Mañana temprano tengo una consulta de preoperatorio en el Hospital. Debo estar allí a primera hora para solucionar unos líos de papeles y para acceder a unas pruebas analíticas. En realidad no sé exactamente en que consistirá. Mañana lo sabré todo, lo cual no me impide sentir esa inquietud que se me agarra al estómago. Y no es que me dé miedo la consulta de mañana, sino que me indica que en un período más o menos breve estaré en un quirófano donde me extraerán, todas de una vez con anestesia general, las muelas que no han querido salir a su tiempo y que pensaba, ingenua de mí, no tenía.
Pero el tiempo fue pasando desde la última consulta con el cirujano maxilofacial sin que casi me diese cuenta de ello si no es porque, justo al atravesar el paso de cebra que señala el límite entre Villa Magdalena y la cercanía del colegio donde enseño, ahora me invade, según la dirección del viento, el perfume dulzón de las mimosas florecidas y me halaga la vista, dependiendo del ángulo desde el que mire, el esplendoroso magnolio chino todavía sin hojas pero con flores blancas veteadas de malva.
Se aproximan también las vacaciones de Pascua. Como cumplo el mismo horario que los niños, el 18 daré mi última clase antes de la semana libre. Nos marchamos a Vigo hasta el domingo 27. Vamos a ver a mamá y a recorrer espacios conocidos adornados de camelias que huelen a sal. La luz será la misma que ya no puedo discernir de otra en mi memoria. Al mismo tiempo sufriré la punzada del asfalto y el desorden, y la claridad del sol, despiadada sobre esa dureza. Pero me reconforta que no lejos, junto a patios umbríos de viejos árboles, existe Cinco Rúas y A Cazoliña, y bancos de piedra donde brilla la mica, abovedados con ramas de azahar. Y que más adelante, siguiendo el Camino, es posible sentarse en sillas de jardín de forja lacada en blanco y descubrir, alrededor de una fuente, la novedad de las hojas del ginkgo biloba.
Pero el tiempo fue pasando desde la última consulta con el cirujano maxilofacial sin que casi me diese cuenta de ello si no es porque, justo al atravesar el paso de cebra que señala el límite entre Villa Magdalena y la cercanía del colegio donde enseño, ahora me invade, según la dirección del viento, el perfume dulzón de las mimosas florecidas y me halaga la vista, dependiendo del ángulo desde el que mire, el esplendoroso magnolio chino todavía sin hojas pero con flores blancas veteadas de malva.
Se aproximan también las vacaciones de Pascua. Como cumplo el mismo horario que los niños, el 18 daré mi última clase antes de la semana libre. Nos marchamos a Vigo hasta el domingo 27. Vamos a ver a mamá y a recorrer espacios conocidos adornados de camelias que huelen a sal. La luz será la misma que ya no puedo discernir de otra en mi memoria. Al mismo tiempo sufriré la punzada del asfalto y el desorden, y la claridad del sol, despiadada sobre esa dureza. Pero me reconforta que no lejos, junto a patios umbríos de viejos árboles, existe Cinco Rúas y A Cazoliña, y bancos de piedra donde brilla la mica, abovedados con ramas de azahar. Y que más adelante, siguiendo el Camino, es posible sentarse en sillas de jardín de forja lacada en blanco y descubrir, alrededor de una fuente, la novedad de las hojas del ginkgo biloba.
