Herbario


domingo, mayo 29, 2005

Me gusta mucho aquello de que apareciese en una película de Truffaut la canción de Trénet Les enfants s'ennuient le dimanche, quizás porque durante toda mi vida, y ya desde niña, he tenido una sensación parecida ese día de la semana, como si el mundo acabase, como si ya no quedase nada por hacer, sensación lógica al comprobar que en las calles no hay gente ni actividad como de costumbre y todo está cerrado, que la pereza y un hedonismo grosero, como de abandono, se apodera de las personas. De pequeña podía sentir una angustia en el ambiente, con sonido difuso de comentario nasal de partido de fútbol y sabor a vermut de mediodía, que casi me impedía respirar. Siempre me ha molestado la luz de mediodía, que interpreto demasiado violenta para mi carácter, lo mismo que los días claros de primavera en algún lugar del Mediterráneo, de una claridad tan intensa y cenital que no produce ni sombras ni matices.

Sonaba la canción por primera vez en la escena en que una niña, empeñada en llevar su querido bolso viejo al restaurante adonde iba a comer la familia, se quedaba en casa encerrada y castigada por sus padres por semejante capricho y, llegada la hora de comer, salía al balcón que daba al patio de vecinos y se ponía, voz en grito, a decir, una y otra vez, que tenía hambre.

Así fue como descubrí también las canciones de Trénet. A veces me despierto alegre y lo primero que se me viene a la cabeza es la melodía, -y su letra-, que encabeza el disco que tengo: y a'd'la joie, bonjour bonjour les hirondelles. Me levanto de un salto y me tomo la jornada de trabajo como un placer y una satisfacción.

Hace unos días firmé el fin de contrato como profesora de actividades extraescolares en el colegio donde he trabajado todo este curso. Mañana será el último día. Sé que pensaré en todo ello hasta bien avanzado el verano, con el deseo de volver a realizar lo mismo el curso que viene. Con un poco de suerte, volverán a llamarme.


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martes, mayo 24, 2005

Los domingos nos encanta acercarnos al centro para pasear entre los tenderetes del rastro y el mercado. Hay tanta gente en esos momentos que parece que toda la ciudad se hubiese concentrado allí mismo. Cuando el día es soleado, a veces cuesta distinguir el colorido de las ropas de quien va y quien viene del de los toldos desmontables y las mercancías variopintas que se exhiben para ser vendidas. Más que comprar, me deleita mirar, adivinar el tacto fresco de las telas de algodón teñido de colores vivos, el origen del aroma punzante en la calle de las flores, -normalmente a estambre de lirio, otras veces a delicadas clavelinas o rosas híbridas de pétalos replegados-, suponer la suavidad de las petunias moradas, seguir el diálogo del regateo entre feriantes y señoras que creen conseguir al mejor precio bolsos de imitación, imaginar dónde han sido robadas o recogidas en lotes baratos de subasta aparatosas y anticuadas lámparas de oropeles o cómodas barrocas de cajones abombados, o rodear, de un vistazo, titulares de revistas y periódicos, lomos de libro de ocasión gastados por el uso, tebeos numerados en años de mi infancia. Si no tuviese los ojos tan grandes, quizás, las floristas, sin haber dicho una palabra, no me habrían preguntado aquello de: "¿un ramín, mocina?", o las gitanas no me hubiesen ofrecido ropa interior y calcetines.

Me gusta también que me acompañes a acercarme a aquella calle en pendiente donde se camina mejor, ya que, a menudo, los paseantes la descuidan en favor de las otras, y subir hasta el límite del mercado para ver las alfombras de último puesto. Acercarme sólo un poco, discretamente, como merodeando para que no se dirijan a mí, saber furtivamente con mi mano si los pasos serían blandos en ésta o aquélla, ver colocada alguna sobre los metros de suelo desnudo que quedaron en algún lugar de la casa después de pasar la tarde del sábado cambiando los muebles de posición. Pero, cuando menos me lo espero, ya me pregunta el vendedor cuál es la que me gusta y me dice su precio, y entonces, al negarme a comprarla, veo cómo me la dobla para llevármela a dos euros menos, y entonces me marcho porque no me convence, sorprendidos ambos de una mutua descortesía.

Tras recorrer de nuevo el mercado, llegadas las dos de la tarde, se nos ocurre probar la comida de un restaurante italiano cercano al último puesto, de modo que nos vemos obligados a pasar una vez más por allí. Con paso firme, me parece que si miro al frente mientras camino, evitaré la mirada del vendedor, -como cree una avestruz que está fuera de peligro si esconde la cabeza-, y me resigno de antemano y puerilmente, a avanzar de igual modo alguno de los próximos domingos, ignorando el número de personas que habrán, -sólo a lo largo de un día-, rechazado su oferta.


