Herbario


sábado, mayo 19, 2007

Escrito ayer

Me he levantado porque estaba incómoda en la cama. Ya ha amanecido y no es demasiado temprano, pero prefería estar sentada que en posición horizontal. Por fin ayer, después de unos días un poco pesados, comenzó la menstruación: una especie de alivio respecto al malestar en espera de que el cuerpo recupere su volumen normal, a la vez que resistes la aparición de sacudidas casi eléctricas en el bajo vientre, como una angustia ancestral que tengamos que sufrir para siempre.

El evento nunca me ha molestado especialmente, si bien, en alguna ocasión, el dolor del primer día -la primera arremetida- ataca como una punzada aguda, como punta de flecha afilada en un cuerpo blando que desgarra y se prolonga como el tiempo que necesita una herida reciente en calmarse.

He estado sentada ante el televisor con el gato a los pies. Cada día noto que me molesta más el ruido, si por ruido puedo entender, sobre todo, un tono elevado o desagradable o una mezcla de ellos. A pesar de tratarse solamente del comienzo del día se oye el tráfico fuera, a los vecinos levantándose, una tertulia tras otra después de monótonas sintonías en cada canal, el motor intermitente de la nevera... Hace un tiempo escribí sobre el silencio. Hace tiempo que me di cuenta de que el silencio no existe -si acaso para los sordos y los muertos-, tan sólo es un término con el que imaginamos un estado que quizás desearíamos, pero un estado imposible para el que oye. Mis pasos, blandos sobre las alfombras, tu respiración en calma, la vibración de las pesadas láminas de las persianas; consciencia de la vida, sobre todo, a través de los sentidos. Recuerdo claramente que una vez nuestra profesora de yoga dijo que por medio de la meditación se llega al sentir, al estar, al ser, no al pensar. He reflexionado mucho sobre ello y me ha parecido la gran verdad, la única, la primordial, mucho más allá del pienso luego existo de Descartes, que tan claro y distinto consideré en otro momento de mi vida.

Somos el resultado de lo que vamos aprendiendo. ¡Cuántas veces no habré leído estos últimos días los textos de Epicuro! Me han parecido de una transparencia irreprochable, tan nítidos, tan obvios, tan perfectos, que no parezcan, si acaso, escritos por el hombre.


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Concierto desafinado

El sábado pasado hizo un día magnífico. Nos levantamos para acudir a tiempo a una visita guiada por el conjunto de Valdediós, formado por la pequeña iglesia prerrománica de San Salvador, llamada por los oriundos "el conventín", y por el convento de Santa María. Un lugar idílico, como todos los que siempre han escogido los monjes para su ora et labora.

El trayecto en coche discurre entre colinas verdes, tierras en bocage, frondosas, de un tono inimaginable en su intensidad y pureza, por cuyos límites aparecían rosas y otras flores de campiña en todo su esplendor de mes de mayo. El mar a lo lejos, como siempre, al final del camino. La luz y el viento hacían que en la ría se superpusieran franjas cambiantes de colores. Los primeros bucles blancos de espuma señalaban la cercanía del litoral sin dejar saber con exactitud el punto donde el agua dulce habría tomado definitivamente el gusto de la sal.

Un poco más lejos, la arboleda, el arenal, la basura, tatuajes y cacharros, poblados nómadas de pobres ricos que critican a los gitanos. Gente muy mal vestida, menaje de cocina sucio con restos de colorante alimentario, bolsas de plástico, todoterrenos, chándals, palas de playa, regeatón, mesas plegables, sillas de poliéster con estampados inéditos, jubilados, parejas jóvenes avejentadas, carricoches con niños, naipes engrasados, ruido y sudor.


