Herbario


lunes, noviembre 28, 2005


Hace ya mucho tiempo que padezco migraña. Cuando sucedió el primer ataque que recuerdo, -y quizás no era ya el primero de todos-, tenía tres o cuatro años. Era por la tarde, a esa hora imprecisa en que se junta el final de la merienda con la oscuridad de los días cortos de otoño. No quería comer nada, por mucho que mis hermanos correteasen por la casa en busca de algo que llevarse a la boca. Me fui a la habitación a aliviar un malestar interno que había surgido como de la nada, una extrañeza inexplicable, venida de no sabía dónde, cuando todavía no era siquiera consciente de lo que albergaba mi pequeño cuerpo. En el dormitorio busqué mi cama; un deseo casi instintivo me obligaba a quedarme inmóvil, a oscuras y en silencio. Me quedé dormida durante mucho tiempo. Creo que me incorporé al día siguiente por la tarde, completamente recuperada, como si volviese a comenzar de nuevo mi corta vida hasta entonces.

Mamá y papá no se extrañaron, me dejaron hacer, o, mejor dicho, dejaron que el tiempo, el sueño y la calma me columpiasen en un vaivén tranquilizador hasta bien pasada la tormenta. Papá sufría a menudo de lo mismo. Algunos días no podía asistir al trabajo a causa del dolor.

J., el menor de los hermanos, también padece migraña.

Hace unos días sobrevino un nuevo ataque. También se produjo nada más acabada la merienda. Comenzó como si alguien me pellizcase un ojo desde atrás y enseguida el pellizco se convirtió en una punzada más aguda, y la punzada se extendió a toda la parte izquierda de mi cabeza. De nuevo busqué el refugio de mi cama, la noche de mi habitación. Me quedé dormida durante poco tiempo. El dolor intenso me despertó al fin como si se supiese ganador de la batalla. Al incorporarme mi estómago se sintió tan inseguro como un cuerpo no acostumbrado sobre la cubierta de un barco en mar abierto. Vomité todo lo que llevaba dentro, me vacié como en un grito, por fin cesó el dolor y con el bienestar llegó el sosiego.


-ooOoo-

domingo, noviembre 20, 2005

Cóctel

Nos gustaba buscar a menudo parecidos entre algunas personas anónimas y caras famosas del cine, de la ciencia, de las letras, del deporte, de la televisión. A primera vista uno de nosotros se fijaba en alguien que le llamaba poderosamente la atención y enseguida preguntaba a los demás si les "sonaba". Se trataba de acertar a quién podía parecerse y de si la apreciación no se limitaba al ámbito individual de lo subjetivo. Era necesario conjugar no pocas habilidades, como la memoria y la capacidad de un fisonomista, por mucho que el sujeto en cuestión apareciese camuflado en un entorno o en un atuendo que no nos pareciese pertenecerle . En ocasiones había consenso; otras veces éramos incapaces de ponernos de acuerdo.

A aquel juego lo llamábamos "buscar a alguien que sea de ésos" y el divertimento podía llevarnos a agotar horas ante la pantalla del televisor o ante las páginas de algún suplemento dominical. A veces el asunto se complicaba, ya que en una misma persona podíamos encontrar múltiples parecidos. Decíamos: "es un cruce de..." y nos moríamos de risa con el resultado, o nos quedábamos sumamente pensativos buscando un nombre, extraído de una vaga imagen mental todavía no reconocida, que se quedaba atrancado en la punta de la lengua. Hemos conseguido establecer amalgamas de hasta siete parecidos en una sola persona?

Hace unos años oí hablar a la cantante Martirio en una entrevista de su afición por encontrar lo que ella llamaba "cabidas" en las personas. Me di cuenta de que no éramos los únicos que nos divertíamos con tal cosa. Es más, de un tiempo a esta parte se ha puesto de moda el tema en programas de televisión de relleno y en páginas de la red con dedicación exclusiva.

Lo más emocionante es cuando a uno mismo alguien le encuentra parecidos. Podemos llegar a sorprendernos mucho con el resultado de nuestro propio cóctel, ignorado hasta que sale a la luz, mejor si es por boca de alguien cercano que conozca hasta el más recóndito gesto o contracción muscular.

