Trece de abrilEl día ha sido apacible y cálido. Escribo desde mi cama con la ventana abierta, mientras las cortinas ondean estampadas a cuarterones de sol. Cielo azul perfecto, sin una nube, quebrado por los cables de la electricidad. No hay más sonido que el de algunas voces de vecinos y piar incesante de golondrinas. Amapolas a la entrada del pueblo -como todas las primaveras-, en algunos rincones de las viñas, capullos incipientes de corazón rojo al final de la Rúa da Mata y brotes de hojas nuevas -pequeñas manos verdes- en las yemas de las ramas de los árboles. No esperábamos un tiempo tan bueno. Los telediarios anuncian chubascos para el resto de los días. He traído impermeable y ropa de abrigo, aunque de momento hace calor en la calle. Pero la enorme casa, tanto tiempo cerrada y sin la climatización apropiada para pasar el invierno, resulta, a primera vista, helada e inhóspita. Mamá pasó la estación más fría en casa de los tíos. La encontré un poco decaída y desmejorada. Me pareció ver que todavía no se ha adaptado a su trabajo de aquí, a las personas, a su nueva vida. Hoy es su primer día libre esta semana y se ha venido a su propia casa con nosotros -los tíos viven al otro lado del puente-. Al entrar, poco importó que las habitaciones estuviesen llenas de los cachivaches desperdigados de la mudanza; estábamos contentos de llegar. Al día siguiente puse manos a la obra y, con tu ayuda, cambié algunos muebles de habitación, guardé el cristal y la porcelana en los armarios, limpié las alfombras y las coloqué sobre los suelos de madera. Cuando la luz de la hora de la siesta se abalanza sobre la fachada y alcanza, de una mirada, las puertas cristaleras que dan al salón, la estancia se vuelve color ámbar. La mesa de comedor, cubierta de vasos, copas y jarras de todas las formas, alturas y colores, parece entonces la preparación de un extenso estudio para un bodegón holandés.
Ayer, aunque salimos a dar un paseo a una hora inapropiada -el sol caía todavía muy vertical y ni siquiera era agradable quedarnos un momento sentados en el banco bajo el fresno del ayuntamiento-, pude ver con asombro, volviendo por el camino que bordea el río, cientos de crisálidas colgadas al sol, enganchadas en la retícula de la alambrada que cierra una finca, secas ya, inservibles para las mariposas nuevas que se cruzaban con nosotros y con las ráfagas de aire que acarician los caminos.
Hinojo y glicinias en flor.
El reflejo plateado y apenas móvil en el río. La harinera abandonada, el Paseo do Aguillón en la orilla opuesta, la clave del arco central del puente viejo, la casa de la palmera, la Rúa Real, los pescadores, el silencio, el sol y tú.
Mamá ha vuelto de los oficios del Jueves Santo, de dar un pésame, de estar tomando un refresco en la plaza. Hace unas horas que merendamos. Estuvimos un buen rato sentados en el banco en que en verano charlamos hasta que nos alcanza el sueño. Veremos a O. un poco más tarde, después de unos meses. Mientras tanto, escribo, y, sobre mi mesilla, bajo un frasquito de perfume próximo al ángel custodio de resina y la enciclopedia ilustrada, reposa El amante en espera de la lectura de otro capítulo.
