Herbario


viernes, enero 28, 2005



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Cuando terminó la clase, envié a toda la cuadrilla a jugar al patio y los niños quedaron a disposición de las maestras responsables de las clases ordinarias. Después de recoger el aula, yo misma me dirigí al patio interior, donde el conserje tiene su pequeño despacho. Sabía que iba por alguna razón, de otra manera habría tomado la dirección opuesta para salir del recinto, pero en ese mismo momento, mientras divisaba las filas de niños preparados para entrar en la última clase, olvidé lo que tenía que hacer. Entonces di media vuelta y me marché. Soplaba un viento fuerte que venía del noreste, según pude orientarme mirando las laderas blancas del Naranco. El cielo estaba cargado y comenzó a nevar. Como estoy poco acostumbrada a ver la nieve, siempre me parece un acontecimiento. Los semáforos en rojo obligaban a detenerse a los peatones. Mucha gente volvía como yo del trabajo a esas horas. Los copos de nieve eran ligeros y espumosos. De menos densidad que la lluvia corriente, remontaban el vuelo impulsados por ráfagas heladas. Muchos quedaban atrapados en la ropa desprotegida, dejando, al cabo de poco tiempo, manchas de humedad; otros, habiendo avanzado hasta una altura considerable, no alcanzaban a traspasar las telas impermeables de los paraguas. Algunos paraguas rojos o de tonos cálidos parecían setas gigantes imaginadas por Jules Verne, amanitae muscariae de carne jugosa y colorada con descamaciones de un blanco puro imitadas, sublimemente, por los copos de nieve.

Llegué a casa con los bajos de los pantalones empapados y descubrí que en un bolsillo de mi anorak tenía la llave del aula de dibujo y pintura que debía haberle devuelto al conserje. Pasé la tarde enroscada en una manta, con dolor de garganta y tos seca. A la mañana siguiente, antes del comienzo de la primera clase, me acerqué a paso ligero al colegio. Antes de entrar vi al conserje y le entregué la llave. Volvía a casa cuando todavía era de noche. Madres y padres acompañaban a sus niños cubiertos con fuertes capuchas de astronauta. Hacía mucho frío. A mi llegada te vi estudiando bajo una luz amable. La casa estaba caliente. Pusimos la radio y al poco me quedé profundamente dormida.


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A uno que estaba utilizando peligrosamente un rotulador cargado de tinta como arma arojadiza, no dudé en mandarlo inmediatamente a divertirse en el patio, implacable a sus súplicas y las lágrimas de cocodrilo que vertían sus ojos azules de angelote. Otro que se dedicó a hacer todo lo contrario a lo que ordené se quedó sin gorro de papel al final de la clase, acompañado, de la misma guisa, por la niña repelente con nombre de estado norteamericano. Y todos los demás, contentos como unas pascuas, salieron de clase con los sombreros de Robin Hood que unas horas antes había fabricado para ellos en casa, con toda la ilusión del mundo. Tan sólo una niña, de las mejores alumnas que tengo, gorro en la cabeza, se quedó conmigo al salir los demás y se puso a llorar mientras me explicaba, desesperada, que la clase se había terminado sin que ella consiguiese pintar su disfraz. Le dije que no tenía importancia, que el dibujo requiere práctica y más práctica, que otra vez le saldría mejor. Y entonces ella, inocente, me dijo que no había dejado de intentarlo, como si tres, cuatro, cinco repeticiones le pareciesen demasiadas. A ella, además del gorro, la invité a que viese cómo hacía un barco de papel y se lo regalé. Cesaron sus lágrimas y apareció en su carita una sonrisa espléndida como el arco iris.

Es cierto que los maestros y profesores sentimos que la sociedad no reconoce nuestro trabajo y nos desesperamos ante la poca respuesta positiva que obtenemos de nuestros alumnos. Los niños, sobre todo a edades muy tempranas, no tienen la culpa de nada, excepto quizás de ser hijos de unos padres que bien debieran superar una prueba psicotécnica antes de poder ejercer como tales. La disciplina de que carecen para con los que no son más que cachorrillos juguetones dotados en potencia de lenguaje, voluntad, cultura y ética, -en definitiva, poseedores del futuro de la humanidad-, los convierte en seres terribles que se espantan las moscas de encima comprando a sus vástagos cuantos cachivaches de última generación se les antojen. Los niños que acuden a mis clases tienen posibles, no como aquellos alumnos del colegio de integración del año pasado para los que un lápiz era un bien más que preciado. Los de ahora ocupan los mismos pupitres que en su día ocupó la princesa de Asturias. Ya quisiera tener su profesora para sí los materiales que tiran al suelo, descuidan, rompen y ocasionalmente utilizan para pintar.

