Herbario


martes, enero 30, 2007

Gripe


Hace una semana empecé a encontrarme un poco mal. El miércoles pasado fui a dar una clase con dolor agudo de garganta. Bueno, en realidad, nada fuera de lo normal y menos en mi caso, ya que me veo obligada a hablar mucho durante el día y, aún sin obligaciones, soy de las que no se calla ni debajo del agua. El jueves había desaparecido el dolor de garganta pero en su lugar apareció un leve goteo de nariz. El inicio de mi malestar coincidió con una brusca bajada de temperaturas y una nevada copiosa que me tuvo pegada a las ventanas toda la mañana, pues me sentí cobarde para salir. Al día siguiente me desperté con escalofríos. Avisé que no iba al trabajo. La fiebre había aparecido. Y la fiebre continuó durante todo el día, y al siguiente y al siguiente y al siguiente, hasta que ayer, después del "subidón" más fuerte, asustada ya de que aquello no tuviese freno, ignorando cuánto paracetamol podría soportar aún, impotente y llorosa como un niño pequeño llamé a mamá, y mamá me dijo que no sabía muy bien lo que tenía que hacer, así que, ante la duda, lo mejor sería dirigirse a urgencias. "-Llamadme luego", -añadió. Mamá, aunque esté lejos, sigue siendo mamá. Me admira y me alivia su preocupación en calma, presentación balsámica sin más prospecto que el aval de una intensa dedicación hacia sus enfermos y hacia sus propios hijos, en ocasiones enfermos también.

Mamá no tuvo noticias nuestras hasta casi tres horas después de haber acudido al servicio de urgencias del Centro de Salud que nos corresponde. Al llegar ya estaban ocupados todos los asientos de la sala de espera. Después de nosotros todavía fueron llegando algunas personas. De repente, llaman al médico para acudir a un domicilio. "-Tendrán que esperar hasta que vuelva", nos advierte la administrativa. Me lo tomo con mucha paciencia. Poco o nada tienen que ver estos ambientes con las series de médicos de la tele. Me dices por lo bajo, muy indignado, mientras me parece hasta visible desde fuera el calor exagerado que desprende mi piel, que el lugar te parece muy lujoso con sus cristaleras desde el suelo, sus paredes forradas de madera clara, las sillas de diseño, los avisos por megafonía, los rótulos grabados al ácido, etc. en contraste con la precariedad del servicio: tan sólo un médico de guardia. Te doy la razón.

Llega mi turno y una doctora me increpa con un "-¡¿Qué!?", así que me pongo a describir síntomas y le digo que estoy muy preocupada con la fiebre que dura tantos días. Insisto en que me diga si puedo seguir tomando determinado medicamento. Me mira la garganta y luego se pone a hablar sola, diciendo cosas y haciendo señas a las que no le encuentro coherencia en ese momento, quizás por la confusión que me ocasiona tanto cansancio. Luego se enfada con la lentitud de la impresora. Salgo en seguida de la consulta; al menos me marcho con la tranquilidad de saber que si me sube de nuevo la fiebre puedo seguir tomando aquel medicamento diluido de sabor tan fuerte como el olor que desprende la pintura. Vuelvo más calmada. Duermo casi de un tirón hasta las seis de la madrugada, cuando reaparecen los escalofríos...


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sábado, enero 27, 2007

Ghandi mantuvo varias huelgas de hambre y SIEMPRE estuvo dispuesto a morir.


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jueves, enero 25, 2007

Reina Maga


Dedicado a A. Y.

Creo que fue la noche del cinco de enero cuando A. me contó por teléfono que había conocido a M., un chico senegalés que tan sólo hacía un mes había llegado, después de más de veinte días de viaje por mar a la deriva y de diez muertes de compañeros en plena travesía, a las costas de España. A. me explicaba que el encuentro había sucedido a la puerta de su casa, llave en mano, al cruzarse M. en su camino aterido de frío y al ofrecerse ella a entregarle unos guantes y otras prendas que sus hijos ya no utilizaban y que, sin duda, podrían servirle. No recuerdo si fue esa misma noche cuando A. invitó a M. a cenar en casa con su familia y cuando él habló conmigo por primera vez desde el otro lado del auricular. Por mi parte, no tuve inconveniente en preguntarle a M. algunas cosas que A. quería saber de él, cosas que quería haberle preguntado ella directamente pero que no permitía un simple lenguaje de gestos y de palabras básicas en nuestra lengua. Quiero creer que he sido, de buen grado, gracias a mi francés, la intérprete que ha hecho -si cabe- más posible la realización de la generosidad de A. A. le regaló a M. un roscón de Reyes para que lo comiese al llegar a casa. A. quiso también buscarle un profesor de español y pensó en mí. No hemos hablado apenas de dinero. A. quería costear sus clases y yo me ofrecí sin coste alguno, así que llegamos al acuerdo del precio simbólico de un euro por hora. Ahora veo a M. todos los martes y los jueves por la mañana cuando acude a casa con un cuaderno, un bolígrafo y unas enormes ganas de aprender.


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miércoles, enero 24, 2007

Invierno

Cantan. Cantan.
¿Dónde cantan los pájaros que cantan?

Ha llovido. Aún las ramas
están sin hojas nuevas. Cantan. Cantan
los pájaros. ¿En dónde cantan
los pájaros que cantan?

No tengo pájaros en jaulas
No hay niños que los vendan. Cantan.
El valle está muy lejos. Nada...

