Benedicto XVI
Así es como ha querido llamarse el nuevo papa tras su elección, quizás por aquello de Benedictus qui venit in nomine domini... No sé qué puede sentirse cuando Dios te escoge para que seas su representante en la Tierra. Tampoco sé qué cosquilleo o nosequé debe de producir que el Espíritu Santo te revele un dogma y te lleve a hablar ex catedra. Deberían contar un día tal experiencia. Probablemente tal cosa, si cabe, tuviese más audiencia que la reunión del cónclave o la aparición del elegido para saludar desde el balcón.
La tarde de la elección no supe nada hasta que salí de dar una clase particular, una hora o más después de haber aparecido la fumata blanca y de que las campanas volteasen sin cesar. Era mi primera clase en un piso antiguo y enorme de familia bien de la calle A. Al abrir la puerta del ascensor después de bajar desde el quinto y mirando con precaución un escalón de mármol blanco cuyo borde parecía haber desaparecido después de tantos repasos de fregona, llamó mi atención una voz de vieja beata que me hablaba desde una portería mugrienta. Me dijo desde un rincón: "Ya tenemos papa" (me pareció una insolencia que me incluyese en tal afirmación), a lo que respondí con una pregunta: "¿Ah, sí? ¿y quién es?" "Ratzinger", contestó de inmediato, como con cara de extrañeza aunque sonriente.
Los católicos in media res piensan que es un tipo demasiado estricto. Aunque a mí no me afecte directamente el asunto creo que es el papa que se merece la Iglesia, alguien que puede restaurar la coherencia entre la fe y el rito de los feligreses. Me refiero al hecho de que se es católico o no se es, con todas las consecuencias que suponga una u otra cosa, de la misma manera que se es monárquico o no se es, sin medias tintas. Está muy bien eso de pasar de todo y luego casarse por la Iglesia con pompa y boato; también está muy bien celebrar bautizos y comuniones con cirios adornados de puntillas de cera. Pero ir a misa todos los domingos y fiestas de guardar, confesarse y comulgar, cumplir los mandamientos y hasta creer en Dios, uff, eso no gusta tanto. Se merecen la excomunión, pensaría B.16, y con razón, aunque... pensándolo de otra manera, una reducción de fieles no es conveniente, en los tiempos que corren...
Quizás lleguemos a presenciar la resurrección del latín, instrumento de la Iglesia más rancia y lengua marginada en todos los planes de estudio actuales, lo cual sí me alegraría bastante, además de poder producir, en arrebatos místicos, avalanchas que demanden clases...
Así es como ha querido llamarse el nuevo papa tras su elección, quizás por aquello de Benedictus qui venit in nomine domini... No sé qué puede sentirse cuando Dios te escoge para que seas su representante en la Tierra. Tampoco sé qué cosquilleo o nosequé debe de producir que el Espíritu Santo te revele un dogma y te lleve a hablar ex catedra. Deberían contar un día tal experiencia. Probablemente tal cosa, si cabe, tuviese más audiencia que la reunión del cónclave o la aparición del elegido para saludar desde el balcón.
La tarde de la elección no supe nada hasta que salí de dar una clase particular, una hora o más después de haber aparecido la fumata blanca y de que las campanas volteasen sin cesar. Era mi primera clase en un piso antiguo y enorme de familia bien de la calle A. Al abrir la puerta del ascensor después de bajar desde el quinto y mirando con precaución un escalón de mármol blanco cuyo borde parecía haber desaparecido después de tantos repasos de fregona, llamó mi atención una voz de vieja beata que me hablaba desde una portería mugrienta. Me dijo desde un rincón: "Ya tenemos papa" (me pareció una insolencia que me incluyese en tal afirmación), a lo que respondí con una pregunta: "¿Ah, sí? ¿y quién es?" "Ratzinger", contestó de inmediato, como con cara de extrañeza aunque sonriente.
Los católicos in media res piensan que es un tipo demasiado estricto. Aunque a mí no me afecte directamente el asunto creo que es el papa que se merece la Iglesia, alguien que puede restaurar la coherencia entre la fe y el rito de los feligreses. Me refiero al hecho de que se es católico o no se es, con todas las consecuencias que suponga una u otra cosa, de la misma manera que se es monárquico o no se es, sin medias tintas. Está muy bien eso de pasar de todo y luego casarse por la Iglesia con pompa y boato; también está muy bien celebrar bautizos y comuniones con cirios adornados de puntillas de cera. Pero ir a misa todos los domingos y fiestas de guardar, confesarse y comulgar, cumplir los mandamientos y hasta creer en Dios, uff, eso no gusta tanto. Se merecen la excomunión, pensaría B.16, y con razón, aunque... pensándolo de otra manera, una reducción de fieles no es conveniente, en los tiempos que corren...
Quizás lleguemos a presenciar la resurrección del latín, instrumento de la Iglesia más rancia y lengua marginada en todos los planes de estudio actuales, lo cual sí me alegraría bastante, además de poder producir, en arrebatos místicos, avalanchas que demanden clases...
