IIIEl pazo de doña Xoana no era rico como el de los tíos de O Salnés, ni grande y severo como el de las primas de la tierra de Sobrado, ni elegante y un tanto desdeñoso como el de mi padre, pero en mimo y hechura alegre no le ganaba ninguno. Solamente con mirarlo se gozaba como se goza con la vista del primer sauce verde en la primavera, o de una terraza tapizada de calabazas y espigas bajo el sol del otoño, o una lluvia repentina, cuando se va de caza o de paseo, sobre las retamas pulcras. Terraza cubierta de liquen, salas de techo bajo, avigado, con grandes banquetas de pies barrocos, en las paredes cartas geográficas del último dieciocho, con las exploraciones de Cook y una cruz en el sitio en que fueron devorados por los salvajes los primeros ingleses. La chimenea no se encendía desde hacía mucho tiempo, pues doña Xoana se calentaba en la cocina con los criados, y no había jardín, solamente unos senderos de mirtos amarillentos y viejos, y a continuación el viejo manzanal ordenado en terrazas, unidas por escaleritas de piedra y rodeado por el gran muro. Más que pazo parecía una casita de labranza, y, con todo, el lugar que componía con las casas de los caseros, los cobertizos y las cuadras, el horno y el pajar, tenían un aire de señorío en gran parte remanecido del sosegado vivir que mandaba en la casa y en las tareas: el carro, el perro, las gallinas, las criadas, las palomas, todo era viejo, suave, dulce, sin que un arranque de trabajo, una riña ni un dolor viniesen a quebrar aquel atardecer de otoño que se alargaba no se sabe desde hacía cuántos años. Llegado el tiempo, los bueyes viejos, casi sólo ellos, labraban el nabal en el que los pozos estaban repletos de zarzas, de saúcos y madreselvas que parecían islas en medio de los maizales. Todas las cosas llegaban a su debido tiempo y sin prisas ni trabajos, y las cepas, apenas sin cava ni renta, daban poco vino, pero un vino ilustre, fino, criado en el señorío de la holganza. Los lagartos tomaban el sol en la terraza como viejos amigos con el perro y con doña Xoana. Y en la casa reinaba una maravillosa alegría, un optimismo que ni la mayor vejez había podido turbar. Era suficiente hablar un instante con doña Xoana para darse cuenta de la razón de aquella felicidad.
Doña Xoana, pequeñita, graciosa, alegre, con su mantón de paño y su peinado antiguo, los ojillos vivos, caminando ligera y siempre saltando de cuento en cuento, de historia en historia, mirando el paso de las nubes desde las ventanas, recibiendo como un homenaje el cacarear de las gallinas, el caerse de sueño el perro, el aliento grueso de ternura de las vacas que venían a comerle en las manos blancas mojadas de verde trébol aromático, era una vieja que no lo parecía, y, al contrario de todas las viejas, se alegraba con la llegada del otoño sin miedo a reumas, ni al golpear de las puertas en las noches eternas, ni a las campanadas de difuntos, ni a las mañanas de helada que dan a las viejas la desesperanza de darse cuenta de la completa vejez del mundo. Por eso, llegando la buena estación, fui acogido aún con mayor cariño.
Siempre me acordaré de aquella primera comida. La mesita estaba puesta junto a la ventana sur de la salita pequeña, presidida por un gran reloj, cantor de las horas litúrgicas, y por el retrato de un general de la Independencia. Por la ventana se veía la mayor extensión de manzanos. Sólo arboledas cuajadas de frutas y cielo bajo, dulcemente vaporoso de nubes calientes, perezosas. Fijándose un poco, se advertían los techos de otra casa grande, también acariciada por la arboleda.
Los manteles todavía coservaban los pliegues del mucho tiempo que habían estado guardados. Las tazas del caldo olían a conciencia, la lareira encendida desde temprano; sin embargo, el viejo gallo estaba duro, mal dorado, y espatarraba su pecho de barco y sus zancos enjutos como una acusación. Era demasiado cadáver, y seguramente doña Xoana, en medio de su admirable alegría, sufría por la pequeña punzada de remordimiento por haber matado al compañero saludador de la embajada de las horas en honor al sobrino. Las primeras peras hacían una pirámide de oro maduro y en los tarros de dulce se refinaban los viejos almíbares con el mimo del cálido otoño.
Doña Xoana sólo bebió un traguito de cierto vino blanco, tibio y de seda, guardado para ella en un barrilito de morera, y cuando consideró un poco satisfecha mi hambre de joven que había madrugado con las estrellas, me habló de tantas cosas maravillosas que sólo entonces comprendí la belleza sencilla del vivir de nuestras aldeas y tuve miedo a perder aquel sentimiento al verme apresado en la vida que me esperaba en la ciudad.