Herbario


domingo, diciembre 31, 2006

Menú de Nochevieja


Entrantes:

-espárragos blancos con salsa rosa

-ensalada de cogollos con queso semicurado y nueces a la vinagreta de miel


Primer plato (y único):

-pollo al curry con arroz largo


Postres:

-peras en almíbar

-surtido de Navidad


Bebidas:

-cava catalán brut rosado y/o vino blanco gallego godello de Valdeorras

-café expresso


Suena bien; mejor sabrá.


Esta noche no iremos invitados a ningún banquete y no seremos anfitriones más que de nosotros mismos, lo cual no nos disgusta en absoluto y hasta nos otorga el privilegio de algunas libertades de las que no podríamos gozar en otros contextos. No tendremos uvas, no iremos a ninguna fiesta que se prolongue hasta la madrugada, no estrenaremos ropa de gala ni tomaremos chocolate con churros a horas intempestivas. Por otra parte, es lo que venimos haciendo desde casi siempre. ¡Feliz Año Nuevo!


-ooOoo-

jueves, diciembre 28, 2006

V

Pero en estas palabras melancólicas ella no puso ni una pizca de amargura. Don Guindo contó una historia sin duda muchas veces repetida. Cuando él era un muchacho y acababa de cumplir su servicio diplomático en la Embajada de Parma en nombre del Rey, había traído un violonchelo en cuya delicada fábrica de finas maderas anidaban las sonoridades del bosque otoñal, los suspiros de los pechos de las marquesas del Loire, de Versailles y de Schoenbrunn, el vibrar callado de la góndola y la ardiente melancolía del amor italiano. En Galicia la noche de luna sólo escuchaba un lloro largo de violonchelo, pues "mi amor -decía don Guindo- morirá conmigo en la misma primera emoción por no querer Dios que fuese realizado".

¡Don Guindo! "Señor", imaginaba yo en el gran lecho oyendo un lejano gemir de carros en marcha, como una serenata de violonchelo de campo a la luna escondida, "¿sería posible que no estuviera soñando? ¿Es cierto que doña Xoana y don Guindo existen?" Por la mañana ella misma, mi tía, me trajo el chocolate a la cama y el sol, curioso, se acercaba a la ventana para escuchar nuestras palabras.

Pues ella venía dispuesta a hablar y ya no lucía aquella aniñada y maravillosa alegría.
-Tú eres mi sobrino amado y te voy a contar la historia de mi vida. Sé que no paso de este otoño. ¿Ves aquel alto peral que por encima del muro mezcla sus ramas con otro peral del manzanal vecino? Cuando vuelen las últimas hojas empujadas por el viento de los muertos, don Guindo y yo moriremos.

