Herbario


lunes, febrero 27, 2006

Es la primera vez en mi vida que puedo pensar en la posibilidad de tener un pequeño coche. Hasta ahora ni me lo había planteado porque en casa siempre hubo alguno que nos sirviese cuando lo necesitábamos. Y además, no nos gustaba cogerlo a la mínima de cambio, si era posible desplazarnos por otros medios como el transporte público. No dejaba de resultarme muy lógico que papá, por ejemplo, prefiriese caminar por la ciudad o para acudir al trabajo, puesto que el tráfico en Vigo es caótico, desmoralizante, lento y pesado hasta decir basta.

El primer coche que tuvimos en la familia fue un Diane 6 color rojo. Papá se sacó el permiso de conducir muy tarde, cuando nos desplazamos de la gran ciudad y desaparecieron de nuestro entorno el metro y los numerosos trenes de cercanías. Recuerdo de aquella época que cada domingo hacíamos una bonita excursión familiar por los alrededores y que, a falta de radio, contábamos historias e inventábamos canciones sintonizando un dial imaginario con la ruedecilla que en otro tiempo dejaba abrir las ventanas bipartitas traseras del modelo de Citroën. El Futingo, como llamábamos a aquel coche, era uno más en la familia y el mejor coche del mundo. En verano se llenaba de maletas y de niños para desplazarnos hasta el pueblo o la playa. Si viajábamos por la tarde, mamá siempre se aprovisionaba de pan con chocolate y suficiente agua para que no nos pusiésemos muy pesados. P. solía marearse con las curvas, evento que nos daba ocasión de parar un momento y salir a pasear, por ejemplo, entre un bosque de castaños.

Ahora quiero viajar en tu compañía a esos lugares a los que todavía no hemos podido ir de otro modo y a nuestro aire. Y quiero también descubrir rincones inéditos a nuestros ojos y acortar distancias entre mamá y nosotros, entre Galicia y Asturias, que, a pesar de estar tan cerca, parecen estar tan lejos...

He pensado que el nuevo Futingo podría ser el más pequeño de los Renault...


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domingo, febrero 26, 2006

Cuando nos despertamos, la casa estaba caliente. Hasta que bajamos a la calle no nos dimos cuenta de que había nevado. Llovía gotas grandes final de copos. Volví corriendo a buscar el paraguas y el gorro gris antes de dirigirnos a la estación de tren. El suelo, medio helado, hacía resbalar las suelas de los zapatos. Continuamos a paso lento.

La estación de suelo duro y frío. La estación oscura traspasada por veloces agujas. Alguna paloma aterida entre los raíles de las líneas centrales. El quiosco donde compramos toffes. La espera. El calor del vagón y un sueño dulce hasta la ciudad con mar. El vino y las palabras. La comida, el café, el viento y el regreso.

De nuevo el Carnaval, febrero y las mimosas.


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martes, febrero 14, 2006

III

Hace cinco años que estoy contigo. Cuando comenzó nuestro noviazgo venía a Asturias a menudo. Me quedé aquí a vivir hace cuatro años. En Asturias se habla asturiano, por mucho que algunos de vosotros insistáis en alegar que no existe tal cosa, aunque basta con hurgar un poco en vuestra idiosincrasia para encontrar, ya en la superficie, palabras, expresiones, construcciones morfosintácticas y sonoridades que sólo vosotros poseéis y de las que en general no sois conscientes. Salvo excepciones, no mostráis tener consciencia ligüística, sin embargo ostentáis con la cabeza bien alta una testaruda admiración por lo propio, por la bandera azul, por el himno, por vuestras celebridades, por los lugares, por la gastronomía, etc. Cuando se pone el tema lingüístico sobre la mesa, enseguida reacciona alguien dejando claro que el asturiano de Llanes no es el mismo que el de Cudillero, pero poniéndose patas arriba si se les dice que al oeste de una isoglosa vertical que atraviesa Navia la lengua utilizada es una variante oriental del gallego. Y tendéis a pensar que entre las montañas de esmeralda se queda el mundo entero para vuestro disfrute. Pues sabed que más allá de las montañas continúa el mundo. Y que a veces es necesario que un forastero se dé cuenta de lo que sois y venga a hacéroslo notar. Muchas veces es el punto de vista el que se encarga de definir mejor los contornos de las cosas.