De ese modo, según tus observaciones, resulta que yo misma soy el resultado de una ecuación que conjuga a Anouk Aimée como factor predominante, el rasgo más bien psicológico de la dulzura de Teresa Wright, el peinado y contorno de cara de Jean Seberg en À bout de Souffle y las curvas rotundas de Sophia Loren. ¡Vaya, creo que no me puedo quejar!








-ooOoo-

jueves, noviembre 10, 2005

Arrepentimiento

Uno de los niños a los que doy clases de dibujo y pintura es un pequeño diablillo que acostumbra, sólo por sus propios méritos, a tenerme toda la clase revolucionada. Lo conozco ya desde el curso pasado y, afortunadamente, su mal comportamiento no se corresponde en absoluto con su talento para la plástica. Es más, es uno de los niños, o quizás es "el" niño de cinco años con más talento, sentido de la perspectiva y del color de cuantos he tenido hasta ahora como alumnos.

El año pasado ya se llevó una reprimenda nada más comenzadas las clases: no traía su propio material, hablaba a voz en grito, no seguía la disciplina de la clase, se levantaba cuando quería, no respetaba a sus compañeros y en ocasiones no tenía reparos en ensuciar con garabatos los trabajos de los demás o en propinarles, directamente, algún tortazo.

Ahora, que tiene un año más de experiencia vital, ha conseguido, por sí mismo, como en un acuerdo tácito con no sé quién, sentarse en el mismo lugar, como si estuviera asignado para él, aún no siendo de ese modo por mi parte. Pero sigue desplazándose a todo correr por pasillos y escaleras, elevando la voz en clase sabiéndose líder desde siempre reconocido por el resto, empujando las puertas de las aulas como un ariete y haciendo lo que le viene en gana.

Ayer me negué a explicar los rudimentos de la teoría del color hasta que no se oyese ni una mosca en la clase. El último en callarse siempre era él. Se sentían atraídos y completamente ansiosos por saber de un experimento cromático que había ideado en casa con toda mi ilusión, y sentían una rabia indecible al verme estática y callada, esperando a que se apaciguasen los ánimos. Una vez todo en orden la clase transcurrió como una seda, hasta el punto de que incluso pude sentarme ante mi mesa a repasar la lista. Justo un instante después veo a A. (él) girando el picaporte de la puerta y le pregunto por qué lo hace, si todavía no es hora de salir. Y comienza a gimotear, y dice que se aburre y que quisiera que la clase fuese en el aula del año pasado, para no tener que subir tantas escaleras, y que está cansado de que le riñan y... (y acercándolo a mí en un abrazo alrededor de sus pequeños hombros, queriendo escuchar más de cerca lo que quiere decirme y poder consolarlo con mis palabras en un susurro)... expresando su rabia por no saber contenerse ante las situaciones cotidianas que requieren cierta disciplina: "R., (ésa soy yo) es que, es que? yo no quiero portarme mal, no quiero". Entonces yo le digo cariñosamente que portarse bien es posible y le pregunto si acaso no se da cuenta de que es uno de los niños que conozco que mejor dibujan y que eso me encanta de él. Así que lo invito a volver a su sitio y lo acompaño, ya sin lágrimas en los ojos, y me agacho hasta su altura y le pido un beso de reconciliación que me da de buena gana y que correspondo yo con otro en su mejilla llena, tersa, como de carne de albaricoque rosado.