"Plantamos los dos árboles cuando éramos niños de diez años y nuestros amores nacían con la sencillez de las alboradas. Los dos éramos hidalgos, ricos, mayorazgos y vecinos. Pero nuestras familias eran enemigas. Antes de los pazos hubo torres, antes de las torres, tribus. Pues las tribus, torres y pazos, formas sucesivas del poder de nuestras familias, lucharon siempre y ninguna de las dos cedió. Pelearon las torres con espadas y lanzas, con trabucos y hondas, pelearon los pazos en largos pleitos. Mis padres eran enciclopedistas, los que hoy se llaman liberales; los de don Guindo ultramontanos, los que hoy se nombran absolutistas. Un peregrino de Sant-Iago llegado de las tierras lejanas de Oriente, de la Persia madre de los dulces manzanos, trajo dos esquejes de frutales para enriquecer la hermosa tierra de Galicia. Parecía un mago de los que primero adoraron la cuna de Nuestro Señor. Pasaba por el camino una mañana radiante de otoño cuando nosotros, niños, huyendo de nuestras familias jugábamos buscando moras entre las zarzas. El peregrino, mirándonos hermosos e inocentes, nos hizo don de los arbolillos. Con nuestras manos los pusimos en la tierra blanda, con nuestras manos, cada uno en su terreno, les limpiamos el hoyo de las malas hierbas, y esperamos con amor que la primavera los nevara de flores de esperanza. Crecieron juntos y se besaron sus ramas por encima del muro cuando aún no se habían besado nuestros labios. ¡No se besaron nunca! Las luchas de nuestras familias ahondaban cada día la distancia de nuestro amor. Yo sufría, llegado el tiempo de caminar a las fiestas de Sant-Iago, pues aunque mi amado estuviese lejos -en la guerra, en las embajadas- encontraba el consuelo único de mi vida en la proximidad de los dos árboles amados. Crecieron esbeltos, en pocas estaciones treparon sobre los viejos árboles del manzanal, y parecía más envejecida la fila de ciruelos claudios puestos al correr del agua hacia los barrizales, y sintieron envidia los manzanos abaciales y las urracas, los nísperos y los naranjos, pues las peras de nuestros árboles traían una nueva riqueza al hidalgo pomar de los pazos, otra dulzura a su labio con un punto de acidez otoñal. En aquel tiempo el señorío de los pazos mantenía relación diaria llevando a caballo o en litera por las respetuosas tierras de aquella zona a campesinos para juntarse en bailes de etiqueta, en fiestas religiosas o familiares. Enseguida los frutos de nuestros árboles fueron llevados cada uno por su lado y aquellos esquejes que trajo el peregrino abundaron en los huertos de las montañas y de las riberas, y maduraron con el sol salado del litoral. Una nueva raza de perales era digna de registrarse en las genealogías hidalgas. Los pájaros tuvieron otras frutas que picotear, y un nuevo caer estruendoso de frutos maduros en el demorado otoño animaba la noche de los pazos. ¡Perales de doña Xoana y perales de don Guindo! ¿Quién le diría a la gente que los admira en las mesas o los palpa avariciosa en las fiestas que todavía viven los que les dieron nombre? Pero quedarían sorprendidos si supiesen que ellos simbolizan el dolor y la dulzura del amor imposible. Mi gente, liberal, la de don Guindo, servil. Mi padre y mis tíos parloteando en nombre de las luces y del progreso contra las deformes sombras del pasado. La gente vecina condenando toda novedad desde la elevada fe de la España vieja. Si en mi casa ?en esa misma habitación del rincón? un tío mío declamaba con pasión los discursos de los girondinos, en el pazo de don Guindo se lleva luto todos los 21 de enero en recuerdo de Luis XVI. Mi hermano mayor estuvo en la conjuración de Porlier y defendió el fuerte del Trocadero. Mi amado, don Guindo, fue oficial de don Miguel en Portugal. Pasaban los años sin vernos. Algunas veces, una carta recibida en secreto, leída con delirio a la sombra de los bojes del jardín, guardada entre las estampas del libro de rezos. Alguna carrera a lo largo del muro desafiando el latir de los perros enemigos de los dos huertos. Y los pleitos fueron arruinando las dos estirpes, y nosotros envejeciendo y la curia heredándonos en vida. Un otoño nos sentimos cada cual más viejo, solo, casi pobre en su pazo. Habían sido consumidas las rentas, las casas de las ciudades, muchos terrenos. Pero ¡qué valor tenía todo eso! Los dos perales seguían creciendo en cada estación más alegres y colmados. ¡Los dos solos! Con la timidez de un niño, don Guindo pidió licencia para hacerme una visita de cortesía. Desde entonces hace ya muchos años viene a visitarme a la misma hora. Ya éramos viejos la primera vez que hablamos en este salón. Don Guindo es la flor de la hidalguía. Nunca hemos hablado de amor. En las fiestas solamente nos hacemos pequeños presentes de flores y de frutas. No queremos saber nada del mundo, y esperamos felizmente la muerte disfrutando en los otoños una nueva emoción de recuerdos".

"Ya ves, hijo mío. No verás, por mucho que vivas y por muchas tierras que pises, un vivir tan dichoso como el mío. Ya me ves sonreír y canturrear alegremente canciones de mi juventud. Para mí no hay tiempo. Don Guindo y yo, en compañía de los antiguos árboles, de las losas de las terrazas, de las madreselvas de los muros, vivimos en una especie de orden religiosa, con votos no escritos, regidos por la feliz inocencia del corazón".

