Herbario


domingo, abril 22, 2007

Tito

Tito tiene once meses. Cuando lo recogió F. vagaba por un lugar acompañado de un hermano suyo, pequeñito también, a quien mataron. F. se lo llevó a casa y lo cuidó hasta que nosotros supimos de él. Amor al primer instante, ganas de compartir una vida nueva. Tito se adaptó enseguida, aunque conserva la manía extraña de dormir sobre el armario más alto de la cocina, cosa que no nos impacienta. Por lo demás, juega, come y vive como otra criatura de su edad. Está sano y es cariñosísimo. Se deja llevar a cualquier lado. No le gustan los ajos ni las naranjas. No se queja cuando lo dejamos solo en casa.

Tito es un gato blanco y negro, de pelaje denso distribuido en grandes manchas, de pupilas oscuras y redondas suspendidas en un fondo verde jade que se altera hacia un azul concéntrico cuando la luz es más intensa. No nos ha costado nada gestionar su adopción con la protectora. Nos hemos hecho un favor mutuo, hemos conseguido una simbiosis que nos beneficia a los tres.

No dejo de preguntarme por qué no se hace lo mismo con personas pequeñitas que necesitan una familia: los trámites son largos, la exigencias exageradas, la burocracia, interminable y desalentadora. Y mientras tanto, vagabundos de toda especie y condición malviven, sufren y mueren sin que nadie los haya querido nunca, sin que nadie, algún día, pueda recordarlos.





-ooOoo-

sábado, abril 21, 2007


Mil gracias

a todos aquellos que directa o indirectamente me habéis ayudado.


-ooOoo-

Después de la tormenta

Hace tiempo que no escribo; no me sentía motivada siquiera para ello. Durante el último mes he sentido una ansiedad aniquilante.

Hace años -exactamente media vida- que sufro de ansiedad en ocasiones asociada a depresión. Con el tiempo supe que mi diagnóstico era un TAG (Trastorno de Ansiedad Generalizada). La primera vez que relaté mi malestar a un profesional de Vigo, compañero laboral de mamá en el Hospital Xeral, intentamos atacarlo al menos de dos modos, ya que uno de ellos no dio los resultados esperados, debido a la intolerancia que demostré hacia un medicamento que "prometía", según la experiencia llevada a cabo con otros pacientes. Luego fuimos probando con diferentes dosis de sertralina. Durante una temporada alcancé la dosis máxima establecida. Mejoré, aunque nunca llegué a lograr un equilibrio verosímil. Lo siguiente fue convivir, casi dos años, bastante bien por cierto, con una dosis mínima, hasta que, viviendo ya en otra ciudad, y sintiéndome mal de nuevo, tuve que volver a pedir ayuda.

Es cierto que han pasado cosas terribles en mi vida, como asistir cerca de nueve años a la agonía de papá. La tensión, la rabia, la impotencia, la frustración, el desaliento y el dolor me devoraron, me comieron viva por dentro, hasta el punto de pensar, cada vez que me levantaba por las mañanas, que era imposible que todo lo que percibía a mi alrededor fuese real -tanta desilusión me producía-, o producto de una pesadilla interminable de la que era incapaz de despertar. Pero al contrario de otras personas, me agarré a mis estudios -que acabé con éxito-, a mis amigos y hasta a mis primeras oportunidades laborales. Y también hubo una persona que me amó con locura pero que no comprendió mi sufrimiento y a quien tuve el valor de decir que no lo amaba. Y entre lágrimas y desdichas mi corazón siguió latiendo y se fortaleció por la grata presencia inesperada de otra persona que, entregándome su vida sin condiciones, me devolvió la mitad de la mía.

Pero la ansiedad, incluso años después de la muerte de papá, no desapareció, no ha desaparecido. La última vez que pedí ayuda le preguntaba al terapeuta con impotencia y dolor cómo era posible que después de la tormenta no llegase la calma, intentando, a toda costa, encontrar una razón a tanto malestar. Me aclaró algo que antes no me había dicho nadie: "cuando la ansiedad persiste tanto en el tiempo, ya no se trata simplemente de una ansiedad reactiva asociada a cualquier problema, sino que la química de tu cerebro tiene una disposición hacia ella que se puede manifestar por cualquier suceso y luego sigue su curso."

En ocasiones nos abruman los problemas. Actualmente no reconozco siquiera tener problemas, más allá de las tonterías cotidianas que, como mucho, pueden quitarme algo el sueño. Mi predisposición es de carácter biológico, quizás genético (antecedentes familiares de bipolaridad y depresión). Acepto el veredicto con valentía con tal de sentirme mínimamente bien.

Me han cambiado la medicación: ésta actúa no sólo sobre la serotonina, sino también sobre la noradrenalina. Objetivamente me encuentro mejor. Pronto tengo una revisión. Entraré en la consulta sonriente e infinitamente agradecida.

Después de la tormenta, por larga que sea, siempre ha de llegar la calma.


-ooOoo-