Como antes no conocía Asturias y no tenía mucha idea de lo que ocurría por aquí tampoco me planteaba el modo en que preferíais configurar vuestro pensamiento colectivo. Tú tampoco me aclaraste gran cosa. Yo no te pregunté. Tan sólo me limité a poner el oído atento. Comprobé que hasta en la calle más pija de la capital se habla asturiano. En contraste con esa realidad, hasta en el barrio más humilde se niega la necesidad de una normativa oficial. Pero el asturiano se enseña en forma de cursos voluntarios y se edita en forma de libros más o menos afortunados. Sólo con la oficialidad se lograría un principio del prestigio del que ahora carece y el uso normal en cualquier circunstancia. No parece estar a favor de todo ello el lado más progresista de la política, cuando se gastan una millonada en crear una tele autonómica que de asturiana sólo tiene el nombre.


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viernes, febrero 10, 2006

II

Pero antes de aquello debo decir que mi paso a la adolescencia estuvo marcado por las canciones italianas que escuchaba día tras día y por mi simpatía hacia todo lo que tuviese que ver con aquella cultura. No comprendía muy bien cómo los cantantes italianos traducían sus canciones para el mercado español. Fue también en aquella época cuando una de mis camisetas favoritas llevaba serigrafiadas las palabras Nero e Bianco. Recién iniciada la facultad y habiéndose aliviado mi fiebre por Italia tuve mi primer contacto con la lengua y la cultura francesas. El francés se convirtió entonces en el idioma de mi primera juventud. Las clases de la facultad no me parecieron nada interesantes pero, apuntes e ideas mínimas en mano, me lancé por mi cuenta al descubrimiento y perfeccionamiento de la gramática, y encontré en la lectura el mejor de mis profesores. No he abandonado el francés, tanto es así que buena parte de mi tiempo lo dedico ahora a enseñarlo a otros. También ha vuelto el italiano en forma de gramática, diccionarios, lecturas varias y, de nuevo, la música. Y aunque mamá me regaló un curso para aprender italiano en 30 días, creo que tengo todavía para rato. Una lengua, ni se aprende de la noche a la mañana, ni se acaba de aprender jamás del todo. Cada una de ellas es inagotable, en el sentido de que son susceptibles de infinitas formas de creación (y de nuevo vuelvo a las valiosas palabras de Castelao).


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Vida y lenguas

De madre gallega (Petín de Valdeorras - Ourense) y padre catalán (Barcelona) nací en Galicia en unas vacaciones de verano del 74. Era el fin de agosto, así que enseguida mis padres y mi hermano de un año volverían, con una más en la familia, a la residencia habitual para reenganchar con el trabajo y otras tareas. Los cuatro primeros años de mi vida los pasé en Esplugues de Llobregat. Apenas recuerdo más cosas que algunos momentos en el colegio y en casa: el primer día de clase, el suplicio de pintar de amarillo un triángulo que llenaba una hoja entera antes de que la profesora nos dejase salir, el comedor escolar, los recreos, las canciones de párvulos sentados en el suelo, el disfraz de princesa mora, una amenaza de bomba, mi hermano silbando, el sabor de las gominolas con forma de botella de cola, el columpio anclado en la jardinera, un globo que se escapa hacia el cielo, lo señores de la portería, mi creencia de que bajo el suelo había cocodrilos, la chimenea en invierno, el consultorio de mamá y su clientela, el señor viejísimo que nos traía polvorones de Sevilla, la señora Isabel que se quedó a nuestro canario Lin Chu, los patitos de crema pastelera que mamá compraba en Sants, caramelos de palo en forma de pez o de martillo, chicles de peseta, los pollos asados de la tienda del señor Jaime.