Yo admiraba a mi tía. Cuando ya cabalgando me despedía de ella desde la puerta se inundaron de lágrimas mis ojos. Se quedaba mustia, pequeñita, alegre en la terraza y un dulce sol de otoño venía a lamerle las manos como un perro fiel. Envuelto en el follaje dorado quedaba atrás el pazo. Ya al galope por el camino real, vi de lejos a don Guindo; sentado al pie de su palomar, rodeado de vuelos de alas blancas, parecía un santo varón de un retablo, uno de esos viejos que, sobreviviendo a su clase y a su tiempo, parecen soñar, dorados los blancos cabellos por un ocaso de eternidad.

Aquel año, apenas llegado yo a Compostela, se cerraron los Colegios y la Revolución expulsó a los frailes de los claustros; el mundo de mi juventud cayó con el estruendo de las frutas maduras del manzanal. Doña Xoana y don Guindo entraron en la categoría de los mitos. Casi no me atrevo a hablar de ellos. ¿Para qué? Su memoria está asegurada y le hacen justicia el renacimiento y el florecimiento inmortal de los linajes ilustres que portan, alegres e hidalgos, sus nombres legendarios.

¡Tierra la nuestra!

Trasalba, Otoño de 1930


-ooOoo-

IV

Me dijo:

Que su padre había ido a París de Francia y que había amado a una viejecita que recordaba la corte de Luis XV, sólo por lo fina que era y por lo bien que hablaba un francés que desde entonces no se había vuelto a hablar.

Que por las mañanas las fuentes y los ríos paran un instante de manar, pues son también criaturas de Dios y Dios les dio el competente descanso.

Que en la biblioteca de los monasterios de Ribas de Sil hay un libro que nadie lee, pues una noche fue hojeado por el demonio y en las hojas queda la ponzoña de la saliva que mojaba los dedos malditos.

Que todas las flores tienen amistad con una estrella y por la noche se saludan y por eso, por las mañanas, ellas, las flores, quedan avergonzadas y lloran lágrimas de rocío.

Que no se debe tener miedo a los difuntos, y, por el contrario, tenerles las casas y los campos bien arreglados para que no se duelan cuando vienen a pasar una temporada al mundo.

Que el cielo no es más que una retahíla de parroquias con abades santos, con vecinas y vecinos todos de alma de niño, que trabajan contando campos de flores donde no hay grama, esperando a que nuestro Señor venga de cuando en cuando a hacer la confirmación de su presencia, y que esta espera es la dicha más grande del Paraíso.

Que las torres de las iglesias, lo mismo las orgullosas torres de los conventos que las sencillas espadañas de las ermitas de los labradores, todos los años caminan a Roma, para hacer la visita ad lacra limina presididas por la Berenguela de Sant-Iago.

Su hablar manaba como una fuentecilla de recuerdos situada fuera del mundo, en un paisaje de inocencia y de milagro, al tiempo que un sol suave bajo las nubes, antes de acostarse, removía con varas de luz los frutos del manzanal. Doña Xoana, mientras hablaba, tenía en la mano una hermosa pera, amarillenta, aromática, de alegre curva en la que la mirada encontraba un holgado descanso. Después, cuando ya era un hombre, visité los museos de Europa, y echaba de menos "la vieja fruta" entre los retratos hondos y célebres por un pequeño y simbólico detalle: el clavel, el lagarto, el pájaro, el pañuelo. Y seguía tan embobado que apenas me di cuenta de la llegada de un nuevo personaje, surgido de entre las sombras del pasadizo, escurridizo, viejo, ceremonioso y vestido de una manera que en otras circunstancias me hubiera parecido extraño. Pues todavía en aquella época no habían cerrado los colegios mayores y había generales fieles a la peluca federicana; pero hablar mano a mano con un señor de casaca y calzón, encajes, zapatos bajos y peluca, era cosa sólo posible en la extraordinaria atmósfera del pazo de doña Xoana. El caballero, después de besarle la mano a mi tía y de saludarme con mucha cortesía, tomó asiento en un sillón tapizado de seda color cereza y, posando el papo en la mano fina, permaneció un instante silencioso recogiendo toda la luz del atardecer en su figura, no de viejo, sino más bien como madura, vegetal, hecha de carne de fruta otoñal. Yo adiviné en los dos viejos un arco de suspiros para enlazarlos como un iris de un amor inmortal. Después de un instante, mi tía me dijo:
-Este caballero, mi querido sobrino, es don Guindo, última rama de uno de los más famosos linajes gallegos. De aquí a unos años, quizás mañana mismo, los dos vecinos sólo separados por la extensión de los manzanos de los dos pazos apenas seremos un recuerdo en los claros libros de la genealogía.