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domingo, mayo 06, 2007

II

No se equivocaba demasiado aquel niño cuando me hizo la pregunta, ya que hace algún tiempo estamos preparando una pequeña escapada a Bordeaux. Tenemos algún dinero ahorrado, la ciudad no nos queda lejos y, por lo visto, tiene mucho que ofrecer. Somos de los que pensamos, además, que el concepto "viaje" no equivale, como muchos piensan, a llegar a algún lugar después de un recorrido de miles de kilómetros. De hecho, el pasado puente del 1 de mayo viajamos a Santillana del Mar como destino, aunque, a la vuelta, disfrutamos igualmente de lugares que no supondrían, desde otro punto de vista, más que puntos en el itinerario: Altamira, Oyambre, Comillas, Colombres, playa de la Franca, Llanes, colinas verde nuevo, ríos, prados, grato regreso a casa.

Había oído hablar sobre todo del claustro románico de la Colegiata de Santillana del Mar, pero pude adivinar enseguida que el mismo templo no desmerece en nada a lo más renombrado. Apenas había gente dentro, así que me fue fácil recorrer las naves con tranquilidad, con paso sordo de calzado flexible, siguiendo el perímetro ajedrezado, pudiendo observar todos los detalles a los que mi vista y mi tiempo pudieron acceder. Arcos puros, capiteles de la misma tosquedad antigua que las iglesias prerrománicas asturianas, estatuas amables y serenas de pies blandos como el rey David de la portada compostelana de Praterías. Los vanos de medio punto, verticales y estrechos como saeteras, cubiertos con finas láminas translúcidas de alabastro -algunas veteadas como gemas pulidas- como en las íntimas iglesias catalanas.

Altamira, en un alto -de ahí vendrá el topónimo- rodeado de suaves colinas: "Ya no hay entradas para la neocueva hasta... pero podéis visitar algunas piezas del museo"

Oyambre, el mar recortando la arena en lenguas, dejándose pinchar por troncos secos en un paisaje misterioso de marisma a la vez que de sabana africana después de un torrente.

Comillas caprichoso.

Colombres tranquilo.

La playa de la Franca desierta y en forma de circo, limpísima, grandiosa en su pequeñez.

Llanes lleno de turistas y de edificios monstruosos de nueva construcción.

La casa, nuestro gato, lo que quedaba del día... y de la noche.



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sábado, mayo 05, 2007

Se aproxima el verano


Sí, es cierto que todavía estamos en el mes de las flores, pero no es menos cierto que queda poco ya para que mi actividad docente en educación infantil y primaria en el colegio vaya tocando a su fin. El último día de mayo termina mi contrato como en los cursos anteriores y, aunque me dejará dos mañanas de la semana libres, sé que echaré de menos el contacto, las conversaciones, las clases, los juegos y el saber hacer mutuo entre mis jóvencísimos alumnos y yo. Por eso, debo aprovechar el resto de los días de la mejor manera posible: disfrutando y haciendo disfrutar.

Para continuar con nuestras actividades he encargado a cada niño un cuaderno de dibujo nuevo, rotuladores y pasta modelable que se endurece al aire. Esto último constituye una novedad tan sorprendente que el próximo lunes espero, ante la confusión de los primeros minutos de clase, desde carcajadas hasta lloros, pasando por caras coloradas de plena concentración. Con moldes de galletas cortaremos figuras en la masa previamente aplanada con rodillo y haremos agujeros para que puedan ser colgadas de las paredes o de alguna cinta. Una vez secas, cada uno buscará -y encontrará- la mejor forma de colorear su relieve con témpera y pincel.

Este curso he notado un gran cambio respecto a la madurez de sus pequeñas mentes y me he aprovechado de ello, no sólo para organizar a rajatabla asuntos que sólo tuviesen que ver con la disciplina que imparto, sino para dejar caer fundamentos útiles para el resto de sus vidas como el aprendizaje de las horas en el reloj, el de atarse bien los zapatos o el del uso de la r doble o simple en español, de la g y la j, de la y...

Como al final del curso pasado y los anteriores, dejarán su huella en el gran zaguán de la escuela a modo de exposición; los trabajos planos fijados a las paredes, los objetos tridimensionales dispuestos en una mesa. Durante todo el mes de junio, hasta que acabe el horario lectivo, padres y abuelos pasarán empavonados a admirar los mejores trabajos de sus vástagos. Y yo ya no estaré con ellos... Saben que terminamos en mayo. Uno me preguntó, como apenado, si me marchaba a Francia.


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