Yo no sé dónde cantan
los pájaros -cantan, cantan-
los pájaros que cantan

Juan Ramón Jiménez: Canción de Invierno

*

Ha llovido, también ha nevado, hace mucho frío; por fin ha llegado el invierno y
yo no sé dónde cantan los pájaros -cantan, cantan- - los pájaros que cantan


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miércoles, enero 10, 2007

II

Tampoco me ha costado mucho darme cuenta de que en este país abundan tanto Buddembrooks como Pijoapartes. No es en absoluto difícil encontrar en cualquier piso de cualquier población -o desear tener cosas parecidas- lámparas de araña, sillas con respaldos de madera tallada que sobrepasan la altura de la coronilla o cortinajes espesos recogidos en alzapaños dorados. Este tipo de personajes se ven privilegiados por una sociedad que idolatra la propiedad, para lo cual promueve el sistema de hipotecas, los infinitos pagos a plazos, el crédito instantáneo y el dinero de plástico a cambio de la más que sobrevalorada apariencia. Tanto tienes... ¿tanto vales? ¡¿Adónde vamos a llegar?!

Terminé 2006 y empecé 2007 con un libro de Heminway, escritor cuyo estilo no me convence en absoluto, no sé si porque realmente es un individuo impunemente chapucero o si la culpa del desastre es del traductor. Debería de ponerme las pilas de una vez por todas y lanzarme a leer, siempre que me sea posible, en versión original. Pero aunque no me gustase cómo lo contaba, sí me gustó lo que contaba en París era una fiesta, así que, en cualquier caso, la lectura me ha parecido justificada. En este sentido, por cierto, podría decir que Heminway es todo lo contrario a Flaubert, quien se mueve como pez en el agua cuando se trata de escribir bajo cualquier pretexto, situando el "cómo" muy por encima del "qué".


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lunes, enero 08, 2007

Lecturas 2006


De todos los libros que leí en 2006 me impresionaron sobre todo dos de ellos: Los Buddenbrook, de Thomas Mann, y Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé.


El primero relata la lenta decadencia de una familia de la burguesía alemana de hace más de un siglo dedicada a los negocios; el segundo, el ansia de ascenso social del Pijoaparte en la Barcelona del franquismo.


En el fondo no me han parecido argumentos muy diferentes. Ambas obras son excelentes análisis sociológicos en unas determinadas coordenadas espacio-temporales, además de concienzudas descripciones introspectivas de los personajes más relevantes como paradigmas de toda una clase. No es tan diferente Tony Buddenbrook en su deseo de decorar, tapizar muebles, vestir a su gusto a toda la familia, adornar cuanto ve con lazos de seda y encajes, etc., del deseo del Pijoaparte por demostrar que puede llegar a liarse con Teresa, primogénita universitaria de una familia catalana adinerada. Si bien parten de orígenes muy diferentes, convergen en el mismo punto. La familia Buddenbrook, desde siempre dedicada a los negocios, se arruina por querer más, por ajustarse a un estilo de vida que consideran casi aristocrático. El Pijoaparte sale de uno de los barrios más deprimidos de Barcelona con el objetivo de alcanzar un mundo que en su imaginación cree patrimonio de los ricos. Ambos aspiran a algo que los sobrepasa y quedan en ridículo cuando pretenden imitarlo; desde su punto de vista resulta todo muy lejano, casi en nebulosa, tanto, que son incapaces de distinguir con claridad el punto exacto adónde quieren llegar.


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domingo, enero 07, 2007

Turbulencias


Hemos dejado el año sabiendo de una desagradable noticia familiar. Mamá contaba con misterio y resignación que su sobrina, mi prima, llevaba un año en muy mala relación con su marido y no sabía cómo decírselo a sus padres ni a nadie, después de catorce años de matrimonio, y que aquello estaba acabando con su salud, con su energía, con sus ganas de comer y de vivir. Hace tiempo que descubrió que a él le gustaba una mujer del trabajo. Hace tiempo que apenas el simple hecho de tocarlo le repugna a él. Hace tiempo que él le dijo que no la quería. Pero están casados por la Iglesia hasta que la muerte los separe, o al menos así lo cree la familia y ella misma, por desgracia. Cuando la religión se mete de por medio, no hay nada que hacer a favor de la racionalidad. Divorcio suena a pecado. Mientras tanto, comparten el mismo tiempo, los mismos hijos, la misma casa, la misma cama, el mismo plato, el mismo coche, en ocasiones, el mismo paseo, la misma vida, la misma muerte. Mamá, cuando vio a su sobrina tan decaída la llevó con ella a una habitación lejos del bullicio de las Fiestas y le pidió que le contase qué le pasaba. Ella confesó, apenada, lloró hasta que no le quedaron lágrimas. Su depresión, su angustia, tenían una causa. Su padre pensaba que todo aquello se le pasaría comiendo, saliendo a pasear (a veces los más cercanos a nosotros mismos son los que menos se dan cuenta de las cosas) Ella llamó a su psiquiatra y retomó su medicación. Hace unos días llamé a mamá preguntando cómo iban las cosas. Me respondió: "A. está mucho mejor, con ganas de luchar, mucho más animada con los medicamentos" Me dio la impresión de que le faltaba algo por contarme. Los medicamentos ayudan a la recuperación pero, ¿y la causa? ¿qué piensan hacer ellos con el problema? ¿esperar? ¿resignarse? ¿hasta cuándo? Me quedé sin comprender nada. Papá, no pocas veces, decía un refrán que encajaría en este asunto: "el que por su gusto se condena, que vaya al infierno a quejarse", nunca mejor dicho. Lo real sigue estando ahí. Hace al menos un año que está ahí. Lo terrible es que el tiempo ha pasado, pasa, pasará y... ¡no sé! ¡qué lástima!


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