Llueve un quiere y no puede desde la hora más temprana de la tarde. Está nublado y bochornoso pero la tormenta no se decide a estallar. Quizás haya que esperar a que anochezca. Ayer alcanzamos los 41 ºC. Ni a medianoche corría el aire en la plaza del pueblo. Nos quedamos hablando hasta no recuerdo qué hora. Desde que salimos de la ciudad no llevo reloj en la muñeca ni falta que me hace. Aquí el tiempo transcurre de otra manera y el aire tiene otro aroma. La vista se expande más allá de los caminos, las calles y las casas bajas, y sólo se detiene en las montañas redondas tapizadas de especies espinosas de monte bajo; hacia el cielo, hasta mucho más de los contornos móviles de las golondrinas. Bajar hasta el río y quedarnos mirando a diario la calma del agua sentados entre los dos troncos de la barandilla nos va devolviendo la tranquilidad. En silencio, con los ojos cerrados, hemos aprendido a distinguir los diversos sonidos y aromas que nos rodean.
Mamá está contenta de que hayamos venido. P. también permanecerá aquí hasta el día 20; si lo echaba de menos era quizás por la esperanza de que habría cambiado. No obstante, siempre sabré que será un tipo cínico, agrio y rácano, y yo la ilusa e idealista que él siempre ha creído. Somos incompatibles sin vuelta de hoja. Ayer pensé por primera vez que el aspecto más crítico y bajo hacia mi propia autoestima se deba a un pretendido empeño inconsciente por mi parte en contrarrestar su exagerada prepotencia ególatra. Quizás P. nunca perdone la llegada de la advenediza que destronó al príncipe.


