Herbario


domingo, junio 24, 2007

Poema de cabecera

Ahora que estamos juntos

ahora que ha vuelto la inocencia,

y la disposición visceral de estas paredes,

ahora que todo está en la mano,

quiero deciros algo, quiero deciros algo.

El dolor es un largo viaje,

es un largo viaje que nos acerca siempre,

que nos conduce hacia el país donde todos los hombres son iguales,

lo mismo que la palabra de Dios, su acontecer no tiene nacimiento, sino revelación,

lo mismo que la palabra de Dios, nos hace de madera para quemarnos,

lo mismo que la palabra de Dios, corta los pies del rico para igualarnos en su presencia,

y yo quiero deciros que el dolor es un don

porque nadie regresa del dolor y permanece siendo el mismo hombre [...]

Ahora que estamos juntos

y siento la saliva clavándome alfileres en la boca,

ahora que estamos juntos

quiero deciros algo,

quiero deciros que el dolor es un largo viaje,

es un largo viaje que nos acerca siempre vayas a donde vayas,

es un largo viaje, con estaciones de regreso,

con estaciones que no volverás nunca a visitar,

donde nos encontramos con personas, improvisadas y casuales, que no han sufrido todavía [...]

pero el dolor es la ley de gravedad del alma,

llega a nosotros iluminándonos,

deletreándonos los huesos,

y nos da la insatisfacción que es la fuerza con que el hombre se origina a sí mismo,

y deja en nuestra carne la certidumbre de vivir

como han quedado las rodadas sobre las calles de Pompeya.

Es el miedo al dolor y no el dolor quien suele hacernos pánicos y crueles,

quien socava las almas

como socavan la ribera las orillas del río,

y yo he sentido su calambre desde hace mucho tiempo,

y yo he sentido, desde hace mucho tiempo, que el curso de sus aguas nos arrastra,

nos mueve las raíces sin dejarnos crecer,

y nos empuja, y nos sigue empujando hasta juntarnos

en esta habitación que es ya un rescoldo mío,

en esta habitación en donde las baldosas se levantan un poco

y ya no vuelven a encajar en su sitio

como la tierra removida ya no cabe en su hoyo :

tal vez a nuestro cuerpo le ocurra igual...




-ooOoo-

sábado, junio 23, 2007


Apenas me quedan alumnos a quienes darles clases, así que, desde hoy, doy por comenzadas mis vacaciones. A medianoche encenderé una vela y pediré un deseo; ¡venga cargado el solsticio de buenos augurios!

Ayer recibí una llamada de O. Nos confirma que va a venir el viernes y que se marcha el domingo. No sabemos los horarios justos, no sabemos muy bien cómo llegará a la ciudad, sólo sabemos que lo pasaremos bien. Da igual el tiempo, las visitas a los lugares que tenemos previstos. Da todo igual si tenemos su compañía. Tiempo para conversar, para compartir, para reír, para estar en silencio, para comprobar cómo estamos. Días enteros.

También comienzan sus vacaciones. Quiero que Avilés le guste tanto como Santorini. Me esforzaré porque en casa tenga un desayuno y una habitación dignos del mejor hotel con encanto. Ser anfitriona, desde siempre, desde que tengo amigos, es todo un placer. Querer darlo todo a quien quieres, querer corresponder a quien sabes que te quiere. Todo será poco por mi parte ¡Me alegraré tanto de tu llegada, O.! ¡Hasta pronto!


-ooOoo-

miércoles, junio 20, 2007

En un mercado persa...

... o en un bazar de chinos, que, para el caso, vendría a ser lo mismo, veo -o más bien me basta con escuchar, tan claro es el tono nasal y la pisada dura de zapato plano de moda- a dos especímenes femeninos de esos que abundan por esta ciudad, una de cuyas máximas favoritas es "el aparentar no cuesta nada". Por el timbre de voz y las cosas que dicen, evidentemente son madre e hija. La hija se para de repente ante unas esposas, y, enseguida, suplica a su madre que las compre, "porfa, son sólo setenta y cinco céntimos. Te vendrían bien, mamá, pero quiero otras para mí". "Pero si eres un bebé", responde la madre... "Pues sí", replica la hija enfurruñada, apenas alcanzadas las quince primaveras. Por supuesto, pensé mal, ¿qué otra cosa se me hubiese ocurrido en tal situación?