No sé cómo debemos hacerlo pero urgen las escuelas de padres. Y, durante las prácticas, deberían llevar colgada la L que lleva un conductor novato, al que se le requiere prudencia y acatamiento de las normas y al que los demás conductores tienen derecho a temer hasta que demuestren su seguridad en la carretera.


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Como hacía mal tiempo los niños no estaban en el patio exterior, sino en el interior, abrigados, con las mejillas enrojecidas de tanto jugar a pillar. Normalmente no suelo ir a buscarlos hasta que tengo la clase preparada. En esta ocasión me vieron a mi llegada y vinieron corriendo hacia mí, disputándose algunos mis dos manos para que cogiera las suyas, así que no tuve otro remedio que entrar en clase directamente con ellos y antes de tiempo, con lo cual, al no haber tenido ocasión, como otras veces, de colocar sobre los pupitres cajas con pinturas de todo tipo y color y una hoja en blanco para cada uno, me vi obligada a pasar por el aturdimiento que supone el griterío conjunto de las criaturas, -compárese al de los polluelos hambrientos en un nido-, cuando necesitan algo, como si en ello se les fuese la vida entera.

Pintamos disfraces, reales o imaginarios, copiados de catálogos o inventados, con técnica libre. Por supuesto hubo el que se quedó pintando monstruos o dinosaurios, cosa que viene haciendo desde el primer día de clase. En el aula no había todos los que estaban en la lista, así que, como de costumbre, tuve que pasar una segunda vez a pescar los pececillos que no entraron en la primera redada. Uno, con cara de pícaro y mejillas coloradas como un tomate, se puso a correr para que lo pillara, imaginando que podría ser como uno de sus compañeros de recreo. Otra, la niña consentida, sabihonda y que se cree mayor a la que sorprendo siempre cuchicheando con sus amiguitas y que entra en clase a regañadientes; seguramente sus padres la obliguen a venir. De vuelta a clase algunos me contaban historias divertidas; otros, despistados y perezosos, le encontraron más gusto a hacer trastadas.


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jueves, enero 27, 2005

Ayer salí a muy buena hora para llegar al trabajo sobrada de tiempo, pues quería arreglar unas cosas pendientes que, aunque no son urgentes, sí estaría bien llevar al día lo más posible, ya que luego temo la acumulación de trabajo, sobre todo porque mis compañeros en tal menester son niños en edad de revolotear por el aula si no se tiene sobre todos y cada uno de ellos la mirada que un maestro bien querría que fuese de ojos compuestos como los de las moscas.

Resultó, sin embargo, que no pude cumplir con mi objetivo; cuando llegué al colegio, como es necesario entrar por la puerta del patio y hacía frío y hasta nevaba y apenas había nadie excepto algunos niños jugando al baloncesto, que, por descontado, no podían tener ni sabían nada de la llave con candado que abrazaba firmemente la puerta, tuve que esperar hasta que apareció el conserje para abrirme. Enrollada en la bufanda, mientras esperaba, miraba caminar a la gente a un lado y a otro, persiguiendo con sus ojos el baile de los copos de nieve arrastrados por el viento. Unos cientos de metros más allá me había cruzado con la misma chica y su perro de todos los lunes y miércoles y con algún yuppi que se dirigía al centro cartera en mano.


