El domingo salimos a pasear por la mañana. Los espacios de aire que habitualmente parecen transparentes entre los edificios, los árboles y las calles, estaban rellenos de humo blanco de niebla. Pocas veces había visto la ciudad tras esa lente. No había nadie a esas horas; tan sólo nosotros, como si el mundo hubiese quedado para los dos, inmenso como es. En el parque, soledad, humedad, colores vegetales diluidos, imposibilidad de divisar la lejanía. Como no hacía frío me inundó, por vez primera desde hace un año, una sensación de inminente primavera, de promesa inquebrantable de verde nuevo.
Nuestros pasos nos llevaron hasta el tumulto del rastro, único lugar con vida los domingos, y más tarde, a atravesar la ciudad vieja hasta la Foncalada, y decidir, al azar, quedarnos a comer en un restaurante desconocido que nos invitó a entrar nada más leída la carta colocada en un caballete sobre el pavimento intransitado de la calle. Me encantó además la idea de poder acompañar mi comida con buen vino godello de Valdeorras, topacio líquido, sabor que tantas veces he podido disfrutar a la mesa de nuestra casa en Petín. Sabor de fruta madura y fresca, goloso, sabor a verano y a campo, sabor de juventud, pleno y redondo.
Asturias no es un lugar conocido por el vino de uva, sino por el de manzana. Sin embargo es posible encontrar una extensa oferta de caldos para paladear con calma. La mayoría son tintos de la Ribera del Duero y de La Rioja. Los blancos que más abundan son los verdejos de Rueda y los albariños de las Rías Baixas. Pero por primera vez me topé por casualidad con un vino riquísimo elaborado en mi pueblo. Erebo es su nombre, y, a buen seguro, no procede del Caos, sino de buena materia prima madurada por el sol de la Galicia suroriental, suavizada por la lluvia y por el agua del Sil, aderezada con olivo, orégano, laurel, zarzamora, miel y castaño.
¡Salud!

