Herbario


jueves, abril 28, 2005

Benedicto XVI

Así es como ha querido llamarse el nuevo papa tras su elección, quizás por aquello de Benedictus qui venit in nomine domini... No sé qué puede sentirse cuando Dios te escoge para que seas su representante en la Tierra. Tampoco sé qué cosquilleo o nosequé debe de producir que el Espíritu Santo te revele un dogma y te lleve a hablar ex catedra. Deberían contar un día tal experiencia. Probablemente tal cosa, si cabe, tuviese más audiencia que la reunión del cónclave o la aparición del elegido para saludar desde el balcón.

La tarde de la elección no supe nada hasta que salí de dar una clase particular, una hora o más después de haber aparecido la fumata blanca y de que las campanas volteasen sin cesar. Era mi primera clase en un piso antiguo y enorme de familia bien de la calle A. Al abrir la puerta del ascensor después de bajar desde el quinto y mirando con precaución un escalón de mármol blanco cuyo borde parecía haber desaparecido después de tantos repasos de fregona, llamó mi atención una voz de vieja beata que me hablaba desde una portería mugrienta. Me dijo desde un rincón: "Ya tenemos papa" (me pareció una insolencia que me incluyese en tal afirmación), a lo que respondí con una pregunta: "¿Ah, sí? ¿y quién es?" "Ratzinger", contestó de inmediato, como con cara de extrañeza aunque sonriente.

Los católicos in media res piensan que es un tipo demasiado estricto. Aunque a mí no me afecte directamente el asunto creo que es el papa que se merece la Iglesia, alguien que puede restaurar la coherencia entre la fe y el rito de los feligreses. Me refiero al hecho de que se es católico o no se es, con todas las consecuencias que suponga una u otra cosa, de la misma manera que se es monárquico o no se es, sin medias tintas. Está muy bien eso de pasar de todo y luego casarse por la Iglesia con pompa y boato; también está muy bien celebrar bautizos y comuniones con cirios adornados de puntillas de cera. Pero ir a misa todos los domingos y fiestas de guardar, confesarse y comulgar, cumplir los mandamientos y hasta creer en Dios, uff, eso no gusta tanto. Se merecen la excomunión, pensaría B.16, y con razón, aunque... pensándolo de otra manera, una reducción de fieles no es conveniente, en los tiempos que corren...

Quizás lleguemos a presenciar la resurrección del latín, instrumento de la Iglesia más rancia y lengua marginada en todos los planes de estudio actuales, lo cual sí me alegraría bastante, además de poder producir, en arrebatos místicos, avalanchas que demanden clases...


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domingo, abril 24, 2005

Demasiados asuntos sobre los que verter una opinión. Será mejor que los vaya desgajando poco a poco a lo largo de las siguientes páginas.

Voy a permitirme opinar sobre el tema que desde hace casi un mes invade todos los medios de comunicación: el nuevo papado.

En principio me gustaría decir que no hace falta darse mucha cuenta para notar el Vaticano se ha convertido en un parque temático más, como lo son Eurodisney, Futuroscope, La Warner, Portaventura, Sevilla en la Feria de Abril y hasta el centro histórico de Santiago de Compostela. Son comparables los disfraces de Piolín, Mickey, de vaquero o hawaiana, de lunares y volantes a esos de gallo orgulloso que ostenta la Guardia Suiza, o a los ropajes superpuestos de obispos, cardenales y hasta monaguillos, pasando por las estatuas vivientes y los tunos de la Praza do Obradoiro.

Jamás el Vaticano había hecho tal gala de quiénes son, de qué hacen, de qué piensan, de cómo visten, hasta ahora. Jamás se había seguido una agonía de tan cerca como la de Juan Pablo II, por obra y gracia de la existencia de una aldea global hipercomunicada. Jamás había podido verse cómo miles de personas lloran desconsoladamente a alguien que apenas conocen. Bajo el poder del catolicismo, la religión universal, se olvidan de pequeños detalles que ocurren al mismo tiempo en otros lugares de la Tierra, como hambrunas y guerras, enfermedades incurables, Muerte con nombre propio. No sólo ha muerto un papa. Tal hecho demuestra que, pese a los medios de comunicación es posible, bajo un acontecimiento que ocupa todos los canales, abstraerse de lo que ocurre alrededor, como el caballo montado que sólo ve de frente. Del mismo modo, el desarrollo de tecnologías como internet ha impedido, sin pretenderlo quizás, que la gente utilice palabras y gestos con sus semejantes de los círculos más íntimos; en ninguna otra época las consultas de profesionales de salud mental han estado tan llenas.

El mundo ha seguido, como si de unas elecciones a presidente del gobierno se tratase, el escrutinio y desenlace del encierro de los religiosos más poderosos del mundo en la Capilla Sixtina. Hasta había quinielas a unos metros, en la Piazza San Pietro.

Y, por fin, el papa elegido, victorioso como un emperador, ha salido a saludar al vulgo, a la grey que lo aplaudía enfervorizada.

