playa, ya que el día fue soleado y nos entraron ganas de estar al aire libre.

Una de las playas más cercanas, la de Xagó, al final del margen derecho de la ría de Avilés en dirección al paisaje protegido del Cabo de Peñas, nos queda a unos 20 ó 30 minutos en coche. No la conocimos hasta este verano, puesto que solíamos frecuentar los preciosos arenales de la costa de Llanes. Pero Xagó no nos decepcionó, más bien al contrario, y la costa de Llanes se va masificando año tras año a nuestro pesar y al del magnífico entorno que ostenta, remendado ahora por miles de residencias unifamiliares todavía en construcción, y hasta de edificios gigantescos como los de los barrios dormitorio de cualquier ciudad, en un ansia de nuevo rico propietario que no desea andar más de cinco minutos hasta el mar o hasta el chiringuito más cercano.

La playa de Xagó se descubre al fondo de un talud de dunas en las que enraíza una rica variedad de flora marina del Cantábrico. A los lados de las dunas y aun antes de ellas, como un preludio que anuncia una pieza sublime, suaves colinas en descenso de un verde apretado, tan sólo quebrado por los saltos de los insectos. Remontados los velludos oteros, el arenal extenso, cuyas comisuras no se descubren fácilmente a lo lejos ciertos días en que la bruma oculta los duros acantilados cubiertos de terciopelo. Sólo a medida que uno se aproxima a los extremos, va descubriendo la finitud del paisaje, compensada por la inmensidad del horizonte si la vista se dirige en línea recta hacia el mar.

La playa es enorme, pero sumamente íntima por la poca concentración de gente que allí acude. La zona central está prohibida para el baño, ya que el oleaje intenso no lo permite. Un paseo de lado a lado por la orilla, con el rumor constante de las olas rellenando por completo cada hueco del cuerpo y de la mente con un aliento vivificante que no reconozco en cualquier otra circunstancia, me transporta, despierta y consciente, a una ensoñación maravillosa, a un estado de alegría absoluta que al volver a la toalla me seda, me acuna y me adormece.

Ayer paseaba sola en pantalones cortos blancos, sujetador negro con vivos claros y pañuelo de algodón retirándome hacia atrás el cabello. El viento empujaba la claridad que resbalaba sobre cada centímetro de mi piel. Solía mirar alternativamente al suelo, al cielo y al mar. En el suelo, como con una cámara, veía mis pies menudos y bronceados caminando sobre la arena húmeda y endurecida de la orilla, incrustada de piedras de colores con los cantos suavizados a fuerza de ser devueltas por el mar una y otra vez, cuyos tenues colores contrastaban con el adorno de cuentas de mi tobillo derecho al que el agua otorgaba y quitaba, en cadencia rítimica, su pátina brillante; en el cielo, ni una nube, de un azul tan nítido que dejaba al descubierto la evidencia de mis moscas volantes; en el mar, una escalera de encaje blanco que se iba derrumbando y rehaciendo a cada instante, como movida por un impulso casi vital. No pude por menos que echar a cantar: "...e vivere la vita più che puoi..."


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jueves, julio 26, 2007

Dormí bien pero me levanté con un nudo en la garganta. Todavía necesito digerir lo de estos días pasados, lo de mamá, lo de tu angustia. Antes del desayuno, una larga meditación de cien respiraciones sentada en la postura de medio loto. Alguna vez me distrajo el gato, que quería jugar, pero volví a concentrarme sin dificultad -exhalación, inhalación-. Me sentí un poco mejor. Volví a mi libro. Pasó la mañana. Decidimos comer pronto. Yo misma lo preparé todo. Después del postre, un café expresso y un cigarrillo de vainilla consumido con lentitud. Nos cambiamos y salimos.

Al final, como siempre, la evidencia del mar. Marea alta; buena temperatura; claridad salada; bañistas y paseantes; bombones y pastelillos en los escaparates de las confiterías; quioscos con helados, sorbetes, tabaco y tarjetas postales; perfumerías y zapaterías en rebajas; un té helado de melón en el segundo piso del Café Dindurra; el programa cultural de la ciudad en verano; las copas llenas de los árboles del paseo; la calma; el bienestar, de nuevo el bienestar, asomándose por una esquina.

En el envoltorio blanco y crujiente de un pastel de crema, la receta de un hojaldre de pistacho en letras color violeta. Hemos comprado dos libros: Meditaciones de Marco Aurelio y una colección encuadernada de recortables de automóviles en liquidación en una tienda de una calle céntrica.

