Una "castañuela"
Por su parte, aunque no cargados con bolsas como las mías, a veces los veo llegar con las manos o los bolsillos llenos de cosas -tizas, alambres, hojas, tapones, recipientes, botones, imanes, piedras, conchas, huesos o pepitas de fruta, etc.- que en otro contexto parecerían destinadas al cubo de la basura, pero que en sus manos se convierten en utensilios o juguetes maravillosos y acaban por formar una pequeñísima parte del puzzle que, a medida que crezcan, se convertirá en su mundo.
A. llegó el otro día hasta mí de modo silencioso y sonriente, como si escondiese algo valioso en la mano que quisiera mostrarme. Al abrir la palma vi una concha de almeja y, acto seguido, A. comenzó a hacerla sonar como si fuese una castañuela. Supuse que aquel día se había servido paella en el comedor. Entonces recordé que a su misma edad, a la hora del recreo, me gustaba alejarme un poco de la escuela infantil con otras niñas para coger los granos de unas plantas que brotaban al pie de la tapia del cementerio y con los que preparábamos "arroz". No teníamos miedo; niños y muertos convivíamos en paz y sin molestarnos, rodeados de amapolas al comienzo de la primavera, de cerezas pendiendo de las ramas -y de nuestras orejas-, de hormigas con alas, de tórtolas y mariposas cuando el aire empezaba a espesarse para anunciar la llegada del verano.