Me sorprendía escuchar hasta en las conversaciones de los niños términos como camarlengo y cónclave. Durante los últimos tiempos le he dado muchas vueltas al asunto que atañe a un serio cambio en el rumbo de calidad de la enseñanza. Antes de enseñarles a nuestros niños, ese futuro que siempre vemos con esperanza y que tantas veces acaba decepcionándonos, los fundamentos de las matemáticas o los usos y costumbres de la gramática, deberíamos darles pie a la reflexión. Quizás sea un proceso como la adquisición de una lengua: es fácil ejercitarlo desde pequeños; de mayores, sólo se logra con éxito en casos extraordinarios.


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domingo, abril 17, 2005

Ayer salimos a comer a un restaurante mejicano. Celebrábamos uno de esos no cumpleaños que siempre resultan agradables. De primero pedimos un guacamole para compartir; luego unas tortillas de jamón y queso y bocadillos cortados en triángulos rellenos de pollo, salsa y tomatitos; de postre, un pastelillo de chocolate y un sorbete de mango bañado con tequila. Me pareció saborear un rico refresco en medio de un desierto plagado de cáctus que me alegró el estómago y el espíritu. Regresamos a casa en la línea 1 del autobús urbano, con algo más que nosotros mismos: dos camisetas de algodón en colores rojo y turquesa y dos libros de Historia.
El autobús es un buen modo de conocer la ciudad de cabo a rabo. Por la tarde, es curioso ver cómo la gente sube endomingada para dirigirse a pasear o hacer algunas compras al centro. Las señoras mayores imitan, de un modo estudiado por la costumbre, las galas con pedigrí que se exhiben en la calle principal. Los adolescentes impregnan el vehículo del olor limpio y neutro de una ducha reciente, solapado con más o menos fortuna por eaux de toilette en su ansia de agradar a los demás. Las caras, demasiado maquilladas, a veces ocultan los rasgos con más encanto. Ellos lucen pulseras y pendientes de plata. Y más allá del cristal de la ventanilla, bajo apariencia de calma, se mezclan y confunden en silencio las semillas, los pólenes y las aguas de los arroyos y despuntan yemas de árboles y capullos de flores. En la misma estampa móvil hacen los mismo insectos de brillo metálico y reptiles; peces, mariposas y libélulas, mamíferos agazapados que escapan a la vista.
Tu sobrino prepara su boda. Es un chaval de veinticuatro años con pinta de surfero en un lugar sin mar. Piensa vivir junto a su amor en un nido cuidadosamente entretejido para la ocasión, entre árboles y prados, apartados de la población más cercana. Ocuparán la primera planta de un chalet adosado en una urbanización de la periferia. Nos dejan entender que lo que a ellos les gusta es vivir al aire libre, en plena naturaleza, y que no hay problema para desplazarse porque tienen coche.
A nosotros, que nos gusta recorrer a pie, acabado el invierno, por mucho que llueva, senderos que llevan entre colinas a hermosas ermitas antiguas o pasar en el pueblo quince días y tomar el camino de Barxela siguiendo el río, para ver la flor de los castaños y las matas de malvas cuando es tiempo, a nosotros, que un día sin trabajo bajamos corriendo desde el octavo piso a ver cómo se presenta la cartelera en la calle que huele a palomitas y que no necesitamos ni coche, ni chalet, ni home cinema, nos llaman raros.


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jueves, abril 07, 2005

Si la sensatez es tan obvia, ¿por qué nos empeñamos en rehuirla?


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miércoles, abril 06, 2005

En ocasiones los espacios se reducen a la capacidad de nuestra mente, de modo que resultan inmensos en un receptáculo de unos pocos centímetros cúbicos, distorsionados al antojo de nuestro pensamiento en función de la propia sensibilidad y de los fragmentos de memoria escogidos del pasado.

Si Vigo no fuese para mí más que un espacio físico y real, no me dolería decir que solamente echaría de menos la ciudad por el paisaje de salitre afestonado por islas de playas de harina fría y el esplendor de camelias y naranjos que adornan avenidas bajo esa luz madura de tarde capaz de hacer blandas las paredes más grises y templado el horizonte. Quizás no sea tan poco, en cualquier caso... Debo decir, además, que la ciudad permanece llevando en el aire, suspendidas, partículas de adolescencia y primera juventud, de la mía propia, lo poco que quedó de mí junto a algunos eslabones, cedidos ya por la presión de la distancia, de los nombres queridos. Volver a Vigo y atravesar en taxi las calles hasta casa, me devuelve una visión epidérmica desoladora que a veces traduzco con un nudo en la garganta. Si mamá no trabaja esa noche y nos abre la puerta, la ansiedad comienza a disiparse y me olvido de ella cuando vuelvo a ver a los amigos, siempre nuevos, siempre espléndidos. Y entonces me marcho feliz hasta el próximo encuentro, sabiendo que el recuerdo reciente no dejará escapar nada de aquello al menos hasta que volvamos a vernos charlando ante un café, quién sabe dónde, agarrados a un hilo compartido que une la memoria con el corazón.


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