-ooOoo-

III

El pazo de doña Xoana no era rico como el de los tíos de O Salnés, ni grande y severo como el de las primas de la tierra de Sobrado, ni elegante y un tanto desdeñoso como el de mi padre, pero en mimo y hechura alegre no le ganaba ninguno. Solamente con mirarlo se gozaba como se goza con la vista del primer sauce verde en la primavera, o de una terraza tapizada de calabazas y espigas bajo el sol del otoño, o una lluvia repentina, cuando se va de caza o de paseo, sobre las retamas pulcras. Terraza cubierta de liquen, salas de techo bajo, avigado, con grandes banquetas de pies barrocos, en las paredes cartas geográficas del último dieciocho, con las exploraciones de Cook y una cruz en el sitio en que fueron devorados por los salvajes los primeros ingleses. La chimenea no se encendía desde hacía mucho tiempo, pues doña Xoana se calentaba en la cocina con los criados, y no había jardín, solamente unos senderos de mirtos amarillentos y viejos, y a continuación el viejo manzanal ordenado en terrazas, unidas por escaleritas de piedra y rodeado por el gran muro. Más que pazo parecía una casita de labranza, y, con todo, el lugar que componía con las casas de los caseros, los cobertizos y las cuadras, el horno y el pajar, tenían un aire de señorío en gran parte remanecido del sosegado vivir que mandaba en la casa y en las tareas: el carro, el perro, las gallinas, las criadas, las palomas, todo era viejo, suave, dulce, sin que un arranque de trabajo, una riña ni un dolor viniesen a quebrar aquel atardecer de otoño que se alargaba no se sabe desde hacía cuántos años. Llegado el tiempo, los bueyes viejos, casi sólo ellos, labraban el nabal en el que los pozos estaban repletos de zarzas, de saúcos y madreselvas que parecían islas en medio de los maizales. Todas las cosas llegaban a su debido tiempo y sin prisas ni trabajos, y las cepas, apenas sin cava ni renta, daban poco vino, pero un vino ilustre, fino, criado en el señorío de la holganza. Los lagartos tomaban el sol en la terraza como viejos amigos con el perro y con doña Xoana. Y en la casa reinaba una maravillosa alegría, un optimismo que ni la mayor vejez había podido turbar. Era suficiente hablar un instante con doña Xoana para darse cuenta de la razón de aquella felicidad.

Doña Xoana, pequeñita, graciosa, alegre, con su mantón de paño y su peinado antiguo, los ojillos vivos, caminando ligera y siempre saltando de cuento en cuento, de historia en historia, mirando el paso de las nubes desde las ventanas, recibiendo como un homenaje el cacarear de las gallinas, el caerse de sueño el perro, el aliento grueso de ternura de las vacas que venían a comerle en las manos blancas mojadas de verde trébol aromático, era una vieja que no lo parecía, y, al contrario de todas las viejas, se alegraba con la llegada del otoño sin miedo a reumas, ni al golpear de las puertas en las noches eternas, ni a las campanadas de difuntos, ni a las mañanas de helada que dan a las viejas la desesperanza de darse cuenta de la completa vejez del mundo. Por eso, llegando la buena estación, fui acogido aún con mayor cariño.

Siempre me acordaré de aquella primera comida. La mesita estaba puesta junto a la ventana sur de la salita pequeña, presidida por un gran reloj, cantor de las horas litúrgicas, y por el retrato de un general de la Independencia. Por la ventana se veía la mayor extensión de manzanos. Sólo arboledas cuajadas de frutas y cielo bajo, dulcemente vaporoso de nubes calientes, perezosas. Fijándose un poco, se advertían los techos de otra casa grande, también acariciada por la arboleda.

