Herbario


lunes, julio 18, 2005

II

El Retiro es un espacio hermoso y amplio, necesario para Madrid. Caminamos toda la tarde entre las sombras recortadas de los árboles. Algunas hojas parecían papeles con los bordes chamuscados y los caminos crujían secos bajo nuestros pies. Frente al estanque de las barcas todavía quedan algunas mujeres descuidadas que leen las manos de los incautos. El mantelillo azul de poliéster de una mesa donde reposaban unas manos rechonchas, cartas y flores rosadas de plástico reunidas en un jarrón, se movía con la brisa. Helados y refrescos se despachaban entre la sonoridad de otros acentos. Bajaba el sol y la tomaba con las redondeces de esculturas que coronan las fuentes. El ángel caído, como un Bernini negro, en lo alto de un obelisco. El rumor del agua de dos surtidores blancos en la coqueta rosaleda del extremo sur. Y el calor como una enfermedad que suprime lo verde y los tonos vigorosos de las flores frescas.

El palacio de Cristal y el de Velázquez. De nuevo el estanque de las barcas y la invitación a quedarnos charlando hasta la noche en la escalinata que desciende hasta el agua, entre las dos sirenas, frente a la silueta oscura de los árboles a lo lejos, sobre los que caía el sol abriéndose paso para llegar a tocar nuestra piel.


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sábado, julio 16, 2005

Madrid
Llegamos de sobremesa. B. y L. nos estaban esperando en Atocha. Teníamos tanta urgencia de vernos, de abrazarnos, de contarnos cosas, que cuando los vimos quisimos saltarnos uno de los tornos del metro que sólo permitía la dirección contraria. No hizo falta decir que llegaríamos con una maleta amarilla de la mano para reconocernos enseguida, es más, tampoco hubo que preparar las primeras palabras con que se adorna, en un absurdo, una conversación interrumpida hace ya tiempo.

Autobús, trayectoria, sofoco al descender a la parada, por fin portal sombrío, por fin casa, refugio, farolillo. Una casita a la medida de B., del pequeño E. y de dos gatitas, la florentina y la de Saint-Germain-des-Prés, la segnorina azzurra y mademoiselle velours, juguetonas ambas, de ojos enormes, redondos y dulces, curiosas con nuestro equipaje, traviesas para dejar caer, sin querer, el estante de los libros prohibidos y aferrarse con uñas finas como anzuelos al edredón milrayas recién colocado. A cambio, la caricia persistente del ronroneo en el aire tibio.

Un té de vainilla con pastas escocesas a eso de las cinco, y luego, hasta la noche, El Retiro.


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lunes, julio 11, 2005

II

El fin de semana hicimos de anfitriones. Me alegré de ver a A. después de bastante tiempo. Me pareció contenta; venía con su novio y nos lo presentó. A. solía ser una persona a menudo angustiada, preocupada por aspectos de la vida cotidiana que no tienen ninguna importancia, consumida por el estrés que le producían los estudios y cualquier otra cosa. La recuerdo delgadísima, a pesar de comer muchísimo, y se quejaba a menudo de sudar desmesuradamente, como si solamente el mero transcurso del tiempo fuese para ella un ejercicio intenso. Pero esta vez la vi distinta, con otra actitud ante las cosas. Venía distendida, ilusionada, con ganas de verlo todo y pasar buenos momentos. D., su novio, me pareció un chico bonachón y relajado, sencillo pero curioso, de esas personas que en la vida juegan a menudo el rol de "mejor amigo". Y me alegré de nuevo por A.

Lo pasamos muy bien. La visita transcurrió entre paseos por rincones de la ciudad y desayunos, comidas, cenas, vermuts y sidras, bajo la suavidad de los días tibios del norte.

¡Cuánto cuesta siempre despedirse!


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martes, julio 05, 2005

I

El próximo viernes viene A. a la ciudad. Nunca ha estado aquí y sospecho que se llevará una grata sorpresa. Como llegará al atardecer, le he sugerido que esa noche cenemos todos juntos en una sidrería para cambiar impresiones.