Mamá suele contar que enseguida comenzamos a hablar. Desde el punto de vista de ahora sé que nuestra lengua materna fue una lengua franca, la que usaban mis padres para comunicarse entre ellos y hablar con sus hijos. Sé también que nunca llegué a ser consciente de que pronunciase alguna palabra en catalán, aunque sería lo más probable durante el tiempo que vivimos en Cataluña, y de que no sentí extrañeza alguna a mi alrededor hasta que nos fuimos a vivir a Galicia. Las personas hablaban de un modo distinto al que yo conocía y que, al principio, no era capaz de descifrar. En el colegio aprendí gallego por primera vez, recién aprobada la normativa del 82, y supe que la gente solía hablar en una lengua distinta que nunca estuvo en boca de los abuelos maternos ni de mamá, a excepción de alguna palabra suelta y casi articulada con remilgos. Acabado el instituto, después de haber comprendido que alguien dijo, con mucha cordura, aquello de que "a lingua é matriz inesgotable de obras de arte", decidí forjar mi propio compromiso lingüístico con el lugar donde se desarrollaba mi vida y me puse a hablar y a escribir, no sin un marcado esfuerzo al principio, antes de alcanzar a pensar y hasta a soñar, en lengua gallega.



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miércoles, febrero 01, 2006

Hoy

Ha amanecido 1 de febrero. Sin darme cuenta entro en el segundo mes de un año estrenado hace muy poco. El día primero de cada mes me causa la misma extrañeza que el cambio de año. Si ahora mismo tuviese que poner una fecha en el lado superior derecho de un manuscrito, dudaría unos segundos haciendo pequeños círculos en el aire con el bolígrafo antes de lanzarme a la escritura. Como es habitual, había olvidado cambiar la página del mes en el almanaque, lo cual no contribuye más que a potenciar mi despiste. No sabré definitivamente que es febrero hasta que huela en el mercado las primeras mimosas.

En general no soy una persona despistada, excepto en el campo de los asuntos que tienen que ver con el tiempo cronológico. Si no existiese el calendario, permanecería completamente perdida entre los años, los meses, las semanas y los días. Me cuesta mucho saber la fecha concreta, con su dígito y su nombre. Lo mismo que me cuesta saber el horario de los programas de televisión o del paso del autobús por mi parada. Sin embargo, no suelo olvidar los cumpleaños de las personas que más quiero ni las citas con ellas y, cuando no necesito ser puntual, me acostumbro, con bastante aproximación a la hora real, a la inclinación de los rayos del sol mientras mi reloj reposa en un cajón de la cómoda hasta que terminan las vacaciones.

Se ha convertido en una costumbre que alguien me regale en Navidad un calendario, detalle que agradezco como una necesidad satisfecha. Este año hemos recibido dos: uno de la editorial Moleiro, dividido en meses con ilustraciones de miniaturas otomanas que representan los signos del zodiaco, -febrero se corresponde con el mes de acuario-; el otro, un taco cuadrado editado por Taschen con una ilustración de Claude Monet para cada día, del que extraigo y clasifico modelos para las clases de pintura, como en su día hice con otro de magníficas acuarelas de Pierre Joseph Redouté.

No me levanté, que digamos, con muchas energías. Llevo unos días muy soñolienta. El caso es que al darme cuenta de que era primero de mes pensé automáticamente que debemos pagar enseguida algunos recibos. Acabé de despertarme frente a la pantalla del ordenador, con una buena dosis de canciones en italiano y la lectura de La Repubblica (he decidido que quiero llegar a alcanzar cierta competencia en italiano). Preparé una clase de dibujo, metí mi muñeco articulado de madera en mi maletín y me encaminé al colegio. De pronto, ya en la calle, alguien que no dejó de mirarme hasta que nos cruzamos, se detuvo y me preguntó cómo estaba. Por educación me paré yo también y, con la misma naturalidad con que había sido formulada la pregunta, respondí un "yo no te conozco de nada". Después de pedirme disculpas seguí mi camino con una sonrisa.

También hoy, mis alumnos de cinco años me llamaron guapa.


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