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lunes, enero 24, 2005

La habitación tenía una temperatura muy agradable a nuestra llegada. No había muebles, -tan sólo una vela encendida-, así que nos acostamos en el suelo, a lo largo, sobre nuestras espaldas. Después de un momento de calma y silencio, empezamos a quitarnos la ropa que nos sobraba; enseguida notaríamos calor. Y entonces comenzamos. Al principio todo se desarrolló con lentitud. Costaba algún esfuerzo girar los cuerpos todavía fríos como el aliento de las calles en invierno. Pero no desistimos. Del mismo modo que el ritmo en los movimientos se aceleraba, ocurría con la cadencia de la respiración a dos tiempos. En un primer instante surgía fácil y libre, inconsciente, sin ninguna molestia, como un susurro apenas perceptible, como el que come sin que sepa a nada; más tarde se convertía casi en habla, en necesidad de respuesta, en un ansia de aire que vivifica en cada inhalación. A pesar de todo, cansados nuestros cuerpos por los movimientos que dictan los sutras conseguimos llegar a lo más alto.

Volvimos a reposar sobre nuestras espaldas, cubiertos con una manta que nos arropase, serenos, plenos, alegres, en una laxitud cálida de bienestar y calma, abierto el corazón en medio del silencio.

Se encendieron las luces y terminó la clase de yoga.


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jueves, enero 20, 2005

Dos mil cinco, año de El Quijote; pues me parece muy bien. Nada más franquear la entrada con dispositivos electrónicos cazamangantes de un hipermercado, en la primera estantería atraen la mirada del posible comprador unos cuantos volúmenes de esta obra, como si de latas de conservas se tratase, todos iguales, dispuestos en riguroso orden alineado. Al lado, sólo un poco más allá, a la distancia de dos o tres pasos del mueble anterior, otro expositor exhibe ejemplares escritos por el mismo autor. Ahora, el contenido de las latas de conservas queda especificado en varios títulos secundarios. Las Novelas ejemplares protagonizan el nuevo grupo. Todavía un poco más allá, tocando con los jamones de oferta o los packs de calcetines rebajados de la talla 43, se encuentra otro de esos expositores, esta vez con libros de otros autores, cuyo requisito imprescindible es que contengan en el título la palabra mágica: Quijote.

Como si fuese una marca de denominación de origen, un logotipo rojo, -el color de España-, con una Q sobradamente identificativa, aparece y reaparece, cual fijación, en páginas de revistas, anuncios, programas de televisión y hasta cortinillas. Que sí, que nos ha quedado claro quién lo ha escrito, su protagonista, algunas de sus aventuras y desventuras, el carácter del acompañante del protagonista, el paisaje de la Mancha, etc.

Lo que no ha quedado claro es el sentido literario de una obra que supone la primera novela moderna, reconocida dentro y fuera de nuestras fronteras por tratarse de un libro plenamente español y a su vez universal; la estrategia de contar recogiendo hebras anteriores; el ir y venir entre la historia e historias; el constante juego metaliterario; la crítica individual, colectiva y social; la identificación y la paradoja; el elogio de la locura; lo real y lo soñado; la importancia física y vital del viaje; el humor y el dolor; lo material y lo ideal; la PARODIA, germen de la intención de la obra, según el propio autor.

Mientras tanto, El Quijote figura desde hace unos meses como best seller en las listas de los grandes almacenes y otras franquicias. Obra que casi todo el mundo ha comprado; obra que seguro sólo se acabarán unos pocos. Si nos viese Cervantes ahora mismo, creo que se reiría de nosotros.

Hay ciertas obras que no merecen un año de gloria, sino toda la eternidad.


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viernes, enero 14, 2005

Leo a Chejov por primera vez y no puedo decir que me guste, sino que me encanta. Realmente hacía algún tiempo, desde que leí la obra más célebre de Lampedusa, que unas páginas escritas no me atrapaban tanto. Es como encontrar ese vestido o el peinado que te queda perfecto y que no renunciarías a llevar nunca. Los libros nos atrapan si sus páginas nos acogen con calidez, y quizás se sienta con ello algo semejante a adentrarse en un recinto tibio un día frío de invierno. Experimento esa acogida cada vez que vuelvo a abrir el libro en la página que quedó marcada con la cinta roja de los preciosos volúmenes de tu estante de la biblioteca; tal vez sea posible notar ese calor con la relectura, aunque, a veces, el libro que nos sedujo en cierta época de nuestra vida y hasta nos puso la carne de gallina y nos hizo reflexionar, en otro momento no consigue más que el entretenimiento.