El regreso.

El atardecer.

El bulevar al que dan nuestras ventanas con las terrazas llenas de gente.

Quizás veamos juntos, de nuevo, la película Ojos Negros con el gato tumbado en un extremo del sofá.


"Amóldate a las cosas que te han tocado en suerte; y a los hombres con los que te ha tocado en suerte vivir, ámalos, pero de verdad."

Marco Aurelio: Meditaciones, Libro VI, 39


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miércoles, julio 25, 2007

2

El día me lo salvó la grata presencia de J. y su familia. J., un primo catalán hijo del hermano mayor de papá al que hacía dieciséis años que no veía, llamó el día anterior para decirnos que estaba en Galicia y que se acercaría a comer a casa antes de su vuelta de vacaciones hasta el Mediterráneo. Me dirigí hasta la plaza del pueblo a esperar su llegada. Me hacía ilusión, mucha ilusión. No recordaba del todo su cara, mucho menos la de su mujer. Un chico más alto que yo se aproximó y resultó ser el niño con chupete que había visto la última vez en casa de sus abuelos. A su hermana, de catorce años, la veía aquel día por primera vez. Comimos y conversamos tranquilamente. J. es encantador y una de esas personas que siempre serán jóvenes. Me decía: "R., ya me han caído cuarenta y siete", y yo me reía y le decía que no lo parecía en absoluto -es cierto-. Recordamos, como siempre, a papá y a los tíos, desaparecidos todos en un lapso de diez años ¡Cuánto les gustaba a los G. jugar al parchís y al ajedrez! "El tío F. me regaló un balón amarillo de pequeño", decía J. en un tono a la vez jovial y lleno de nostalgia, con un recuerdo en la mirada oscura, cálida, intensa, dulce, inconmensurable. Tú observabas. Me dijiste luego cuánto nos parecíamos todos en lo ojos: los mismos ojos pardos de largas pestañas, los ojos murcianos de la abuela, los ojos del sur, los ojos árabes.

Paseamos por el pueblo. Nos acercamos al paseo del pantano. Islas y juncos en relieve sobre un fondo gris casi uniforme. Alguna gota enorme, densa como el aceite. Los caminos fragantes. Le mostraba a E., el hijo de J., las rosas de té abiertas y las madreselvas, a las que enseguida dirigía su nariz y quedaba maravillado por su aroma dulce y delicado. S., la hermana pequeña, paseaba a un Schnauzer muy nervioso color ceniza que tiraba violentamente de una correa muy corta. Un primo de mamá nos enseñó un Bugatti que guarda en su garaje -la excentricidad de los gallegos-. Maceteros con petunias, geranios en los balcones del barrio de la iglesia, escaleras de piedra sin barandillas, rincones y eras, cantos rodados, alegría efímera, partida inminente. La lluvia sobre la pizarra y los tragaluces, la tarde, el recuerdo de un instante eterno. Gracias, querido J.




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II


1

Ayer, sin que pudiese evitarlo una vez más, llegó la crisis. "El día de la crisis", como acostumbro a llamarlo, es el día en que ya no puedo permanecer aquí por más tiempo, y no porque no me agraden la casa, la gente, el ambiente, los paseos, los gritos alegres de las golondrinas, la lluvia inesperada, los amaneceres tranquilos, el viento en los tejados, las palabras en la otra lengua que me pertenece, las charlas en los cafés, los amigos, el río, los paseos, las hojas de la vid, del olivo y de la higuera, los senderos sembrados de mirabeles que se caen de maduros; no, no es por eso, sino por mamá, presencia tan fuerte que al mismo tiempo es la que me implusa a venir y la que me obliga a marcharme al cabo de una semana.


Mamá es terrible como un dios judío, salvaje como los viquingos, dominante, testaruda, orgullosa. Ella siempre ha impuesto las leyes y los castigos, las normas y las últimas palabras. Y yo no soy así, y difícilmente soporto su carácter a menos que no me quede más remedio que la solución de su techo, como en el transcurso de mi vida desde mi nacimiento hasta los primeros años en que empecé a ganarme mi medio de sustento. A su favor, su generosidad, de la que no conozco límites. Su corazón es de oro, pero de metal. Piensa que debemos agradecerle nuestra independencia, nuestro poder de adaptación, nuestra fuerza ante la vida, nuestra bondad, su impulso para no decaer en casi nada, especialmente en la obtención de títulos académicos, en ser simpre los mejores de la clase. Y claro que se lo agradezco hasta donde llega mi grado de cumplimiento de sus objetivos. He conseguido algunas cosas; otras no, evidentemente. Somos personas tan diferentes que cualquier cosa nos cuesta una discusión, en la que siempre ella es triunfadora.