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jueves, mayo 19, 2005

III
La anestesia y los medicamentos me produjeron una revolución en todo el cuerpo de la que no me libré hasta pasados unos días de estar en casa. Mi boca permanecía, -y permanece-, atada y bien atada por los puntos de sutura, como si una araña tendiese una tela tensa. El obstáculo me proporcionó tragos dulces y deliciosos de leche, batidos de vainilla y de cacao, yogures líquidos de fresas, natillas y flanes, el goce del agua tras conocer la aridez del suero salino.

Hace nueve días de la operación. Las tiernas cicatrices mejoran diariamente como tallos cortados por las yemas después de la floración. Esta tarde me sacarán los puntos en el centro de salud. Y enseguida, podremos celebrarlo en algún restaurante brindando con buen vino.

¡Salud!


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martes, mayo 17, 2005

II dedicado a Zeus, que está pachucho

La víspera de las extracciones vino una residente a hablar conmigo, vista la ortopantomografía con el especialista. Era tan joven que me pareció estar charlando con alguna de mis amigas. Me dijo que si quería me quitaban también una muela del juicio que sí me había salido con éxito por si en un futuro me daba problemas: "no nos cuesta nada, de paso que sacamos las otras", me decía como en broma. Le dije que no; no tenía ganas de imaginarme más huecos en la boca que los que me iban a practicar.

Cuando me dieron la cena me lo comí todo: la sopa caliente, la carne guisada de gusto leñoso que no me hubiera apetecido en casa, el melocotón en almíbar; me advirtieron que hasta el día siguiente después de la operación no probaría bocado. A eso de las once y media de la mañana estaría en el quirófano.

No sé cuánto tiempo estuve pacientemente esperando después de la hora, pero sé que un hombre de azul llegó a recogerme en camilla a la habitación bastante tarde. Corríamos por los pasillos de suelo pulido y deslizante más rápido de lo que yo quisiera, y sólo podía ver con claridad techos y luces que duraban un instante, vagamente lo que me rodeaba. Atravesábamos puertas sin forzarlas, una tras otra, hasta llegar a una sala donde hacía frío y donde ya no estabais ninguno de vosotros.

Los hombres de azul hablaban conmigo amigablemente. Uno me preguntó adónde me gustaría viajar y le contesté, con pleno uso de razón, que me encantaría conocer Aix-en-Provence, mientras otro, aferrado a mi brazo izquierdo, me advertía que me estaba cogiendo una vía y que no me preocupase si enseguida me iba a marear un poco. Ya no distinguí claramente lo que dijimos luego; creo que pude oír las palabras Toulouse, Francia... hasta que sin darme cuenta, mientras me herían por dentro, consiguieron crearme un paraíso artificial.

Oí mi nombre varias veces mientras intentaba abrir los párpados, pesados como piedras. Me encontraba bien, no tenía dolor y hasta me sentía satisfecha y contenta; había despertado y todo quedaba tan bien hecho como después de haber ordenado una habitación. Me llevaron a una sala donde una mujer pequeñita, vestida de verde, me preguntaba cómo estaba. Un tensiómetro me apretaba el brazo cada cuarto de hora. Tenía frío. Me arroparon. Rellenaron mi cama de aire caliente. Me llamaban "niña".


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domingo, mayo 15, 2005

I

Va a hacer una semana de mi ingreso en el hospital para la extracción conjunta de varias piezas dentales. El asunto, que venía de lejos, no pareció ser cierto hasta que la tarde de un jueves me llamaron para operarme, a la vista de un hueco libre. Al mismo tiempo, mi resignación empezó a tomar una forma verdadera, bastante diferente, en esencia, de la casi irreal, difuminada, que adoptaba meses atrás.

Mamá vino el domingo. Me alegré tanto de su visita y de que se quedase en nuestra casa unos días, que casi olvidaba la aprensión que me producía, precisamente, el motivo de su estancia. Hacía ya dos años que llegó por primera y única vez, apenas pasado un mes tras la muerte de papá. Me pareció que aquel viaje fue para ella como una especie de consuelo que se alcanza, momentáneamente, al descubrir un lugar nuevo que nos distraiga de nuestros pesares, la misma sensación que percibí en aquel reportaje de sobremesa en que la narradora se pone a lavar la ropa de su mochila después de haber visto una escena entre leones sangrienta hasta la náusea para quien no esté acostumbrado.

Tomamos un café en casa y salimos a pasear por el casco antiguo de la ciudad. Había mucha gente con motivo de una fiesta local y regresamos cansados. Tan sólo un refresco en una plaza vacía donde se arremolinaban fragmentos de papeles que quedaron del rastro de la mañana nos empujó a tomar el camino de vuelta.

Mamá y yo, como la otra vez, dormimos en camas enfrentadas. No pareció advertir en esta ocasión nada que la disgustase.


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