Como no cuesta nada aparentar, me imagino al bebé volviendo de clase a diario con su uniforme de colegio de monjas y también en la misa dominical con un vestido nuevo, mirando como tocan la guitarra los del coro de confimación, amiguetes con los que sale y celebra la Pascua con cerveza y pan americano en una de esas convivencias tan guays donde al menos no están con sus padres, ocupados esos días en apadrinar a algún niño del tercer mundo.

Como no cuesta nada aparentar, el bebé, cuando haya crecido, un día de primavera o quizás de verano, atravesará de la mano de un padrino, vestida de un blanco inmaculado -¿o quizás roto?- la alfombra de una iglesia hasta un altar donde un sacerdote católico, después de haber leído por enésima vez el texto misógino de S. Pablo, le preguntará si quiere ser la esposa de otro tal, a lo que asentirá encantada.



-ooOoo-

lunes, junio 18, 2007

En esta época me gusta empezar a aligerar los armarios de ropa pesada y sustituirla por la ropa de temporada. También me agrada lavar a mano, con cariño y cuidado infinitos, las prendas más delicadas de la estación fría para que queden limpias hasta el próximo uso, bien dobladas, guardadas y perfumadas. Recuerdo a menudo a la abuela E., quien ponía siempre pastillas de jabón de A Toxa color café con leche, toffes gigantes y fragantes, entre las capas de lencería.


Me gusta hundir mis manos en el agua caliente y remover el jabón hasta que se forma un todo homogéneo. Me gusta el aroma provenzal, puro, ancestral, un poco tosco, dulzón, del jabón de Marsella. Sí, me gusta captar los aromas, gozar con algunos tan agradables como el del jazmín, el azahar, la madreselva... Definitivamente creo que tengo un sentido del olfato bastante desarrollado. Papá trabajó de joven en los perfumes Segura, participando en la fabricación de Cesar Imperator. Quizás me transmitió su recuerdo impregnado en sus células. M., la profesora de yoga, me ha contado que todavía puedo acrecentarlo practicando a diario pranayama; a ella le ha pasado. No se le escapa ningún matiz olfativo del campo, ha reparado en que la jara evoca al aroma del incienso.

Respecto a los jazmines, nunca podré olvidar que en la Escuela de Artes y Oficios de Vigo, donde estudié unos años Pintura, había un precioso patio interior al que daban los descansillos de las escaleras que salían de las aulas -era, y es, un edificio de finales del 1800, si no recuerdo mal-, por el que trepaban las plantas sin orden ni concierto, donde quedaba una esencia deliciosa, como de ensueño, llegado el tiempo de la floración, inminente el final del curso y el solsticio de verano.


-ooOoo-

domingo, junio 10, 2007

Cortinas amarillas

Suele suceder los domingos o quizá es el día que mejor reparo en ello. Los domingos siempre me han parecido soleados, a veces incluso dolorosamente en su intensidad, y con cielos completamente azules, tanto, que en los meses de otoño y de invierno resultan premeditadamente inverosímiles. Me refiero a la visita de la luz sobre los visillos del salón de mi casa a esa hora prematura de la tarde, serena y difusa, en que no hace mucho tiempo que hemos acabado de comer en la cocina un día que había natillas o flan de postre y se alargó la tertulia más de lo normal, y en la que algunos se han ido ya, después del café, o con la tacita en la mano, a ver en televisión, arropados por la calma de un día sin trabajo, una película de aventuras en technicolor del Hollywood dorado. Con las primeras letras de un western alguno se adormece como si en el aire hubiesen echado un somnífero capaz de relajar todos los músculos.


Pero a mí, a esa hora en que nace la tarde, me gusta espiar en el salón, con grandes ojos de niña curiosa, la llegada de la luz mientras la estancia permanece cálidamente oscura y los objetos más allegados a las ventanas dibujan siluetas oscurísimas al contraluz que parecen sombras chinescas.


