Me gusta mucho aquello de que apareciese en una película de Truffaut la canción de Trénet Les enfants s'ennuient le dimanche, quizás porque durante toda mi vida, y ya desde niña, he tenido una sensación parecida ese día de la semana, como si el mundo acabase, como si ya no quedase nada por hacer, sensación lógica al comprobar que en las calles no hay gente ni actividad como de costumbre y todo está cerrado, que la pereza y un hedonismo grosero, como de abandono, se apodera de las personas. De pequeña podía sentir una angustia en el ambiente, con sonido difuso de comentario nasal de partido de fútbol y sabor a vermut de mediodía, que casi me impedía respirar. Siempre me ha molestado la luz de mediodía, que interpreto demasiado violenta para mi carácter, lo mismo que los días claros de primavera en algún lugar del Mediterráneo, de una claridad tan intensa y cenital que no produce ni sombras ni matices.
Sonaba la canción por primera vez en la escena en que una niña, empeñada en llevar su querido bolso viejo al restaurante adonde iba a comer la familia, se quedaba en casa encerrada y castigada por sus padres por semejante capricho y, llegada la hora de comer, salía al balcón que daba al patio de vecinos y se ponía, voz en grito, a decir, una y otra vez, que tenía hambre.
Así fue como descubrí también las canciones de Trénet. A veces me despierto alegre y lo primero que se me viene a la cabeza es la melodía, -y su letra-, que encabeza el disco que tengo: y a'd'la joie, bonjour bonjour les hirondelles. Me levanto de un salto y me tomo la jornada de trabajo como un placer y una satisfacción.
Hace unos días firmé el fin de contrato como profesora de actividades extraescolares en el colegio donde he trabajado todo este curso. Mañana será el último día. Sé que pensaré en todo ello hasta bien avanzado el verano, con el deseo de volver a realizar lo mismo el curso que viene. Con un poco de suerte, volverán a llamarme.
Sonaba la canción por primera vez en la escena en que una niña, empeñada en llevar su querido bolso viejo al restaurante adonde iba a comer la familia, se quedaba en casa encerrada y castigada por sus padres por semejante capricho y, llegada la hora de comer, salía al balcón que daba al patio de vecinos y se ponía, voz en grito, a decir, una y otra vez, que tenía hambre.
Así fue como descubrí también las canciones de Trénet. A veces me despierto alegre y lo primero que se me viene a la cabeza es la melodía, -y su letra-, que encabeza el disco que tengo: y a'd'la joie, bonjour bonjour les hirondelles. Me levanto de un salto y me tomo la jornada de trabajo como un placer y una satisfacción.
Hace unos días firmé el fin de contrato como profesora de actividades extraescolares en el colegio donde he trabajado todo este curso. Mañana será el último día. Sé que pensaré en todo ello hasta bien avanzado el verano, con el deseo de volver a realizar lo mismo el curso que viene. Con un poco de suerte, volverán a llamarme.

