Herbario


viernes, febrero 16, 2007

Soy de esas personas afortunadas que pueden permitirse el lujo de ir al trabajo andando. Normalmente tengo un itinerario prefijado, sobre todo si sé que voy a llegar al colegio con el tiempo justo de comenzar la clase, pero hay veces en que el tiempo de la mañana parece que se me alargue y hasta veo un inmenso placer saliendo de casa un poco antes, tan sólo con la curiosidad de bordear alguna calle, de repetir a la inversa algunos pasos, de cruzar hasta que el semáforo cambie a verde -incluso estando verde, de remolonear sabiendo que en seguida se pondrá rojo-, de deternerme ante el escaparate de algún bazar o zapatería, de saber a cuánto está la fruta de temporada, de reírme del paso acelerado de alguna gente, de observar a los viejos que matan el tiempo sentados en bancos.

Últimamente me decanto por un itinerario no usual. Creo que lo he escogido porque en esta época del año -y no antes ni después- la calle por la que paso queda iluminada por un sol más madrugador que agradezco sobre mi piel, si cabe más cuando el día es frío. En un extremo de esa misma calle llevan algún tiempo preparando el contorno de lo que va a ser otro apeadero de la ciudad. El primer día que escogí pasar por allí habían acabado de colocar el nuevo pavimento y me di cuenta de ello, no por haber mirado bajo mis pies, sino por el olor de la piedra caliente, que me llevó enseguida a la ciudad donde vivía antes, a las casas más viejas de mi calle, a la playa adivinada a lo lejos, al balcón de nuestra casa los días de verano, en el preciso instante en que la brisa inundaba el aire de un aroma entre concha, sal y gardenia.

Sí, las piedras huelen, las piedras les prestan su fragancia a los ríos, a los suelos, a las casas, a los mares, a las ciudades. La piedra del pavimento del apeadero es granito, nada corriente en esta zona de piedramuelle anaranjada. Mezcla de cuarzo, mica y feldespato que reconocí como se reconoce a alguien querido entre la multitud. Después de haber sido descubierta por mi nariz, lo fue por mis ojos. Efectivamente; allí estaba la piedra incrustada de espejuelos que brillaban con la claridad. Y con la claridad y los espejos, con el aroma salado, mineral y caliente, con el espacio inmeso de la distancia se me ablandó el corazón, se humedecieron mi ojos y pensé en lo lejos que está el mar, con una nostalgia tan desconsolada como el llanto de un niño que tiene hambre o sed.


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jueves, febrero 15, 2007

La carta

Por la mañana, entre otras muchas líneas, recibí las siguientes:

"Hoy, cuando iba en el coche escuchando canciones francesas, hasta las más alegres me ponían triste; me llevaban a ti. Y la alegría del amor a mí a veces me pone triste. Te has convertido en todo eso: en las canciones francesas, en los nombres de los árboles, en todas las calles por las que he paseado contigo; prácticamente en todas las cosas. Si un día tuviera que olvidarte sería imposible porque al salir a la calle estarías en todas partes.

( ... )

Sí, qué raro es recordarte por primera vez. Qué dulce. Qué cercano. Qué lejano. Me veo en la cama recibiendo el correo de Vigo; abriendo aquella cajita llena de regalos; leyéndote.

No es posible que haya pasado tanto tiempo, o tan poco.

Es como si estuviese mirando otro mundo -un mundo de gatos y albornoces blancos-, y sin embargo es el mismo, aunque el de ahora tenga grandes ventanas y caballetes...

Compañera mía, querida R., mi dulce amor, gracias por todo este tiempo.

Te quiero"




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domingo, febrero 11, 2007

Ettore Scola


Ayer fue 10 de febrero. En tal fecha hizo exactamente seis años que comenzamos a compartir nuestras vidas. Fue aquel 10/02/01 que recuerdo especialmente por ser, si se mira en su totalidad, una cifra capicúa. El tiempo ha transcurrido, hemos llegado a la treintena y todavía, afortunadamente, nos quedan muchas metas que alcanzar.

Me acuerdo de lo callada, pequeña y bonita que me pareció la ciudad la primera vez que vine. Recuerdas tú todas las calles que íbamos recorriendo y el momento en que las primeras gotas de lluvia me obligaron a ponerme un gorro impermeable.

Y ayer, sin saber tú de qué fecha se trataba, de paso por un almacén de libros, discos y películas que solemos frecuentar, vimos el título La terraza de Ettore Scola e inmediatamente insististe en regalármela. Como yo no dije nada, seguimos visitando la tienda y luego, al volver sobre nuestros pasos en busca de la salida, cogiste la película y fuiste rápidamente a pagarla en caja. Volvimos ilusionados con el deseo de verla esa misma noche. Como nos dio el sueño y es larga, la dejamos interrumpida; hace un momento que salieron los títulos de crédito.

Hace también unos años, en una de tus visitas a mi ciudad, decidimos ir al cine una tarde estival de domingo a ver La Cena. Después de haber subido al monte de O Castro y haber soñado largo rato en silencio mirando desde lo más alto una puesta de sol sobre el océano rosado y en calma, atravesamos a toda prisa el desnivel de las calles bajo las generosas copas de los castaños de indias hasta la sala del cine Plata adonde no pocas veces acudía yo alguna tarde de martes para aprovechar el descuento de la sesión del espectador. Lo que para nosotros suponía la gran oportunidad de ver una buena película de un gran director en una sala espaciosa y cómoda, no era lo que habría deseado la mayoría; al menos supimos apagadas ya las luces que solamente compartíamos la sala con una persona más.

Hemos visto otras películas de Scola. Más de una vez, hace ya tiempo, ponían en televisión La familia, sin duda una de mis favoritas y una obra sobre la que hice en la facultad un trabajo para la asignatura de Literatura Comparada que me valió mi única matrícula de honor en lo que se refiere a todos mis estudios. También en televisión, a una hora intempestiva de la madrugada, pillamos al vuelo para grabar Entre el amor y la muerte. Y es estupendo poder ver Una jornada particular durante toda esta temporada en el canal TCM.

En un estante de casa nos espera siempre La noche de Varennes. En casa de algún amigo de mi hermano J., a quien sin duda con tanto entusiasmo se la prestó un día, duerme Mario María Mario, quizás sin haber sido nunca vista. En el videoclub de la esquina es fácil encontrar Competencia desleal. Pero tanto tú, como J.D y como yo misma, nos quedaremos sin ver, porque "suma rareza" no llegó nunca a las salas de esta ciudad, Gente di Roma.


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