IILos primeros cuadernos escolares que recuerdo eran de aquéllos grapados con pastas blandas ilustradas con dibujos de Tom y Jerry, normalmente de doble pauta y tamaño cuartilla. Luego vinieron los A4, en general cuadriculados, con pasta de cartón monocolor impresa con algún logotipo que identificase la marca. El paso de los primeros a los segundos marcaba, no sólo la diferencia de tamaño entre las hojas de los cuadernos y sus respectivos grosores, sino también el ascenso de curso, de ciclo y nuestro propio crecimiento.
Ahora vuelvo a recuperar todo tipo de cuadernos y los voy adaptando a mis necesidades; los pequeños de pastas blandas los forro con papel adhesivo decorativo para que se vuelvan resistentes, impermeables y bonitos; los bloques de notas de colores que tienen tablas sobre las equivalencias del euro en el dorso, ésos que se suelen encontrar a muy buen precio en los bazares, acaban siendo pequeñas alhajas después de haber pasado un meticuloso proceso de encolado, costura y canteado que los convierte en piezas únicas personalizadas. Tengo preparadas muchas libretas de ese tipo, que he ido confeccionando estas últimas semanas, para regalar a mi gente en estas Fiestas.
No podría enumerar ahora mismo todos los cuadernos que nos hemos regalado. De entre ellos destacaría el de cubierta de tela salmón con espejuelos, donde guardabas fotos mías que ibas recibiendo en cartas, o el de seda verde rayado que te compré el año pasado. Y yo me lamento porque no sé dónde he podido dejar aquél otro de cubierta flexible, color desierto, el que me diste porque no dejaba de repetirte lo mucho que me gustaba.
Un día recibí como regalo de cumpleaños una Moleskine de encuadernación japonesa. Sentiste tal envidia que mi cuaderno peligraba seriamente si lo tenías cerca. Pero un buen día alguien te envió uno de ésos desde Levante y no pudiste ocultar tu felicidad. También hemos tenido Miquelrius de cartoné jaspeado, algunos Clairefontaine de cuadros de colores, y otros muchos que no hemos sabido de qué manos delicadas procedían.
Los estantes de las papelerías aguardan a que nuestros ojos descubran más pliegos enredados en cubiertas que anuncien posibles tesoros venideros.

