II
El Retiro es un espacio hermoso y amplio, necesario para Madrid. Caminamos toda la tarde entre las sombras recortadas de los árboles. Algunas hojas parecían papeles con los bordes chamuscados y los caminos crujían secos bajo nuestros pies. Frente al estanque de las barcas todavía quedan algunas mujeres descuidadas que leen las manos de los incautos. El mantelillo azul de poliéster de una mesa donde reposaban unas manos rechonchas, cartas y flores rosadas de plástico reunidas en un jarrón, se movía con la brisa. Helados y refrescos se despachaban entre la sonoridad de otros acentos. Bajaba el sol y la tomaba con las redondeces de esculturas que coronan las fuentes. El ángel caído, como un Bernini negro, en lo alto de un obelisco. El rumor del agua de dos surtidores blancos en la coqueta rosaleda del extremo sur. Y el calor como una enfermedad que suprime lo verde y los tonos vigorosos de las flores frescas.
El palacio de Cristal y el de Velázquez. De nuevo el estanque de las barcas y la invitación a quedarnos charlando hasta la noche en la escalinata que desciende hasta el agua, entre las dos sirenas, frente a la silueta oscura de los árboles a lo lejos, sobre los que caía el sol abriéndose paso para llegar a tocar nuestra piel.
El palacio de Cristal y el de Velázquez. De nuevo el estanque de las barcas y la invitación a quedarnos charlando hasta la noche en la escalinata que desciende hasta el agua, entre las dos sirenas, frente a la silueta oscura de los árboles a lo lejos, sobre los que caía el sol abriéndose paso para llegar a tocar nuestra piel.