Tú mismo sospechabas que era un autor que podría gustarme y me animaste a recorrer las mismas palabras perseguidas por tu mirada tantas veces. J.D., del mismo modo, me ha recomendado muchas veces la lectura de Chejov, sobre todo después de conocernos un poco mejor a través de nuestras conversaciones y, en especial, tras haberle dejado la película de Mihalkov titulada Ojos negros, basada por lo visto, en parte, en el cuento La dama del perrito. Incluso antes de haber visto la película me contó que un tío suyo había estado en Rusia y había conocido a una mujer de quien se enamoró y con quien estuvo a punto de casarse pero que aquel amor fue imposible porque ella enseguida enfermó de tuberculosis y murió. J.D adoraba a ese tío suyo que le mostró tantas cosas del mundo. Aquel hombre no había amado a otra mujer. Murió soltero, enamorado y rodeado de libros.

Las palabras de Chejov, entrelazadas, forman a veces el sonido de un grito en calma; otras, la sensación que produce la naturaleza en los cambios estacionales, en ocasiones diáfano el aire de primavera como el amarillo de los narcisos tiernos, en otras, la desazón que produce la lluvia incesante, las noches de invierno negras como el carbón o el barro de los caminos que hace penoso el caminar. Pero siempre tiene una quietud de color blanco, de brillo lento de porcelana, de oriente de perla o de espejuelo brillante adorno de sombrero. Siempre sencillo, siempre elegante, siempre justo; siempre maravilloso.


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jueves, enero 13, 2005

Pongo en orden el escritorio de mi ordenador como lo hago otras veces con apuntes de papel, cuadernos, libros, hojas, cartas, revistas y periódicos. No suelo hacerlo hasta que resulta absolutamente necesario, beneficioso para el buen funcionamiento de mi trabajo. El caso es que tiendo a guardar todo aquello que me parece interesante, y de ese modo, las listas de cosas se vuelven copiosas, hasta llegar a olvidar algunas de las que tengo. Sólo al observarlas de nuevo con detenimiento vuelvo al momento en que las seleccioné, al porqué, al para qué o para quién. Y no pocas veces vuelven a sorprenderme.

En una ocasión me calificaba a mí misma como una pequeña urraca atraída por todo objeto brillante. Debió de ser así desde siempre, al menos me acuerdo que de pequeña ya me puse a formar tres colecciones: una de etiquetas, otra de pegatinas y otra de papeles de caramelos y bombones que iba guardando en una cajita de queso fundido en porciones. No recuerdo, sin embargo, el comienzo o el fin de cada una de ellas. Supongo que, respecto a lo segundo, se terminaron del mismo modo y al mismo tiempo que termina la infancia.

En este momento, la cantidad de legajos que poseo, la clasifico en útiles para mi trabajo y en pequeñas curiosidades a las que reservo un lugar para ser colocadas en una libreta de encuadernación japonesa. Por una parte, suelen ser apuntes de gramática, pero también canciones, fotografías, folletos, revistas, artículos y hasta dibujos infantiles que me traigo después de cada clase para poner nombres y fechas de niños tan pequeños que han aprendido a pintar antes que a escribir y hablar correctamente; por otra, billetes de autobús, de tren y de metro, cuentas de restaurantes y cafés, postales, palabras, fragmentos de cartas, recortes, dibujos, poemas, plumas, adornos, alfileres, etc. en el orden de lo cotidiano. Aunque debo confesar que no he vuelto a pegar nada en el cuaderno japonés desde poco después de la muerte de papá, momento en el que yo misma morí un poco?

Palabras e imágenes, pequeños objetos y recuerdos, ¿acaso no es lo mismo que los trazos que componen una vida, incluso hasta una época, contada de otro modo?


