Herbario


martes, diciembre 13, 2005

II

Los primeros cuadernos escolares que recuerdo eran de aquéllos grapados con pastas blandas ilustradas con dibujos de Tom y Jerry, normalmente de doble pauta y tamaño cuartilla. Luego vinieron los A4, en general cuadriculados, con pasta de cartón monocolor impresa con algún logotipo que identificase la marca. El paso de los primeros a los segundos marcaba, no sólo la diferencia de tamaño entre las hojas de los cuadernos y sus respectivos grosores, sino también el ascenso de curso, de ciclo y nuestro propio crecimiento.

Ahora vuelvo a recuperar todo tipo de cuadernos y los voy adaptando a mis necesidades; los pequeños de pastas blandas los forro con papel adhesivo decorativo para que se vuelvan resistentes, impermeables y bonitos; los bloques de notas de colores que tienen tablas sobre las equivalencias del euro en el dorso, ésos que se suelen encontrar a muy buen precio en los bazares, acaban siendo pequeñas alhajas después de haber pasado un meticuloso proceso de encolado, costura y canteado que los convierte en piezas únicas personalizadas. Tengo preparadas muchas libretas de ese tipo, que he ido confeccionando estas últimas semanas, para regalar a mi gente en estas Fiestas.

No podría enumerar ahora mismo todos los cuadernos que nos hemos regalado. De entre ellos destacaría el de cubierta de tela salmón con espejuelos, donde guardabas fotos mías que ibas recibiendo en cartas, o el de seda verde rayado que te compré el año pasado. Y yo me lamento porque no sé dónde he podido dejar aquél otro de cubierta flexible, color desierto, el que me diste porque no dejaba de repetirte lo mucho que me gustaba.

Un día recibí como regalo de cumpleaños una Moleskine de encuadernación japonesa. Sentiste tal envidia que mi cuaderno peligraba seriamente si lo tenías cerca. Pero un buen día alguien te envió uno de ésos desde Levante y no pudiste ocultar tu felicidad. También hemos tenido Miquelrius de cartoné jaspeado, algunos Clairefontaine de cuadros de colores, y otros muchos que no hemos sabido de qué manos delicadas procedían.

Los estantes de las papelerías aguardan a que nuestros ojos descubran más pliegos enredados en cubiertas que anuncien posibles tesoros venideros.


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domingo, diciembre 11, 2005

Nuevos nombres para cosas viejas I

Los cuadernos existen desde no se sabe cuándo, sospecho que desde el inicio de las civilizaciones, en cuanto el hombre pudo reunir varios elementos en los que escribía para formar un conjunto con características más o menos comunes. Supongo también que lo del papel, tal y como ahora lo entendemos, vino después, aunque seguro que en la lejana cultura china ya utilizaban finos pliegos reunidos en un cordón o algo semejante. Del mismo modo, así como temprana fue la invención del cuaderno o libreta, temprano fue el término para nombrarlo en las diferentes culturas.

Sin embargo a veces me parece que hayamos, de repente, vuelto a descubrir la pólvora, una nueva manera de comunicarnos, de pedir las cosas con otros nombres que nos son o nos eran ajenos hasta habernos dado de narices con algo que nos propone, en un letrero muy atractivo, con buen diseño y a todo color, un nombre alternativo al ya conocido y tantas veces utilizado.

Hace unas semanas entré en la librería más conocida de la ciudad. Tan sólo unos metros en línea recta desde la puerta se podía ver con claridad un expositor giratorio con los nuevos calendarios para el 2006 y, junto a él, otro con unos cuadernos preciosos de portadas grabadas con filigrana, con reproducciones de escritos con hermosa caligrafía, delicadas ilustraciones salidas de la mano de algún artista antiguo de oriente o de occidente, con vidrieras o gemas que parecían incrustadas en una especie de técnica semejante al repujado, elaborados todos con buenos materiales, cerrados con solapa de sobre o atados con cordoncillo. Por dentro adoptaban forma de diario, agenda de teléfonos o, simplemente, albergaban una cantidad suficiente de páginas en blanco. Dichos cuadernos se daban a conocer como blank books. Y no es la primera vez que veo el mismo término acompañando la misma realidad. Me pregunto si alguna gente los pedirá de ese modo en las papelerías. Me pregunto si el nuevo término, a oídos nuestros, se reserva al cuaderno con un matiz añadido que denota lujo, frente a lo que supone el cuaderno escolar, por poner un ejemplo.

Siempre he utilizado cuadernos, grandes o pequeños, sencillos o lujosos, cuadriculados, rayados, en blanco o en color pastel, con cubierta de papel, cartón o tela, con cierre o sin cierre, de factura en serie o artesanales. Siempre he regalado cuadernos y me los han regalado. Siempre he llevado cuadernos a la escuela, al instituto, a la facultad. Ahora utilizo uno para el trabajo donde quedan escritos todos los apuntes, ideas, propuestas y ocurrencias que marcan el itinerario de mis clases, otros para apuntar y dibujar impresiones que recojo de los viajes o de lo cotidiano, algunos más para direcciones y teléfonos, algún otro que se convertirá en una amalgama encolada de entradas de cine, fotografías, billetes de metro y autobús, sobres de azúcar, líneas de partitura, recortes de papel de regalo y envoltorios de bombones, mezclados con alfileres y cintas, trazos de tinta que indican fechas, reflejan poemas o dibujan mensajes en clave.


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