Herbario


jueves, agosto 10, 2006

Avilés

Si el próximo curso tengo tiempo y puedo hacerlo, me gustaría apuntarme a las clases de la Escuela de Cerámica, donde quisiera aprender, no sólo a modelar y tornear piezas, sino a crear objetos más singulares como los azulejos. En un principio, con motivo de saber en qué parte de la ciudad se encuentra la Escuela, la otra tarde nos acercamos en un momento a Avilés, aunque enseguida supimos que bien merece la villa por sí sola una visita y aun muchas más.

Debo decir que, a pesar de la proximidad con nuestra ciudad, no conocía Avilés, a no ser por la pobre referencia de un cinturón industrial avejentado con chimeneas apuntando entre la humareda, bares y locales polvorientos junto a la ría gris y los semáforos que anuncian la llegada a la población. Sin embargo, basta adentrarse por una de las calles empedradas que llevan al centro -tan próximo al entorno degradado y hostil que acabo de describir que parece mentira que esconda tal maravilla-, descubrimos un ambiente íntimo, local y acogedor, adonde habían llegado muy pocos turistas, de suelos empedrados con losetas de colores, de calles con soportales, balcones, galerías y portones, de iglesias medievales, de fuentes y caños, de encrucijadas y plazuelas, de jardines y calma. Como no esperaba encontrar nada de aquello, pues nadie me había hablado antes de lo sorprendente de la ciudad, mi sorpresa fue todavía más grande. Caminaba a tu lado estupefacta, apenas sin pronunciar palabra, dirigiendo la mirada hacia cualquier rincón. El día era tan espléndido que, tras traspasar el umbral de una cancela abierta entre dos casas por la que pasaba una corriente incesante de gente y adentrarnos en un inmenso jardín inglés, roto aquí y allá por numerosos senderos, me pareció entrar en un sueño apacible, luminoso y fresco como una siesta de verano bajo la sombra de un árbol frondoso. Había gente sentada sobre la hierba y paseantes y perros sobre los caminos. Algunas casetas asomaban entre el follaje, un kiosco en el centro, un rincón tapizado de flores con marco de boj pulcramente recortado, el brillo limpio de los bancos de piedra, la vista trasera de algunas viviendas y palacetes. Estando allí podría pensarse que no existe el tráfico ni el ajetreo, la suciedad ni el trabajo duro, tan sólo un blando vivir para la holganza y el goce de los sentidos, vivir que habíamos creído de la burguesía de hace dos siglos.

Apenas recuerdo nombres de calles ni de plazas, pero sé que la Escuela de Cerámica está en un inmueble del siglo XVI que hace esquina con el Palacio de Camposagrado -dedicado también al estudio de las artes-, y que a pocos metros se encuentra la iglesia de los franciscanos, con puerta románica de arquivoltas de bonita hechura y, junto a ella, la capilla gótica de Santa María de las Alas, altamente representativa del estilo en Asturias.

Aunque por algún motivo no pueda asistir a los cursos de cerámica, mi intención es volver a Avilés de vez en cuando.

Avilés, precioso cabujón montado en una sortija que no le corresponde.


-ooOoo-