Pensaba que la ciudad en ningún momento había resultado tan sucia a mis ojos. No me atreví a pronunciarme hasta que alguien reflejó una sensación parecida; luego supe que para todo el mundo era lo mismo. Y es que, sinceramente, me daba pena reconocerlo, acordándome de aquella visita de hace años en que Barcelona se estaba poniendo guapa hasta recuperar toda la belleza de la que había sido capaz en otros momentos de su existencia. Recuperado el rubor de las calles, no comprendí cómo algunos se divierten tanto destruyendo en un segundo lo que tanto trabajo había ocasionado, sobre todo en aquellos barrios adonde todavía el verano pasado muchos jóvenes se iban a vivir atraídos por una ?bohemia? que consideraban encantadora y que resultó ser un vertedero maloliente, contaminado e inhóspito. Ni los perros paseaban por allí, disuadidos por el olor acre de orines humanos. Al fondo, lo que hacía entender que estábamos allí y no en otro lugar: el tejado de colores sobre las ruinas, las bóvedas de hierro de la estación, y, un poco más allá, la evidencia del mar.
Casi salimos huyendo en busca de algo que nos recordase la parte buena. Como además hacía frío, nos acercamos casi en una zancada a las calles más próximas, atacadas por el roce del tiempo, estrechas y llenas de gente, limpias ya y perfumadas de aroma a confitería. Y aquel lugar, durante al menos dos días, fue un refugio bajo el cielo destintado que sobrevenía tan pronto.
Casi salimos huyendo en busca de algo que nos recordase la parte buena. Como además hacía frío, nos acercamos casi en una zancada a las calles más próximas, atacadas por el roce del tiempo, estrechas y llenas de gente, limpias ya y perfumadas de aroma a confitería. Y aquel lugar, durante al menos dos días, fue un refugio bajo el cielo destintado que sobrevenía tan pronto.

