Era realmente un barrio muy distinguido. Las calles eran muy anchas, estaban muy limpias y casi desiertas. En los jardines, detrás de los muros y de las rejas de hierro, árboles seculares alzaban al cielo sus copas. Las casas, en los jardines, eran por lo general edificios alargados, chatos, de hormigón y cristal. El césped afeitado delante de las casas era jugoso e invitaba a dar volteretas en él. Pero por ningún lado de veía pasear a nadie por los jardines ni jugar en el césped. Puede que sus habitantes no tuvieran tiempo.
De niña no leí los libros que ahora estoy leyendo con avidez por los descubrimientos que me proporcionan las grandes obras de la literatura infantil y juvenil. En Momo, de Michael Ende, no sólo he descubierto una prosa sencilla, flexible y bien construida, sino también una sesuda reflexión sobre la vida y la muerte, la amistad, la infancia, la adultez y la vejez, el mundo, el dinero y el tiempo.
De niña no leí los libros que ahora estoy leyendo con avidez por los descubrimientos que me proporcionan las grandes obras de la literatura infantil y juvenil. En Momo, de Michael Ende, no sólo he descubierto una prosa sencilla, flexible y bien construida, sino también una sesuda reflexión sobre la vida y la muerte, la amistad, la infancia, la adultez y la vejez, el mundo, el dinero y el tiempo.

