Herbario


lunes, agosto 29, 2005

Hoy he cumplido treinta y un años. Me levanté temprano, cuando la luz apenas asomaba tras las cortinas más tupidas de la ventana del dormitorio. Tenía que dar una clase a primera hora de la mañana. No tenía sueño y sonreía. Sí, era el día de mi cumpleaños. Me abrazaste y me besaste unas cuantas veces. Hubiese deseado levantarme a desayunar contigo y luego volver a la cama y dormir toda la mañana entre tus brazos. Pero corrí a darme un baño de frutas, y enseguida, casi sin darme cuenta, ya estaba explicando la gramática.

Recibí felicitaciones durante toda la mañana y me sentí plena y alegre. Agradecí de corazón todas las muestras de cariño. Mamá, sin embargo, me llamó por la tarde; siempre suele decirme que nací hacia las 5:00, a la hora del té o de la merienda. Comenzaba a llover sobre la ciudad de piedra y río, y el agua se llevaba consigo, hasta el próximo año, el intenso calor del verano. No he sabido nada de mis hermanos. A veces pienso con amargura que quizás ya no existan, que quizás hayan sido una imaginación de mi infancia.

Merienda en la chocolatería y charla entre amigos después de las vacaciones. Quedan regalos y dulces sobre la mesa de casa y hay velas de té y aceite de azahar para encender cuando los pájaros callen y la noche vuelva. Un día más en mi vida. Felicidades y gratitud.


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sábado, agosto 27, 2005


He empezado a trabajar esta semana de agosto, tiempo en que las uvas, todavía sin recoger, empiezan a soltar el dulce lastre de sus cuerpos sobre los caminos de tierra y las zarzamoras comienzan a mostrar sus deseados frutos negros. Hace muy poco eran las brevas las que se caían de maduras sobre las mesas del patio del pueblo al que solíamos ir a tomar refrescos cuando estaba próxima la caída del sol. Como ya tengo alumnos que acuden a mis clases, el cielo es gris estos días y las noches son cada vez más largas, me parece que todo ha cambiado de repente, las vacaciones estivales se han terminado y muy pronto volverá la lluvia y hará frío de nuevo. Sin embargo no olvido que dentro de dos días será mi cumpleaños y que nací en verano y que por eso de niña nunca pude repartir caramelos a mis compañeros de clase en el colegio.

Pocos pintores han sabido pintar los frutos maduros como Luis Meléndez. En el Museo de Bellas Artes de Asturias, al que llevamos a M. como visita de excepción, está expuesta parte de su obra, perteneciente a una colección permanente de una exquisitez que muy pocos conocen. Los bodegones de Meléndez que están en el museo nos han hecho, más de una vez, quedarnos clavados ante ellos, sentados en los asientos de descanso de una gran sala solitaria a la que a veces se asoman, si nos demoramos más de lo que pudiera esperarse de alguien que mira los cuadros, los impertinentes y aburridos guardias de seguridad. Jamás hemos superado la línea que nos separa de ellos, aunque yo desearía tocar los lienzos con mis manos, saber de alguna rugosidad posible bajo el último baño de barniz brillante, como si el pintor ante una obra muy querida quisiera resguadar del mundo y del tiempo la lozanía y esplendor, la dulzura misma y la carnosidad de los frutos que pinta, y el fulgor de los objetos que los acompañan, en claro contraste con un fondo oscurísimo.


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Hubiésemos querido que M. se quedase con nosotros, si no toda la vida, un año entero, para poder disfrutar una y otra vez del momento de la noche en que, alrededor de una vela encendida, el aire del verano se llenaba de palabras.


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jueves, agosto 25, 2005

Al volver de Madrid pasamos unos días en Petín y vimos a mamá, a O. y a otros amigos. Nos esperaban, como siempre, con los brazos abiertos. Como había fiesta en el pueblo, música a todas horas y mucha gente llenando todo el espacio de las calles adyacentes a la nuestra, parecía como si nosotros estuviésemos de más y preferimos pasar alguna tarde alejados del contorno de la plaza, paseando hasta la caída del sol por el nuevo malecón al pie del pantano y observando, a veces en silencio, a los patos, a las grullas y los círculos que dejan los peces en la superficie del agua al subir a respirar. Por la noche solíamos ir a un pueblo mayor donde a ciertas horas, cuando el calor baja y permite regresar a casa, ya no había nadie, apenas dos o tres personas en el bar que cierra el último, donde siempre ponen buena música de blues, y allí nos quedábamos hablando mucho tiempo, como si nunca hubiésemos tenido la oportunidad de contarle nada a nadie, mientras sobre la mesa que se dispuso de lado a lado los botellines de cerveza se confundían y entrelazaban sus cercos húmedos sobre logotipos de propaganda.

O. nos hablaba de filósofos alegres y de viajes; F. nos enseñó su pequeña colección de máquinas curiosas y sus guitarras; M. nos contaba cómo era Amsterdam...

Me alegró ver que mamá está bien. Se alegró ella de que celebrásemos su cumpleaños todos juntos. Le regalé un pequeño joyero forrado de seda china dorada con damasco de crisantemos de colores.
Pasamos muy buenos momentos en el patio de la higuera tomando refrescos fríos. Una señora me pidió que le arreglase un marco de más de cien años. Terminaron las fiestas y volvimos a casa una vez más.


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