Herbario


viernes, julio 28, 2006

Escrito hace diez días

Llueve un quiere y no puede desde la hora más temprana de la tarde. Está nublado y bochornoso pero la tormenta no se decide a estallar. Quizás haya que esperar a que anochezca. Ayer alcanzamos los 41 ºC. Ni a medianoche corría el aire en la plaza del pueblo. Nos quedamos hablando hasta no recuerdo qué hora. Desde que salimos de la ciudad no llevo reloj en la muñeca ni falta que me hace. Aquí el tiempo transcurre de otra manera y el aire tiene otro aroma. La vista se expande más allá de los caminos, las calles y las casas bajas, y sólo se detiene en las montañas redondas tapizadas de especies espinosas de monte bajo; hacia el cielo, hasta mucho más de los contornos móviles de las golondrinas. Bajar hasta el río y quedarnos mirando a diario la calma del agua sentados entre los dos troncos de la barandilla nos va devolviendo la tranquilidad. En silencio, con los ojos cerrados, hemos aprendido a distinguir los diversos sonidos y aromas que nos rodean.

Mamá está contenta de que hayamos venido. P. también permanecerá aquí hasta el día 20; si lo echaba de menos era quizás por la esperanza de que habría cambiado. No obstante, siempre sabré que será un tipo cínico, agrio y rácano, y yo la ilusa e idealista que él siempre ha creído. Somos incompatibles sin vuelta de hoja. Ayer pensé por primera vez que el aspecto más crítico y bajo hacia mi propia autoestima se deba a un pretendido empeño inconsciente por mi parte en contrarrestar su exagerada prepotencia ególatra. Quizás P. nunca perdone la llegada de la advenediza que destronó al príncipe.


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viernes, julio 14, 2006

Carretera y manta

Nos vamos de vacaciones a la tierra de Valdeorras.


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miércoles, julio 12, 2006

Veredicto:

Suspenso


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domingo, julio 09, 2006

Gijón

Gijón fue el primer lugar donde, durante una cena con amigos, te eché de menos porque estabas al otro extremo de la mesa. Sin decirte nada, una vez nos quedamos solos, tú me dijiste lo mismo, como en una especie de telepatía. A partir de aquel momento, aunque quizás ya mucho antes, supimos que no queríamos estar separados. Y justo después sucedió un beso que duró eternidades, y un poco más adelante, cuando los gritos de las gaviotas anunciaron la claridad, bajamos a la playa a mirar el mar, a dar vueltas sobre la arena con la brisa helada como en un baile.

El primer empleo que tuve en Oviedo fue enseñar latín a estudiantes de Bachillerato en una academia del centro. Quince días más tarde me ofrecieron más clases -lengua y literatura española, francés, latín- y más sueldo en la misma academia pero en su sede de Gijón. Y allí pasé un verano entero entre adolescentes que habían hecho el vago el resto del curso. Fue una época muy estresante, con más de cuarenta alumnos a los que debía dedicarme por entero, aprovechando incluso los viajes en tren entre Oviedo y Gijón para corregir ejercicios y exámenes. En una de las aulas, desde la enorme cristalera que daba a la Plaza del Seis de Agosto, veía a la gente pasear por la Calle Corrida y me sentía como en prisión, con una bata blanca de maestra con mi nombre escrito en un bolsillo, uniformada como si fuese un condenado. A la salida me iba corriendo a la estación con un hambre que me pesaba hasta las plantas de los pies. El único consuelo de aquel verano era mirar, de camino al tren, los sabrosos escaparates de las bombonerías.

El Martes de Campo de este año huimos a Gijón y fuimos a pasear por el precioso Jardín Botánico Atlántico. Nos hubiésemos quedado sin contar el tiempo en la zona llamada La Isla, antigua propiedad de un indiano, lugar umbrío entre lagos con nenúfares surcados por puentes de madera blanca y bonsáis en las riberas. Agradezco sinceramente a J.D el descubrimiento de este bonito rincón que ya es un poco nuestro.

Hemos estado en Gijón varias veces en las últimas semanas. Tus exámenes tienen lugar allí; allí será también donde se publiquen las notas la próxima semana. Pero siempre nos agradará pasear de nuevo junto a las Termas Romanas y frente al mar, por las calles del centro y la Plaza Mayor, detenernos en la librería Paradiso o en los escaparates de las confiterías, sentarnos a tomar un café en el Dindurra...


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