GripeHace una semana empecé a encontrarme un poco mal. El miércoles pasado fui a dar una clase con dolor agudo de garganta. Bueno, en realidad, nada fuera de lo normal y menos en mi caso, ya que me veo obligada a hablar mucho durante el día y, aún sin obligaciones, soy de las que no se calla ni debajo del agua. El jueves había desaparecido el dolor de garganta pero en su lugar apareció un leve goteo de nariz. El inicio de mi malestar coincidió con una brusca bajada de temperaturas y una nevada copiosa que me tuvo pegada a las ventanas toda la mañana, pues me sentí cobarde para salir. Al día siguiente me desperté con escalofríos. Avisé que no iba al trabajo. La fiebre había aparecido. Y la fiebre continuó durante todo el día, y al siguiente y al siguiente y al siguiente, hasta que ayer, después del "subidón" más fuerte, asustada ya de que aquello no tuviese freno, ignorando cuánto paracetamol podría soportar aún, impotente y llorosa como un niño pequeño llamé a mamá, y mamá me dijo que no sabía muy bien lo que tenía que hacer, así que, ante la duda, lo mejor sería dirigirse a urgencias. "-Llamadme luego", -añadió. Mamá, aunque esté lejos, sigue siendo mamá. Me admira y me alivia su preocupación en calma, presentación balsámica sin más prospecto que el aval de una intensa dedicación hacia sus enfermos y hacia sus propios hijos, en ocasiones enfermos también.
Mamá no tuvo noticias nuestras hasta casi tres horas después de haber acudido al servicio de urgencias del Centro de Salud que nos corresponde. Al llegar ya estaban ocupados todos los asientos de la sala de espera. Después de nosotros todavía fueron llegando algunas personas. De repente, llaman al médico para acudir a un domicilio. "-Tendrán que esperar hasta que vuelva", nos advierte la administrativa. Me lo tomo con mucha paciencia. Poco o nada tienen que ver estos ambientes con las series de médicos de la tele. Me dices por lo bajo, muy indignado, mientras me parece hasta visible desde fuera el calor exagerado que desprende mi piel, que el lugar te parece muy lujoso con sus cristaleras desde el suelo, sus paredes forradas de madera clara, las sillas de diseño, los avisos por megafonía, los rótulos grabados al ácido, etc. en contraste con la precariedad del servicio: tan sólo un médico de guardia. Te doy la razón.
Llega mi turno y una doctora me increpa con un "-¡¿Qué!?", así que me pongo a describir síntomas y le digo que estoy muy preocupada con la fiebre que dura tantos días. Insisto en que me diga si puedo seguir tomando determinado medicamento. Me mira la garganta y luego se pone a hablar sola, diciendo cosas y haciendo señas a las que no le encuentro coherencia en ese momento, quizás por la confusión que me ocasiona tanto cansancio. Luego se enfada con la lentitud de la impresora. Salgo en seguida de la consulta; al menos me marcho con la tranquilidad de saber que si me sube de nuevo la fiebre puedo seguir tomando aquel medicamento diluido de sabor tan fuerte como el olor que desprende la pintura. Vuelvo más calmada. Duermo casi de un tirón hasta las seis de la madrugada, cuando reaparecen los escalofríos...