Los manteles todavía coservaban los pliegues del mucho tiempo que habían estado guardados. Las tazas del caldo olían a conciencia, la lareira encendida desde temprano; sin embargo, el viejo gallo estaba duro, mal dorado, y espatarraba su pecho de barco y sus zancos enjutos como una acusación. Era demasiado cadáver, y seguramente doña Xoana, en medio de su admirable alegría, sufría por la pequeña punzada de remordimiento por haber matado al compañero saludador de la embajada de las horas en honor al sobrino. Las primeras peras hacían una pirámide de oro maduro y en los tarros de dulce se refinaban los viejos almíbares con el mimo del cálido otoño.

Doña Xoana sólo bebió un traguito de cierto vino blanco, tibio y de seda, guardado para ella en un barrilito de morera, y cuando consideró un poco satisfecha mi hambre de joven que había madrugado con las estrellas, me habló de tantas cosas maravillosas que sólo entonces comprendí la belleza sencilla del vivir de nuestras aldeas y tuve miedo a perder aquel sentimiento al verme apresado en la vida que me esperaba en la ciudad.


-ooOoo-

II

El canónigo de Sant-Iago vivía en una casa labrada en piedra como una joya, tenía plata del tiempo de los virreyes, y por la noche leía con mucha mesura un precioso libro de blanco pergamino, puesto en un atril, en cuyas hojas había pintadas cosas maravillosas: emperadores de barba de nube, diminutos santos de oro con pies y manos de marfil, demonios y sirenas enredados en el dibujo de las letras.

Los hidalgos de la ribera de O Salnés bebían el vino blanco en grandes vasos de cristal tallado, cobraban las rentas del pescado que les traían por la ría las embarcaciones de albas velas, y con ciertos vientos del mar se volvían locos declamando palabras deshilachadas, mientras los perros aullaban en el cercado y las gaviotas traían noticias de naufragio.

Los tíos de O Ribeiro tenían mesa franca para los hidalgos, abades y priores, en la sala; para los labradores, en la cocina. Abrazaban a muchachitas rubias en los pequeños lodazales, ocultos por los sauces del río, y por la noche bajaban a la bodega y delante de las cubas deformes cantaban las horas canónicas del vino.

Las primas de la tierra de Sobrado eran blancas como la nieve y caminaban solitarias como los rayos de luna por las grandes salas misteriosas franqueadas por pequeñas ventanas dirigidas a los yermos horizontes. Creían que los ángeles encendían las luces del cielo, y la más joven peinaba sus cabellos rubios en la fuente del jardín. Una mañana la besé en el cuello desnudo de nieve y sol y entonces quedó en mis labios un sabor de magnolia, como el que se les queda a las libélulas que besuquean las flores.

Sólo pude oír la voz lejana de la hermana de Allariz por la reja del refectorio oscuro: me preguntó si era cierto que en Francia mandaba la Revolución y me regaló rosquillas hechas con mimo y muy ricas, cuya receta había sido escrita por la reina doña Violante, esposa de Alfonso el Sabio, fundadora del convento.

Y el abad de San Mamede dos Agros, después de pasearme por los robledales y nabales de las tierras que rodean la casa rectoral y de enseñarme en la iglesia el sepulcro de un caballero de armadura y perro a los pies, antepasado nuestro, me llevó a un lugar secreto de la rectoral y me mostró manojos de armas para hacer la guerra santa, diciendo:
-Tú serás un buen capitán de los tercios de la Lealtad.

Mi padre quedó muy satisfecho de mi viaje. Me regaló un hermoso reloj de oro barroco, me mandó comprar un caballo nuevo en la feria de Monterroso y, tomando consejo de nuestro capellán, dispuso que para el otoño me fuese a Compostela para comenzar Teología Moral en las aulas de Fonseca.