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domingo, enero 02, 2005

Hace aproximadamente un mes dispuse un semillero en una lata ovalada de conservas. En un papel color malva, dentro de un cajón fresco y oscuro, tenía guardadas muchas semillas de lunaria annua recogidas hace dos veranos que pensaba plantar cuando me acordase de dónde las había dejado. Revolví por todos los muebles de la casa y mi empeño consiguió que pudiese, no sin tiempo y trabajo, encontrar aquel paquetito. Apiñadas unas contra otras, con la cubierta color pardo, parecían lentejas. Les hice una cama de tierra poco profunda y las fui incrustando una a una, de canto, con un poco de separación. Las regué y las puse al sol. En unos días, el filamento destinado a ser raíz asomaba verde intenso sin despojarse todavía de su cápsula, adquiriendo tamaño cada día. Lo mismo ocurrió con el resto de las semillas, hasta que la pequeña lata de conservas pareció no poder albergar a tantas plantas. Entonces empecé a repartirlas entre varias macetas. A nuestra vuelta de Barcelona te sentiste sorprendido al verlas tan altas, dirigidos los tallos hacia la claridad de la ventana, y, como las descubriste antes que yo, me contabas desde otra habitación lo que habían crecido. No pude imaginarlo hasta que las vi con mis propios ojos, y tuve una sensación probablemente parecida a la que tenían los abuelos cuando volvían a vernos después de una buena temporada. La abuela nos colocaba por orden de edad pegados a una pared encalada y, con un cuchillo de punta roma por el uso, dejaba constancia, con una marca visible en el material blanco que apenas oponía resistencia, de que cada uno de nosotros sobrepasaba en más o menos altura la marca anterior.

Como llevamos unos días en casa, me resulta imposible captar, a fuerza de observarlas y tenerlas al lado, el crecimiento continuo de las plantas. Sé que no me daré cuenta del momento en que sus tallos empiecen a diversificarse en las primeras ramas, como una madre que por estar todo el tiempo junto a su hijo, no se percata, al cabo de los años, de que éste ha alcanzado la adolescencia.


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sábado, enero 01, 2005

Primer día del año 2005. Ayer, antes de la cena, nos acercamos a casa de tu abuela para estar un rato con ella, pues la madrugada anterior permaneció unas cuantas horas en el servicio de urgencias del hospital aquejada por un dolor agudo en el pecho. Resultó ser una infección respiratoria remediable con antibióticos. Nos acogió sonriendo en una habitación cálida de paredes rosadas, después de que una de sus nietas nos abriese la puerta tan siniestramente que me produjo un escalofrío. Luego vimos a tu tía sentada en una silla junto a la cama de la abuela, con cara de resentimiento. Al marcharnos nos sentimos desubicados y desnudos sobre el espacio ajado, frío y aséptico del zaguán. Nos despidieron del modo más triste que jamás lo había hecho nadie en Nochevieja; querían dejar caer que estaban cansadas, que qué bochorno la noche anterior a una de fiesta, que sólo comerían un yogur y a la cama. Como me pareció que no querían ser partícipes de lo que íbamos a hacer todos los demás, considerando que en aquel momento eran unas santas mártires, abandoné el ritmo de un discurso que comenzaba, no sin antes escuchar, ya en el descansillo del primer tramo de escaleras bajadas, que a ver si te prodigabas más, que no se te veía el pelo con lo cerca que estábamos, que si esto y aquello. A veces tengo la sensación de que para algunas personas el bienestar de los demás no importa lo más mínimo, si a cambio se divierten escudriñando en pequeños detalles insignificantes que a nosotros nos importan bien poco pero que a ellos les quitan el sueño y las ganas de comer. Siempre hay algún que otro integrante de la familia que supone un estorbo y que, de vez en cuando, no tenemos más remedio que ver en algún lugar común. Y en realidad, qué poco se es consciente de que no se sabe apenas nada de alguien, salvo lo que se distorsiona con el chismorreo, aunque comparta con nosotros alguna gota de la misma sangre.

Llegamos, sin embargo, contentos a casa de tus padres. El ambiente era muy agradable. Tu padre estaba entusiasmado con que empezásemos la botella de vino blanco que le llevamos como regalo. Tu madre no dejaba de dirigirse a mí para contarme cosas, como un niño que hace tiempo que no te ve. La cena fue generosa como siempre en tu casa. Las uvas me refrescaron gratamente la garganta y fueron como sales beneficiosas después del banquete. La conversación fluyó tranquilamente. El sueño fue llegando.

Lo primero en que se fijaron mis ojos al despertar, fue el dibujo simétrico que el visillo que cubre la cristalera de la puerta de la sala donde dormí formaba a contraluz con el resto de la casa iluminada, estando todos, hasta el gato, ya en pie.

Feliz Año Nuevo con mis mejores deseos para todos.


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