Herbario


domingo, octubre 16, 2005

Mamá me decía que tiene mucho trabajo y muy duro esta temporada, que la planta está llena de gente muy enferma. Me lo decía con mucha lástima, como si lo que hubiese que hacer sobrepasase los contornos de la realidad y ya no estuviese en sus generosas manos de mortal. Me habló sobre todo de dos casos tremendos, ambos en gente joven. Un hombre de cuarenta años que tiene una cirrosis muy avanzada y un volumen de vientre del tamaño de un balón grande de playa, lo está pasando muy mal porque pretende negar a toda costa lo que le pasa y lo refleja con una gran agresividad a quien se le acerca, aunque sea para cuidarlo. Tiene muchas ganas de vivir, otra cosa es que pueda hacerlo por mucho tiempo... El otro caso era de una niña que se había tragado un huesecillo de pollo al comer, con la mala suerte de que se le quedó clavado en el instestino delgado. Cuando llegó a la planta de cirugía ya había pasado por estar más de un mes en la unidad de cuidados intensivos siendo tratada por medicina interna. Los cirujanos se arriesgaron a operarla y mamá fue una de sus enfermeras. Pasaron ambas noches fatales entre vómitos de sangre y otras circunstancias no menos penosas.

Mamá volvió a hablarme de aquella niña. Resulta que después de muchos días de difícil convalecencia, una mañana vio en sus datos su dirección y se dio cuenta de que vivía en el mismo barrio donde todos los hermanos fuimos al colegio. Y preguntándole algo, la niña le dijo que ella también había estudiado en las mismas aulas que nosotros. La niña de la que hablaba mamá es de mi edad y había sido compañera de clase. De lo que ya no me acordaba es de que las dos fuimos en una ocasión delegadas en el consejo escolar. I. le habló de mí a mamá, le contó cosas que yo apenas recordaba. A I. se le daban muy bien las matemáticas y la gimnasia. A mí, la lengua y el dibujo. Volvimos a vernos en un festival de fin de curso cuando ambas teníamos quince años. Los niños más mayores nos miraban con interés mientras hablábamos de nuestras cosas y paseábamos por el patio. Y luego ya no había vuelto a saber nada de ella hasta ahora.

Mamá, que me había contado con muchísimo pesar -cuando todavía no sabía yo que se trataba de I.- que no daba ninguna garantía de vida para aquella chica, tan grave había estado, me dijo que el otro día se marchó de alta a su casa.


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jueves, octubre 13, 2005

Estos últimos días de calmachicha han traído consigo el clima perfecto para que se desarrolle en el ambiente el caldo de cultivo de los primeros resfriados. Ayer empecé a sentir los efectos de mi primer catarro otoñal: la nariz con el molesto goteo semejante al de un grifo que hay que reparar y que nos acaba con la paciencia, los estornudos, la sed constante que produce la deshidratación, la sequedad de garganta y el picor, la delicada piel del rostro descamada a fuerza de usar tanto el pañuelo, por suave que sea. Y por mucho que huela a miel, a menta o a flores amarillas, se puede comprobar que el olfato se ha marchado de paseo y que, en el mejor de los casos, alguna de las fosas nasales puede llevar a cabo el acto automático de respirar.

Ayer fue día festivo pero dejé las clases de hoy preparadas por la noche, ya muy tarde, mientras tú alcanzabas el segundo o el tercer sueño. Durante el día me sentí con una pesadez de ojos y unas molestias de tos, estornudos y escalofríos, que no me permitieron concentrarme como yo quería. Pero me pareció agradable quedarme en casa, ante una taza con algo humeante y rico, con los calcetines nuevos acanalados, color café con leche, gruesos, cálidos, suaves, esponjosos, calados hasta la mitad de la pantorrilla. Me gusta, del mismo modo, que me dejes abrigarme con tu bata, perfumado el cuello siempre con la lavanda que cuelga del perchero donde tienes algunas de tus prendas. Terminé el libro que estaba leyendo disfruté de un final con sabor a mar de Polinesia. De nuevo volveré con placer al gran volumen de Chejov que había dejado interrumpido.