-ooOoo-

miércoles, noviembre 09, 2005


Por primera vez se me ofrece la oportunidad de enseñar lenguaje musical y flauta. Daré clases todos los sábados por la mañana. Estoy encantada con esto, ya que es una buena manera de reconciliarme con la música. Hace ahora tantos años como los que tenía cuando la dejé un poco arrinconada por otros intereses más "perentorios", en opinión de la familia. Después de haber estudiado cinco años de solfeo, dos de canto coral y aprender lo necesario en la travesera como para interpretar piezas a un nivel intermedio, el nuevo curso de armonía analítica en el que acababa de inscribirme y la cara de vinagre de la profesora, hicieron que me decantase definitivamente por dedicarme a mi bachillerato de ciencias, lo cual pareció, a todas luces, ser lo más cabal. Seguía teniendo ocasión de acudir a clases particulares de piano gratuitas con una maestra de aquel colegio fundado en el 17 en un barrio pobre con la fortuna de un indiano retornado. Pero mis progresos se ceñían a la duración de una clase semanal en un teclado desportillado, sin posibilidad de ensayar en casa por falta de instrumento y espacio físico donde colocarlo. De todos modos, mi ilusión y mi agradecimiento a las clases recibidas me llevaron a poder interpretar, no muy desastrosamente, una bonita serenata de Haydn.

Ahora me veo entretenida durante horas buscando partituras de piezas que me gusta escuchar y que quiero poder llegar a interpretar, en espera de que los alumnos consigan también el nivel adecuado para alcanzar el sonido, creado por ellos mismos, de esas maravillas.

Enseñar, sin duda alguna, es una buena manera de volver a aprender.


-ooOoo-

martes, noviembre 01, 2005

No es posible saber si hoy la gente estará más pendiente del nacimiento de la Infanta Leonor que del Día de Santos y Difuntos; se mezclan por todas partes regalos de canastillas, peladillas y peluches en colores pastel con macizos de crisantemos para honrar a los muertos.

Yo he decidido no colaborar en ninguno de los dos eventos. Si nadie me hubiese hecho saber que los príncipes de Asturias han sido padres, me daría lo mismo que ignorar la venida al mundo de tantos niños a diario. Por otra parte, sólo el hecho de tener que estar en mi pueblo acompañando a mamá, me habría llevado a una larga visita al cementerio, con misa vespertina incluida y con comentarios más o menos halaguëños de las viejas hacia nosotros y cualquiera que fuese nuestra actitud. Pero este año me quedo aquí, mientras el resto de la gente "celebra" la pérdida de sus seres queridos que creen en el cielo, descansando en nubes blandas y teniendo amenas tertulias con San Pedro, observando a ver quién llega por si es un conocido.

Sin embargo estaría con mamá simplemente, y no de mala gana, para ofrecerle mi compañía, lo mismo que con otros amigos que no vemos desde el verano. Pero mañana hay que trabajar y las comunicaciones en transporte colectivo entre Asturias y Galicia o Galicia y Asturias, tanto monta, monta tanto, no me permitirían llegar a tiempo a la hora del trabajo.

Tan sólo soy consciente de la celebración de este día desde hace poco más de dos años, ahora que papá reposa eternamente frente al río. De otro modo el espacio de un cementerio me era casi tan ajeno como un lugar desconocido. El desarraigo de una familia nómada no me ha permitido saber dónde están enterrados los abuelos paternos, ni los tíos, ni otros parientes. Sólo allí, frente al río, sé que junto a papá están los abuelos maternos y el tío Luis, muertos todos en un período relativamente corto en el tiempo. El único recuerdo que persiste en mi memoria es el misterioso, y no menos triste y amedrentador, resplandor vacilante de la luz de una vela envuelta en un recipiente color rojo caramelo en el techo de nuestra cocina a oscuras, durante todo el día y la noche, mientras el horno exhala todavía el calor que desprendieron las dulcísimos castañas asadas, sobre la mesa quedaron los últimos panellets del postre y fuera hace ya frío.

A menudo sueño con papá y los abuelos. Todos están vivos. El abuelo guarda celosamente en una pequeña caja la calderilla para apostar en la partida nocturna de tute. La abuela sisa algunas monedas para que nos compremos caramelos. Papá llega de pasear y deja sus gafas de sol sobre la mesa; trae una cesta repleta de higos cuello de dama. Nosotros nos ponemos a discutir sobre los nombres de los participantes en Los autos locos. Y la casa es aquélla donde las moscas caminaban boca abajo por el techo, arrimándose a la bombilla encendida, la de las tablas de madera sin tratar del suelo, la de las puertas y ventanas color añil, la de los balconcillos de caracoles y corazones de forja, la de la niñez, la del pasado.


-ooOoo-