Mamá fue el niño que no llegó en su familia, más tarde la estudiosa, la universitaria en Compostela, la enfermera vocacional, la independiente casadera, pero también la seguidora de Cristo y la Hija de María, la de misa dominical y precepto asegurado, la esposa abnegada, la madre de cuatro hijos castrense y castradora, la "viuda digna", la catequista, el miembro del Santo Rosario, la diaconisa que da la comunión a los enfermos y a los moribundos, la futura monja de clausura carmelita. La imposición a fuego de sus ideas y creencias le han costado, al menos, un hijo en las antípodas y una hija que vive desde hace tiempo en pecado mortal, sin trabajo fijo ni vivienda en propiedad. Esa hija soy yo. Jamás me lo perdonará. Espero que algún día pueda perdonar y hasta llegar a querer a los frutos que mi vientre desee traer a su mismo mundo.


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Escrito el 23/07/07

I

Acordamos que llevarías en coche a P. al aeropuerto de Lavacolla. Se marcha un par de días a Londres, donde estará con dos amigos suyos excompañeros de doctorado en Barcelona, para más tarde volar hasta Sydney. Debo decir que la estancia con él estos días ha sido, en contra de lo que pensaba, de lo más agradable. Recuerdo que, sin ir más lejos, el verano pasado estuvo quince días aquí sin moverse de la pantalla de su ordenador portátil más que para sus necesidades vitales. Apenas mediaba palabra con nosotros si no era para juzgar algo o a alguien, y no se dignó ni a invitarnos a un helado ni a un refresco siempre que nos quedábamos en la terraza de algún bar de la plaza. Aquella persona que hasta me rehuía, que no soportaba mi presencia si coincidíamos en la misma habitación cuando todavía vivíamos todos en la misma casa en Vigo, el que siempre infravaloró u anuló todas las cualidades o virtudes que yo pudiera poseer en aquel momento, estos días, por vez primera, se mostró como una persona amable.

Me regaló una preciosa caja de cartón y metal en forma de cilindro color rojo imperial con letras doradas que contiene té chino de jazmín. A mamá le trajo infusión de capullitos de rosa. Salimos a menudo a tomar café y helados, incluso a pasear juntos. Se sinceró, quizás también por primera vez en su vida. Te contó lo mal que está llevando que la chica con quien se casó no sea del gusto de mamá ni de algunas personas de la familia. Eso crea tensión, sin duda, eso sólo propicia el alejamiento... Cuando él viene hasta aquí, ella se marcha unos días a su país. El tío A. advirtió, sin tapujos, que mejor que viniera solo que mal acompañado. No, si ya lo digo yo, a ver quién es la familia para meterse en todos los asuntos de uno, a ver por qué es prioritario el hecho de compartir ADN a sentir al menos un poco de empatía o afectividad hacia los otros. No hay manera, por mucho que el tío A., marido de la tía J., hermana de mamá -aun encima sin pizca de ADN en común con ninguno de nosotros-, quien se queja de que nunca pasemos por su casa a hacerle el paripé, cuando él ni se plantea lo mismo hacia sus sobrinos. P. salió de allí, después de tamaña desconsideración por parte del otro, con ganas de no volver por aquí nunca más, y no es para menos.

P., el primogénito, el súper inteligente, el economista brillantísimo, pero el hermano del que siempre dijo mamá que en el fondo era el más blandengue, se ha defendido hasta ahora detrás de sus palabrotas, actitudes, del desprecio como pose, la distancia como huida, la espesa barba como máscara. P. nos ha animado, cuando tengamos un poco de dinero, a viajar hasta Venecia y desde allí hasta Trieste donde vendrían a buscarnos para pasar unos días en Eslovenia en casa de los parientes de su mujer. Mi cabeza ha comenzado a soñar con la ciudad de los canales, con Trieste, con los Alpes, con un nuevo hermano mayor...





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martes, julio 24, 2007

Escrito el 21/07/07

Ayer yo, R., la perfecta R., la perfecta niña, adolescente, joven, adulta, mujer, hija, nieta, sobrina, prima, hermana, compañera, amiga, amante, tuve ganas de subir a la cumbre más alta de la tierra y quedarme allí sola, fuera de todo contacto con seres humanos cuyos corazones puedo hacer sufrir, sola en mi propio ser y en mi responsabilidad, sola en mis sentidos y en mi existir, SOLA.