A. fue compañera mía de clase en la Facultade de Filoloxía de Vigo. Terminados ya los estudios me llamó un verano para viajar al sur de Francia con una excursión que partía de Santiago de Compostela. Necesité tan sólo dos segundos para decidirme a ir. Nos quedaríamos en Toulouse y desde allí nos acercaríamos a Montauban, Albi, Cordes, Moissac, Montségur, Foix, Carcasonne, Narbonne... De camino, paramos en varios lugares de la ruta jacobea como Burgos, Estella, Pamplona, Roncesvalles, Saint-Jean-Pied-de-Port, Tarbes, Oloron Sainte Marie...

Toulouse nos pareció próspera y señorial. Lo que más me gustó a mí no fue la ciudad en sí sino el color rosado de las casas de ladrillo y las tonalidades más profundas que iban tomando los muros a medida que el sol cambiaba su inclinación. La Rue du Taur, con la torre de Saint Sernin despuntando al fondo, no me dejó, en absoluto, indiferente, a pesar de que el calor sofocante no invitaba a merodear mucho de monumento en monumento. Los teléfonos metálicos de las cabinas ardían bajo una claridad dolorosa. En las terrazas rebosantes de los cafés de las plazoletas más sombrías se consumían copas heladas con nombres de pintores.

Hablar de cada lugar que visitamos supondría extender muchísimo mi relato. Si tuviese que escoger entre todo lo que visitamos me quedaría con Albi y con sus calles, las dimensiones de sus contornos, los puentes sobre el Tarn y los palacios rosados, el cielo inmaculado y la campiña en el horizonte, el maravilloso museo Toulouse-Lautrec y la catedral de Sainte Cécile, una de las cosas más bellas que han visto mis ojos. Se yergue en un montículo como una enorme caja roja robusta que invita a entrar en sus entrañas delicadas por una puerta con tocado flamígero. El interior, de naves amplias y altísimas, decoradas en tonos azules y dorados, da la impresión de un falso firmamento. El coro, la joya más valiosa que alberga, es ligero y discontínuo como una pieza de encaje lustrada por el tiempo.


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lunes, julio 04, 2005

Cuando estoy de vacaciones no suelo llevar reloj. Es una costumbre que adquirí hace unos años, cuando descubrí que el tiempo en relax no necesita corsés entre agujas, esferas y números y que, al no estar pendiente de la hora en que me levanto ni del momento en que pasa tal o cual línea de autobús o comienza una clase, adecuar la retina a la luz natural es más que suficiente para saber por dónde ando.

A pesar de que, generalmente, no presto atención a todo lo que tenga que ver con fechas, horas y minutos, soy consciente, cada comienzo de mes, de que al menos tenemos una cita ineludible en el banco para pagar el alquiler, y de que debemos hacer el ingreso antes del sexto día. Como hoy es lunes me ha parecido bien salir a pagar, sin saber exactamente que era día 4; ya se encargan en el banco de poner en el lugar más visible un reloj junto a la fecha, no vaya a ser que despistados como yo tengan que disculparse día sí día no por el retraso de sus pagos. Eso sí, si de cobrar se trata, lo hacen a uno esperar impunemente. Tampoco entiendo lo absurdo de un cartel donde reza: "los pagos no domiciliados deberán ser ingresados de martes a jueves, de tal a tal hora", cosa que me pone aún más frenética, ya que no ha sido una ni dos las veces que se han negado, disculpándose, eso sí, los corteses hombres grises de corbata, a hacer efectivo mi ingreso otro día de la semana.

Anoche escuché en la radio, poco antes de dormirme, el testimonio de un hombre que había sido empleado de banca y que decidió dedicarse a otra cosa al darse cuenta de que aquello no le satisfacía en absoluto ni llenaba su vida; al contrario, aquella ocupación se comía a mordiscos sus horas, sus días y sus años sin aportar nada del otro viernes. Y entonces decidió que quería ser paseaperros en Madrid, y se las apañó para organizar dos salidas diarias, una de mañana, otra al atardecer, para llevar a un grupo de perros de su zona y trazar recorridos de caminata y de descanso, buenos para los animales y para él, ya que, además del ejercicio cotidiano reconfortante, aprovechaba cada día para sentarse en un banco del Retiro a leer, mientras los perros, ya sueltos, correteaban a su alrededor. Y lo mejor de todo era que en su modo de hablar, en su voz firme y sosegada, se notaba que era una persona feliz.


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