
Hace ya mucho tiempo que padezco migraña. Cuando sucedió el primer ataque que recuerdo, -y quizás no era ya el primero de todos-, tenía tres o cuatro años. Era por la tarde, a esa hora imprecisa en que se junta el final de la merienda con la oscuridad de los días cortos de otoño. No quería comer nada, por mucho que mis hermanos correteasen por la casa en busca de algo que llevarse a la boca. Me fui a la habitación a aliviar un malestar interno que había surgido como de la nada, una extrañeza inexplicable, venida de no sabía dónde, cuando todavía no era siquiera consciente de lo que albergaba mi pequeño cuerpo. En el dormitorio busqué mi cama; un deseo casi instintivo me obligaba a quedarme inmóvil, a oscuras y en silencio. Me quedé dormida durante mucho tiempo. Creo que me incorporé al día siguiente por la tarde, completamente recuperada, como si volviese a comenzar de nuevo mi corta vida hasta entonces.
Mamá y papá no se extrañaron, me dejaron hacer, o, mejor dicho, dejaron que el tiempo, el sueño y la calma me columpiasen en un vaivén tranquilizador hasta bien pasada la tormenta. Papá sufría a menudo de lo mismo. Algunos días no podía asistir al trabajo a causa del dolor.
J., el menor de los hermanos, también padece migraña.
Hace unos días sobrevino un nuevo ataque. También se produjo nada más acabada la merienda. Comenzó como si alguien me pellizcase un ojo desde atrás y enseguida el pellizco se convirtió en una punzada más aguda, y la punzada se extendió a toda la parte izquierda de mi cabeza. De nuevo busqué el refugio de mi cama, la noche de mi habitación. Me quedé dormida durante poco tiempo. El dolor intenso me despertó al fin como si se supiese ganador de la batalla. Al incorporarme mi estómago se sintió tan inseguro como un cuerpo no acostumbrado sobre la cubierta de un barco en mar abierto. Vomité todo lo que llevaba dentro, me vacié como en un grito, por fin cesó el dolor y con el bienestar llegó el sosiego.