Ayer deseé quedarme dormida durante cien años como en el cuento de la bella del bosque.

Ayer deseé entrar en el jardín de S. Ero de Armenteira y quedarme escuchando a aquel pájaro hasta la hora de mi muerte...

Próxima lectura: El barón rampante, de Italo Calvino.


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Escrito el 18/07/07

Haber traído al gato con nosotros parece que haya supuesto un problema más que una alegría, sobre todo desde el punto de vista de mamá, a quien advertí, desde el primer momento, que sin el gato no venía yo. Ni con ésas. Tito acaba de cumplir un año. Es un animalillo pequeño y travieso, con ganas de jugar, pero acostumbrado a estar en nuestra casa. Y la casa de mamá es enorme. Lo que yo creía el paraíso, se ha convertido en realidad en una especie de confinamiento, ya que debemos tener al gato la mayor parte del día y de la noche encerrado en nuestro dormitorio, lugar donde incluso duerme, tiene su rascador, su alimento y su bebida. A mamá le cuesta entender que un bicho salvaje que siempre ha servido para cazar ratones y moscas y comerse las sobras, se mueva con plena libertad como nosotros sobre las alfombras que le costaron un ojo de la cara y hasta se permita el lujo de tocar alguno de su cojines de terciopelo. Por el contrario, no le importa nada que salga a la calle ni que se quede vagando por lo que fueron las cuadras. A la actitud sumamente negligente de mamá podría añadir la angustia que me causa tu malestar cuando lo ves acercarse a una ventana abierta o cuando lo oyes maullar, cuando creo no son cosas que deban preocuparnos en extremo. Ahora mismo, momento en que no estás en casa, mamá está en la cocina preparando la comida, mientras Tito anda suelto por el salón y no hay ningún problema, no ocurre nada, cada cosa permanece en su sitio. Entiendo tu preocupación excesiva solamente si me pongo en tu lugar y a veces eso me supone un esfuerzo descomunal. Me pides que te comprenda en uno de los momentos quizás más delicados de tu vida; te pido yo ahora, asimismo, que lo hagas de igual modo conmigo. Tito, a quien he dejado rienda suelta el tiempo necesario para que se sientiese libre, ha entrado libremente en nuestro cuarto y ahora está sobre su cojín mirando por la ventana semiabierta del segundo piso. No ocurre nada, está tranquilo, lo mismo que yo. Ni siquiera deja oír el tintineo de su cascabel.

Mamá ha protestado "¡Ni que os fuese un hijo!", cosa que he interpretado, sin poder disimular una sonrisa de sarcasmo, como un reproche... Toda la vida diciendo que no quería ser abuela ni suegra cuando ya lo eran muchos de sus contemporáneos, y ahora que llega el momento en que puede tener nietos y no los tiene, se pelea con nosotros y con el pobre de Tito en un duelo infinito de piques ¡Vivir para ver! ¡Bendita paciencia!


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Escrito el 17/07/07

Hace tres días que llegamos. Cuesta adaptarse a un espacio y a una manera de distribuir el tiempo diferentes. La densidad de la ciudad poco o nada tiene que ver con la extensión del valle, del campo abierto, del cielo mostrándose sobre la cabeza. Apenas hay gente en la calle. El pueblo comenzará a llenarse los días previos a la fiesta patronal; en ese momento, nos marcharemos nosotros.

Todo es calma, a pesar de la tormenta que llevamos dentro. El 2 de agosto tienes una consulta en Salud Mental. He luchado para conseguir esa cita durante años. Sufrías y hacías sufrir. Pensabas, irracionalmente, que era cosa de tu carácter. Estabas equivocado. Has acabado por darme la razón. A veces, sólo a veces, como cualquier otra persona, estoy en posesión de ella. En estos momentos mi máxima aspiración es tu bienestar, y sé que el bienestar, por experiencia propia, puede traer incluso la felicidad, siempre que nos conformemos con el concepto asequible, cotidiano, realizable del término.

Pero otro asunto, en el peor momento, ha venido a mezclarse, asunto que no incumbe a nadie más que a nosotros dos. Tu percepción de ello en estos momentos se ha convertido en un problema, en el mayor problema, en una fuente envenenada de obsesión continua que se extiende hasta mí y no puede menos que intoxicarme ¡Cuántas palabras se han mezclado, cuántas lágrimas, cuántas letras recíprocas sobre hojas de papel, cuántos gestos mudos y, sin embargo, de gran elocuencia! Pasará la tormenta, como siempre, por mucho que ahora planeen sobre nosotros las nubes más oscuras. Buscamos refugio en el tranquilo reflejo del río, en los caminos, en la oscuridad que sujeta las estrellas, en las conversaciones del banco bajo el fresno, en la languidez de los cipreses que acunan a los muertos del cementerio, en los aromas que reconocemos como el regazo de una madre...