La pasada noche no dormí bien. Entre períodos cortos de sueño me desvelaba el sonido de la lluvia estrellándose con fuerza contra la ventana. Me costaba respirar. La lluvia no cesó ni un instante. Al amanecer recordé que en algún informativo de madrugada escuché que advertían sobre fuertes precipitaciones en algunos lugares del norte. No se equivocaban. Tengo un día completo de clases. Para dar una de ellas debo salir. Paraguas, abrigo y paciencia. Al volver a casa me encantará, como si nunca lo hubiera hecho antes, sacarme los zapatos mojados y merendar contigo un poco de chocolate caliente con bizcochos.


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lunes, octubre 10, 2005


... son los pies


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viernes, octubre 07, 2005

En general, me gustan mucho, excepto si es imposible establecer una convivencia con ellos, por motivos evidentemente desagradables, lo mismo que una boca que en un principio nos parece deseable para besar y al acercarnos nos repele su mal aliento.

Los hay enormes, grandes, medianos, pequeños y diminutos; tiernos, blanditos y endurecidos; peludos y tersos; blancos, rosados, con marcas de bronce, color chocolate o ébano; fusiformes, trapezoidales, asimétricos, tendinosos, huesudos; miserables, lujosos, desnudos, envueltos, misteriosos, descarados; jóvenes y viejos; nómadas y sedentarios; amantes del frío o del calor, del césped o la arena, del agua de mar o de los cantos rodados, de las sábanas de algodón, de la madera, de la lana tejida y de la manta, de la cama elástica; hedientes o perfumados; sucios y limpios; de él o de ella...


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domingo, octubre 02, 2005

Sí que está bien tener ilusiones, cómo no, pero... Las palabras de mi madre recibidas a través del teléfono la otra tarde me llevaron a pensar que la vida, puesto que estamos seguros de que es al menos una y de propiedad exclusivamente individual, debería vivirse en su transcurso y no pensando en un futuro que sabemos que jamás ha existido, como queriendo otorgarle al tiempo que todavía no nos pertenece el valor de un refugio que en realidad reconocemos, muy a nuestro pesar, como incierto. Mamá y yo hablamos del trabajo. Le conté que este curso trabajaría de nuevo en el mismo colegio del curso pasado dando clases de pintura a niños y que, ya desde agosto, tengo alumnos que acuden a las clases de francés, español y gallego que imparto junto a la ventana del salón de casa. Después de decirme que se alegraba por mí porque siempre había sido emprendedora y valiente, porque el esfuerzo siempre da sus frutos, no sin cierto tonillo de amargura añadió que me convenía un empleo estable con cotizaciones fijas y en la medida de lo posible abundantes, ya que de tal manera tendría un futuro asegurado por una pensión de la Seguridad Social que impediría que acabase mis días como una vieja miserable. O eso, o, de trabajar por cuenta propia, hacerme un fondo de pensiones "como Dios manda".

Me gusta mucho mi trabajo y me satisface. Estaría ejerciéndolo toda la vida, mientras funcionen correctamente mi cabeza, mi memoria y mi voz. No gano fortunas ni mucho menos, pero tengo un tejado que me resguarda, comida a diario, ropa con la que vestirme, compañía y hasta algún que otro capricho. Lo que yo creía una burbuja maravillosa compuesta por mi mundo y mi vida entera pretenden reventármela desde algún lado creando la ilusión de que el futuro siempre puede ser mejor, a cambio de ciertas cosas, entre ellas y sobre ellas, el sacrificio del presente, de mi presente. Y al colgar el auricular resonaron en mi mente las últimas palabras de mamá: "ya sé que eres muy joven, pero estas cosas hay que ir pensándoselas" A mí me lo decía, a mí que tanto me ha costado volver a saber del día a día cuando, en la peor época de mi vida, durante la larguísima enfermedad de papá, no sabía si al despertar lo que me rodeaba era realidad o pesadilla.

Luego, hablando contigo, descubrimos que el modelo ideal de la mayoría llega a los extremos de desear con avidez tener vivienda propia cuando tengan edad de jubilarse, si llegan hasta allí con salud e ilusión, y, en otro ámbito mucho más amplio, asegurarse el descanso eterno, a través de pequeñas cuotas, en una cabidad amohadillada chapada de falso caoba en un hueco de hormigón con unas coordenadas en algún lugar del mundo y del tiempo.

¡Pues vaya!


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