Hay un momento mágico que sobreviene cuando la luz alcanza en una oleada dulcemente violenta las telas transparentes. No las alcanza a todas por igual al mismo tiempo; va manifestándose primero en una, la de la puerta de cristal que da a la pequeña terraza cubierta de flores, luego en la siguiente, la de la ventana por la que miro cada mañana si he de coger o no el paraguas, y al final en la última, unida imperceptiblemente a la anterior, antes de desaparecer hasta el próximo domingo en el recodo de la pared, a modo de ocaso casero. La visita de la luz nos recuerda que existe el tiempo y que el sol es un gran reloj que marca cada instante con agujas de claroscuro.


A veces, estando en el salón demasiado ensimismada en la redacción de un pequeño escrito o en el modelado de la primera idea de un poema, no me doy cuenta de la primera llamada de la luz, de la imprimación efímera del amarillo sobre el primer visillo y entonces, el sol mudo en palabras pero elocuente en colores, capaz de tranformar con una caricia cualquier superficie y de hacerlo indefinidas veces cada día, me despierta de mi letargo cuando alcanza, como la novena ola, una esquina de alfombra o dos teselas de parquet, acaso un ángulo de un mueble, que durante unos instantes no será de madera, sino de miel. Luego se marcha, silenciosamente. La tarde se disuelve como con difumino. Las cortinas amarillas se van volviendo azules.

R.G.A: Destellos de vida



-ooOoo-

sábado, junio 09, 2007

El mar


Siempre me ha gustado el mar. Fui engendrada en una ciudad que besa el Mediterráneo. Volver al mar, volver a mecerse con la cadencia repetida del juego de sus olas es volver a ser convocado a un nacimiento.

El mar bajo el barco que trae a Venecia al viajero del baúl forrado de verde inglés que no volverá con vida. El mar, meta brillante del horizonte, única vista al despertar de la rusa que amó Romano. El mar en las imágenes del final de la infancia de Antoine. El mar, el mar, La mer escuchada por mi amor un día de verano con lentejuelas doradas en las cortinas y pies jóvenes descalzos caminando sobre baldosas frías. En los techos claros del hotel de la costa se reflejan las olas. Es la hora en que las muchachas pasean en bicicleta junto a la playa cuajada de vestidos blancos y sombrillas caladas.

El mar, sueño recurrente bajo múltiples formas. Camino por una playa desierta un día tibio, me mojo ligeramente los pies en la lengua de las olas mientras mi vestido claro y vaporoso vuela lento lleno de sol y cielo. Y no deseo ya nada, no quiero despertar... El mar peinado por un barco que me lleva a las islas de Simbad por obra y gracia de Cunqueiro: las Cíes al fondo, acuarela difusa desde tierra firme. Al llegar a la playa de agua verde volveré a escuchar el mismo latido lento pero ya pianissimo en la cavidad lujosa de una caracola. Otras veces la marea cubre todo el espacio de la arena. No me rindo, nado sin detenerme y salvo a algún náufrago que cojo de la mano.

Aprendí a nadar aquella tarde de infancia morena y merienda con pan de Viena sobre la arena blanca. No quise merendar, todos se quedaron esperándome. Quise fundirme con el agua tibia hasta que mis pies menudos se convirtieron en peces. Sin cansancio llegué hasta donde nadan los mayores, hasta ver las islas más próximas, hasta casi llegar a tocar las comisuras del cielo allá en el horizonte. Y volví todos los días de aquel verano. Antes del comienzo del colegio deposité en una bolsita transparente conchas envueltas en nácar rosado. Dejé impresa la fecha de la despedida. El agua me había vestido hasta los días de lluvia, hasta los días de algas llegadas a la orilla que nadie quería tocar. Volvería a Vigo en el barco que atraviesa la ría.

La confirmación de mi ser tuvo lugar en la playa de los espejos un verano de mi juventud. Dice mi amor que desde entonces mis labios y mi cuerpo saben a salitre y arena.

R.G.A: Destellos de vida


-ooOoo-