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domingo, julio 08, 2007

Sapore di sale (Gino Paoli)

Sapore di sale
sapore di mare
che hai sulla pelle
che hai sulle labbra
quando esci dall'acqua
e ti vieni a sdraiare
vicino a me vicino a me

Sapore di sale
sapore di mare
un gusto un po amaro
di cose perdute
di cose lasciate
lontano da noi
ed il mondo è diverso
diverso da qui

Il tempo è dei giorni
che passano pigri
e lasciano in bocca
il gusto del sale
ti tuffi nell'acqua
e mi lasci a guardare
e rimango da solo
nella sabbia e nel sol

Poi torni vicino
e ti lasci cader
cosi nella sabbia
e nelle mie braccia
e mentre ti bacio
sapore di sale
sapore di mare
sapore di te

Il tempo è dei giorni
che passano pigri
e lasciano in bocca
il gusto del sale
ti tuffi nell'acqua
e mi lasci a guardare
e rimango da solo
nella sabbia e nel sol

Poi torni vicino
e ti lasci cader
cosi nella sabbia
e nelle mie braccia
e mentre ti bacio
sapore di sale
sapore di mare
sapore di te


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jueves, julio 05, 2007

Una visita inesperada

Hacía mucho tiempo que no sabía nada de M., mi alumno senegalés. Pensaba, con pena, que no había podido asistir a mis clases durante los últimos meses porque tendría cosas mucho mejores en que ocupar su tiempo, sin ir más lejos, la búsqueda de su propia supervivencia en la ciudad. Las últimas veces que lo había visto en clase me había contado lo duro que es vivir con lo poco que se gana vendiendo discos piratas, y lo más duro todavía, si cabe, es ponerse a encontrar otro empleo, pues los "papeles" son lo primordial para poder comenzar a moverse de un modo más o menos digno para personas como él.

A. Y., la persona mediante la cual conocí a M. y quien le entregó medio corazón en esta ciudad de señoritos pudientes y tacaños que sólo tienen ojos para su clase y para su raza -por mucho que luego apadrinen a niños del tercer mundo y se vayan a tostar a las lámparas de rayos ultravioleta-, quedó con M. un día a una hora en una ciudad de Galicia donde pasa muchos fines de semana y donde tiene conocidos entre los que M. podría encontrar una manera provechosa de ocupar su tiempo, con la mala suerte de que, una vez allí, cada uno de ellos, habiendo llegado al mismo lugar por separado, no fueron capaces de encontrarse en todo el tiempo que permanecieron, quizás tan sólo a unos metros de distancia. De poco sirve el teléfono móvil si no se entendían. De poco sirve llegar quizás a la tierra prometida si no sabes dónde te encuentras. A. me llamó y me lo contó. El suceso me produjo tal lástima que me hizo hasta sentir un peso físico, una angustia acumulada desde mis pulmones que se dejaba descender dolorosamente como un coágulo hasta mis pies. ¡Si hubiera estado yo allí en aquel momento! Quizás tan sólo algunas palabras en francés, unas breves indicaciones, lo hubiesen solucionado todo...

Pero la otra tarde, a la hora de la sobremesa, llamaron al timbre de abajo y resultó que era M. La sorpresa fue grande, pues no esperaba su visita. Llegó con dos amigos más, también senegaleses, compañeros de piso. Los vi guapos, elegantes, alegres, resplandecientes en sus ropas claras. Los recibí como pude en aquel instante, en pijama, lo cual creo no les pareció en absoluto extraño. Bromeamos. Les explicaba que ya estaba de vacaciones -"Ça va!", decían sonriendo- y los invité a café expresso y a mirar fotografías. No dejaron de reír, no dejaron de hacer que yo riese tampoco, mientras conversábamos en una mezcla entre español y francés que todos acabamos por comprender a la perfección. Me contaban cosas de sus vidas. Me decían, a pesar de todo, que se encontraban muy bien, me llamaban "mademoiselle" con una cortesía infinita. No sé cuánto tiempo estuvieron en casa. Cuando se marcharon, todo fueron agradecimientos y Salam Aleikum correspondidos a la inversa.





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