Y agoté el verano repasando latín, desentrañando el sentido de las églogas de Virgilio en las siestas bajo el manzano, y recordando delante de toda la blancura y hermosura que podían ver mis ojos -espuma de aguas, juegos de luz de luna, secreto de blanca flor, nube viajera, paloma en el soto, fruto grave cayendo en un crujido entre las ramas- aquel sabor del beso robado a mi dulce prima del páramo.

Pero ya a finales de septiembre, cuando las escascas llenaban la noche de canciones y aturuxos, y estaba dispuesto mi viaje, mi padre me dijo riendo:
-Todavía no has terminado las embajadas. Figúrate cómo va mi chaveta. ¿No me he olvidado de la tía Xoana de A Peroxa? Hace muchos años que no sé nada de ella. Era muy bonita, risueña, pequeñita, graciosa. Mañana mismo bien temprano caminas hacia allí con el dezán. Ahora las sombras son ya frescas y el aroma del campo, cuajado de frutos, hace el viaje dichoso y alegre.


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Ramón Otero Pedrayo --------- Doña Xoana y Don Guindo
Traducido por Rebeca Guillén Álvarez

"Mira, muchacho, ya eres un hombre y conviene que vayas conociendo a nuestros parientes y que te acostumbres a caminar por el mundo". Estas palabras de mi padre, dichas una tibia tarde de primavera, me dieron una alegría semejante a la que gozaba en los sueños, en mi cuarto de la torre amiga del viento y de la luz de la luna, de las lluvias en las que llegan andares silenciosos de fantasmas y de los primeros cantos del mirlo, tan alegres, tan mágicos, que yo, al oírlos todavía con los ojos cargados de sueño, me asomaba a la ventana para mirar en el manzano nevado de flores la huida de las princesitas hechizadas de la noche. Precisamente aquella mañana me había quebrado la campanada de la capilla un ensueño cuyo encantamiento me cubrió hasta las doce, como el rocío cubre las flores del jazmín: yo viajaba más allá de las sierras azules, bajaba a los valles de aguas murmuradoras y alcanzaba las cumbres escarpadas, nidos de vientos salvajes. Era recibido en palacios antiguos envueltos en el aroma de rosales gigantes y habitados por rubias princesas que me llevaban de la mano para mirar en el fondo del jardín misterioso la rosa mágica de cien hojas, y en los páramos, sorprendidos por la soledad, visitaba monasterios de frailes que me contaban las historias de los santos y cantaban hermosas misas, y en otras tierras salía a la caza del jabalí, en las mañanas nevadas, con hidalgos fuertes que por la noche estiraban las piernas ante el fuego de las chimeneas con los perros a sus pies contando historias para morirse de miedo y riéndose con carcajadas que resonaban en los oscuros pasadizos. Aquellas palabras de mi padre me llenaron de felicidad. Mi padre tenía muchos parientes, le gustaba hablar de ellos y guardaba los retratos de muchos en un cajón de su despacho. Alababa la ciencia del canónigo de Sant-Iago, la riqueza de los hidalgos, sus primos, de la ribera de O Salnés, las bodegas de las tías del Ribeiro de Avia, la belleza, flor del desierto, de las sobrinas que, alejadas del mundo bajo el gobierno de un padre loco, desperdiciaban su juventud en la tierra de Sobrado dos Monxes, lejos de la moda y lejos del amor, y admiraba la santidad de la monjita de Santa Clara de Allariz, y del abad de San Mamede dos Agros. Mi padre, acabado por la vejez y los desengaños en nuestro pazo en la ribera de O Carballiño, quería revivir las relaciones familiares por mi franca y alegre juventud antes de mandarme al estudio de la Teología y de los Cánones, o sólo estudio que con un poco de genealogía y de historia convenía al heredero de su nombre y patrimonio.

Se dispuso el viaje, y una mañana, después de haber oído la misa en nuestra propia capilla de retablos dorados, cuando el sol filtrado por las ramas de los castaños todavía no se había lavado en la fuente del jardín, salimos yo y el viejo criado, el de la Tierra de Deza, caballeros en valientes yeguas. Durante dos meses enteros recorrimos todos los caminos de Galicia: los que mueren en las escaleras mojadas por las olas de un embarcadero, los que trepan por las sierras para descansar en las llanuras bajo las estrellas, los que se vuelven calles con soportales en las ciudades, los que rinden cortesía a los pazos en los senderos de mirtos, los que llegan con humildad al pie de los cruceros de las abadías. Mis ensoñaciones de la mañana perezosa de primavera se cumplieron con creces en aquel diario viajar. En todas partes era bien acogido, y por medio de cartas y después en largos relatos, le hice a mi padre la crónica entera de nuestros parientes.


