Es la primera vez en mi vida que puedo pensar en la posibilidad de tener un pequeño coche. Hasta ahora ni me lo había planteado porque en casa siempre hubo alguno que nos sirviese cuando lo necesitábamos. Y además, no nos gustaba cogerlo a la mínima de cambio, si era posible desplazarnos por otros medios como el transporte público. No dejaba de resultarme muy lógico que papá, por ejemplo, prefiriese caminar por la ciudad o para acudir al trabajo, puesto que el tráfico en Vigo es caótico, desmoralizante, lento y pesado hasta decir basta.
El primer coche que tuvimos en la familia fue un Diane 6 color rojo. Papá se sacó el permiso de conducir muy tarde, cuando nos desplazamos de la gran ciudad y desaparecieron de nuestro entorno el metro y los numerosos trenes de cercanías. Recuerdo de aquella época que cada domingo hacíamos una bonita excursión familiar por los alrededores y que, a falta de radio, contábamos historias e inventábamos canciones sintonizando un dial imaginario con la ruedecilla que en otro tiempo dejaba abrir las ventanas bipartitas traseras del modelo de Citroën. El Futingo, como llamábamos a aquel coche, era uno más en la familia y el mejor coche del mundo. En verano se llenaba de maletas y de niños para desplazarnos hasta el pueblo o la playa. Si viajábamos por la tarde, mamá siempre se aprovisionaba de pan con chocolate y suficiente agua para que no nos pusiésemos muy pesados. P. solía marearse con las curvas, evento que nos daba ocasión de parar un momento y salir a pasear, por ejemplo, entre un bosque de castaños.
Ahora quiero viajar en tu compañía a esos lugares a los que todavía no hemos podido ir de otro modo y a nuestro aire. Y quiero también descubrir rincones inéditos a nuestros ojos y acortar distancias entre mamá y nosotros, entre Galicia y Asturias, que, a pesar de estar tan cerca, parecen estar tan lejos...

He pensado que el nuevo Futingo podría ser el más pequeño de los Renault...




