Mamá me decía que tiene mucho trabajo y muy duro esta temporada, que la planta está llena de gente muy enferma. Me lo decía con mucha lástima, como si lo que hubiese que hacer sobrepasase los contornos de la realidad y ya no estuviese en sus generosas manos de mortal. Me habló sobre todo de dos casos tremendos, ambos en gente joven. Un hombre de cuarenta años que tiene una cirrosis muy avanzada y un volumen de vientre del tamaño de un balón grande de playa, lo está pasando muy mal porque pretende negar a toda costa lo que le pasa y lo refleja con una gran agresividad a quien se le acerca, aunque sea para cuidarlo. Tiene muchas ganas de vivir, otra cosa es que pueda hacerlo por mucho tiempo... El otro caso era de una niña que se había tragado un huesecillo de pollo al comer, con la mala suerte de que se le quedó clavado en el instestino delgado. Cuando llegó a la planta de cirugía ya había pasado por estar más de un mes en la unidad de cuidados intensivos siendo tratada por medicina interna. Los cirujanos se arriesgaron a operarla y mamá fue una de sus enfermeras. Pasaron ambas noches fatales entre vómitos de sangre y otras circunstancias no menos penosas.
Mamá volvió a hablarme de aquella niña. Resulta que después de muchos días de difícil convalecencia, una mañana vio en sus datos su dirección y se dio cuenta de que vivía en el mismo barrio donde todos los hermanos fuimos al colegio. Y preguntándole algo, la niña le dijo que ella también había estudiado en las mismas aulas que nosotros. La niña de la que hablaba mamá es de mi edad y había sido compañera de clase. De lo que ya no me acordaba es de que las dos fuimos en una ocasión delegadas en el consejo escolar. I. le habló de mí a mamá, le contó cosas que yo apenas recordaba. A I. se le daban muy bien las matemáticas y la gimnasia. A mí, la lengua y el dibujo. Volvimos a vernos en un festival de fin de curso cuando ambas teníamos quince años. Los niños más mayores nos miraban con interés mientras hablábamos de nuestras cosas y paseábamos por el patio. Y luego ya no había vuelto a saber nada de ella hasta ahora.
Mamá, que me había contado con muchísimo pesar -cuando todavía no sabía yo que se trataba de I.- que no daba ninguna garantía de vida para aquella chica, tan grave había estado, me dijo que el otro día se marchó de alta a su casa.
Mamá volvió a hablarme de aquella niña. Resulta que después de muchos días de difícil convalecencia, una mañana vio en sus datos su dirección y se dio cuenta de que vivía en el mismo barrio donde todos los hermanos fuimos al colegio. Y preguntándole algo, la niña le dijo que ella también había estudiado en las mismas aulas que nosotros. La niña de la que hablaba mamá es de mi edad y había sido compañera de clase. De lo que ya no me acordaba es de que las dos fuimos en una ocasión delegadas en el consejo escolar. I. le habló de mí a mamá, le contó cosas que yo apenas recordaba. A I. se le daban muy bien las matemáticas y la gimnasia. A mí, la lengua y el dibujo. Volvimos a vernos en un festival de fin de curso cuando ambas teníamos quince años. Los niños más mayores nos miraban con interés mientras hablábamos de nuestras cosas y paseábamos por el patio. Y luego ya no había vuelto a saber nada de ella hasta ahora.
Mamá, que me había contado con muchísimo pesar -cuando todavía no sabía yo que se trataba de I.- que no daba ninguna garantía de vida para aquella chica, tan grave había estado, me dijo que el otro día se marchó de alta a su casa.

