Después de la tormentaHace tiempo que no escribo; no me sentía motivada siquiera para ello. Durante el último mes he sentido una ansiedad aniquilante.
Hace años -exactamente media vida- que sufro de
ansiedad en ocasiones asociada a
depresión. Con el tiempo supe que mi diagnóstico era un
TAG (Trastorno de Ansiedad Generalizada). La primera vez que relaté mi malestar a un profesional de Vigo, compañero laboral de mamá en el Hospital Xeral, intentamos atacarlo al menos de dos modos, ya que uno de ellos no dio los resultados esperados, debido a la intolerancia que demostré hacia
un medicamento que "prometía", según la experiencia llevada a cabo con otros pacientes. Luego fuimos probando con diferentes dosis de
sertralina. Durante una temporada alcancé la dosis máxima establecida. Mejoré, aunque nunca llegué a lograr un equilibrio verosímil. Lo siguiente fue convivir, casi dos años, bastante bien por cierto, con una dosis mínima, hasta que, viviendo ya en otra ciudad, y sintiéndome mal de nuevo, tuve que volver a pedir ayuda.
Es cierto que han pasado cosas terribles en mi vida, como asistir cerca de nueve años a la
agonía de papá. La tensión, la rabia, la impotencia, la frustración, el desaliento y el dolor me devoraron, me comieron viva por dentro, hasta el punto de pensar, cada vez que me levantaba por las mañanas, que era imposible que todo lo que percibía a mi alrededor fuese real -tanta desilusión me producía-, o producto de una pesadilla interminable de la que era incapaz de despertar. Pero al contrario de otras personas, me agarré a mis estudios -que acabé con éxito-, a mis amigos y hasta a mis primeras oportunidades laborales. Y también hubo una persona que me amó con locura pero que no comprendió mi sufrimiento y a quien tuve el valor de decir que no lo amaba. Y entre lágrimas y desdichas mi corazón siguió latiendo y se fortaleció por la grata presencia inesperada de otra persona que, entregándome su vida sin condiciones, me devolvió la mitad de la mía.
Pero la ansiedad, incluso años después de la muerte de papá, no desapareció, no ha desaparecido. La última vez que pedí ayuda le preguntaba al terapeuta con impotencia y dolor cómo era posible que después de la tormenta no llegase la calma, intentando, a toda costa, encontrar una razón a tanto malestar. Me aclaró algo que antes no me había dicho nadie: "cuando la ansiedad persiste tanto en el tiempo, ya no se trata simplemente de una ansiedad reactiva asociada a cualquier problema, sino que la química de tu cerebro tiene una disposición hacia ella que se puede manifestar por cualquier suceso y luego sigue su curso."
En ocasiones nos abruman los problemas. Actualmente no reconozco siquiera tener problemas, más allá de las tonterías cotidianas que, como mucho, pueden quitarme algo el sueño. Mi predisposición es de carácter biológico, quizás genético (antecedentes familiares de
bipolaridad y depresión). Acepto el veredicto con valentía con tal de sentirme mínimamente bien.
Me han cambiado la
medicación: ésta actúa no sólo sobre la
serotonina, sino también sobre la
noradrenalina. Objetivamente me encuentro mejor. Pronto tengo una revisión. Entraré en la consulta sonriente e infinitamente agradecida.
Después de la tormenta, por larga que sea, siempre ha de llegar la calma.