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Para todos aquéllos que aman las historias hermosas

Como estos días no tengo que ir a trabajar y paso más tiempo en casa, me he puesto a ordenar todo lo que he encontrado en cajones, estantes, armarios y alacenas electrónicas y allí estaba, bajo las tapas amarillas de una carpeta titulada Cuentos, una precioso relato escrito por Ramón Otero Pedrayo que traduje hace un tiempo a personas que no comprendían el gallego para hacerles saber cómo de bien han escrito algunos por aquellas tierras. Espero ofrecer en un futuro más historias. Mientras tanto, he aquí la de Doña Xoana y Don Guindo...



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martes, diciembre 26, 2006

Nota para Branquiña:

Escucha, B., todavía tengo que buscar las semillas de Lunaria porque con el lío del traslado no sé bien en qué lugar de la casa se encuentran. Lo que sí sé es que están envueltas y protegidas en un pañuelo de papel color lila que reconoceré al instante al primer golpe de vista. Con un poco de paciencia quizás viajen enseguida dentro de un sobre timbrado hasta tu buzón, hasta tus manos, hasta la tierra que acaricia otro aire, que baña otra agua, que calienta otra luz.

Escucha también lo que debes saber:
- Nombre científico o latino: Lunaria annua
- Nombre común o vulgar: Lunaria, Monedas del Papa, Planta de la plata
- Familia: Cruciferae
- Origen: Europa y Asia occidental
- Planta herbácea perenne o bienal
- Hojas acorazonadas y dentadas en sus bordes
- Flores de cuatro pétalos que se presentan en racimos, de colores que van desde el azul al violeta, el rojo o el blanco
- Floración: primavera
- Luz: de semisombra hasta lugares completamente umbríos
- Terreno: tierra normal de jardín
- Riego: moderado
- Multiplicación: mediante semillas, sembradas directamente en el suelo. No aguanta bien los trasplantes, así que conviene sembrarla en su ubicación definitiva

Quereres,

R.


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lunes, diciembre 25, 2006

Feliz Navidad * Bo Nadal * Felices Navidaes * Zorionak * Bon Nadal * Bom Natal * Joyeux Noël * Merry Christmas * Froehliche Weihnachten * Sheng Dan Kuai Le * Shinnen Omedeto


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viernes, diciembre 22, 2006

Siguiendo con el juego que propone Arbusto el guerrero en su espacio, me permito transcribir a continuación unas líneas de la página 123 de mi edición de El Gatopardo (biblioteca de plata, Círculo de Lectores 1987), de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, novela que me dejó impresionada cuando la leí, novela que en algún momento debo releer. Y aquí va la muestra:

"Cuando a las cuatro y media exactas le fue anunciada la puntualísima llegada de Don Calogero, el príncipe no había terminado aún de componerse. Hizo rogar al señor alcalde que esperase un momento en su despacho y continuó, plácidamente, embelleciéndose. Se untó los cabellos con Lemo-liscio, el Lime-juice de Atkinson, densa loción blancuzca que le llegaba en cajones desde Londres y que sufría en el nombre la misma deformación étnica de las cancioncillas. Rechazó el redingote negro y lo sustituyó por uno de finísimo tono lila que le parecía más apropiado para la ocasión presuntamente festiva. Dudó todavía un momento sobre si se quitaría o no con unas pinzas un desvergonzado pelo rubio que aquella mañana había conseguido librarse del apresurado afeitado. Hizo llamar al padre Pirrone. Antes de salir de la habitación tomó de la mesa un resumen de Blätter der Himmelsforschung, y con el fascículo enrollado se santiguó, ademán de devoción que tiene en Sicilia un significado no religioso mucho más frecuente de lo que se cree."


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