Herbario


jueves, diciembre 30, 2004

Pensaba que la ciudad en ningún momento había resultado tan sucia a mis ojos. No me atreví a pronunciarme hasta que alguien reflejó una sensación parecida; luego supe que para todo el mundo era lo mismo. Y es que, sinceramente, me daba pena reconocerlo, acordándome de aquella visita de hace años en que Barcelona se estaba poniendo guapa hasta recuperar toda la belleza de la que había sido capaz en otros momentos de su existencia. Recuperado el rubor de las calles, no comprendí cómo algunos se divierten tanto destruyendo en un segundo lo que tanto trabajo había ocasionado, sobre todo en aquellos barrios adonde todavía el verano pasado muchos jóvenes se iban a vivir atraídos por una ?bohemia? que consideraban encantadora y que resultó ser un vertedero maloliente, contaminado e inhóspito. Ni los perros paseaban por allí, disuadidos por el olor acre de orines humanos. Al fondo, lo que hacía entender que estábamos allí y no en otro lugar: el tejado de colores sobre las ruinas, las bóvedas de hierro de la estación, y, un poco más allá, la evidencia del mar.

Casi salimos huyendo en busca de algo que nos recordase la parte buena. Como además hacía frío, nos acercamos casi en una zancada a las calles más próximas, atacadas por el roce del tiempo, estrechas y llenas de gente, limpias ya y perfumadas de aroma a confitería. Y aquel lugar, durante al menos dos días, fue un refugio bajo el cielo destintado que sobrevenía tan pronto.


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Hemos vuelto de Barcelona. Hace unas horas que estamos en casa, cansados, alegres, llenos los sentidos de impresiones nuevas, un poco hambrientos y adormilados, deseosos de no poder olvidar la nieve de los caminos más altos, densidad blanca atravesada sin queja por el tren de hierro al rojo vivo.

El aire ha sido tan frío que las manos desnudas y heladas daban sensación de crujido, de pinchazo de cristal sin pulir a cualquier gesto, incluida una caricia. Lamentamos varias veces no haber decidido llevar los guantes de lana bajo excusa de viajar hasta el Mediterráneo.

Y a pesar de todo logramos reunir en una mesa siete mundos venidos de tres continentes, sobre la cual se ofrecieron preciados presentes. Excepto en la estación cálida, jamás fueron tan amables las paredes blancas de la habitación cuya puerta no se sabe el tiempo que no cierra bien.

Mamá es un hada madrina con pijama de punto.

Feliz Navidad.


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jueves, diciembre 23, 2004

El regreso fue por un camino largo y desierto de sol. Volvimos en la compañía de R. medio adormilados y contentos. Apenas hablábamos; la verdadera amistad respeta tanto la conversación como el silencio. A veces el aire se impregnaba de un olor balsámico, potente y penetrante. Justo en ese momento nuestra piel se volvía rayada, a franjas de luz y sombra, y enseguida sabíamos que pasábamos por un bosque de eucaliptos, altos y espigados, de troncos rectos y delgadísimos en su mayoría, todavía jóvenes. El suelo, tapizado de helechos oxidados, no permitía adentrarse mucho. Ya no quedaba nada de aquel lugar junto al río cuajado de robles con troncos cubiertos de una manta musgosa, erguidos sobre un tapiz de hojas doradas con bordes ondulados que parecían esmerados recortes, como si aquella visión hubiese sido un hermosísimo sueño del que se despierta con pena.

Subimos los tres a nuestra buhardilla, "el palomar", como yo lo llamo, siempre caliente en invierno y en verano, y miramos fotos, cuadros y libros, mientras la luz entraba sin descaro por las ventanas del tejado. Tomamos café, estábamos algo cansados. Creo que fuimos felices.


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miércoles, diciembre 22, 2004

La habitación que nos asignó R. estaba en un primer piso, encima de lo que era la cocina familiar. En aquellos días tan fríos se agradecía el calor que ascendía de la lenta combustión de la leña en la cavidad de hierro fundido mezclado con la temperatura humana que proporcionaban las personas sentadas alrededor de la mesa en agradable tertulia, algunas de ellas entregadas a la labor de bordar paños. Cogían silenciosamente los hilos de una caja cuadrada de hojalata, con dibujos de lirios simétricos color crema que se disponían alrededor de una leyenda que indicaba de qué había sido recipiente; Tejas y Cigarrillos, ricas galletas hechas con mantequilla, clara de huevo y almendras que pudimos probar animados por la amabilidad de M.

Aquella habitación de aldea tenía un aroma que no olvidaré, muy parecido al que, con las primeras heladas, tenía la casa de Petín y todo el aire que envolvía el pueblo. Olor a madera, a humo y a frío, que dejó impregnada toda nuestra ropa y enseres hasta que regresamos a casa. El cuarto estaba dispuesto del mismo modo que mi habitación de niña en el pueblo, el armario con espejo a un lado, frente a la ventana con cortina que le ofrecía su presencia para ser reflejada desde el amanecer. Incluso me pareció que aquel espejo era tan favorecedor como el de mi habitación, donde todo el mundo se veía más esbelto y bien parecido y en el que la abuela presumía con el traje de los domingos.

Cubriendo la cama, una colcha abrigosa semejante a un herbario de gran variedad de plantas con flores, o a una colección de dibujos extraídos de frascos de farmacia con remedios medicinales. Entre el cabezal de madera, cayendo desde el centro, un interruptor de perilla. Sobre las mesillas, alguna imagen sagrada. Si no fuera porque me desperté a tu lado, hubiera pensado que comenzaba un nuevo día en el cuarto de Petín, entre sábanas de algodón crujiente heladas al principio, tiernas y tibias como abrazos llegada la mañana.


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sábado, diciembre 18, 2004

Berdeal

En medio de un paisaje ondulado y sereno, apenas interrumpido por las vallas de madera que separaban los prados, estaba la casa de R., levantada con láminas de pizarra superpuestas con la gracia irregular de las construcciones rurales. Había alrededor algunos gatos amarillos escapando silenciosos y desconfiados a nuestra llegada, paciendo un caballo de terciopelo negro que comía manzanas de su mano como recompensa a su llamada después de atravesar a trote lento el espacio helado, rodeando el terreno un seto de acebos de hojas brillantes como el raso. Y, sin embargo, el mundo parecía haberse detenido, a no ser por los pájaros que, inquietos, se posaban aquí y allá. Verderones, petirrojos, mirlos, urracas, lavanderas, daban fe de que la vida continuaba, aunque casi no hubiera importado el estado en que nos encontrábamos, tal era el bienestar que enseguida nos inundó. Nos quedamos quietos nosotros también. Dijiste: ?¡qué silencio!?, cuando en realidad no era más que la atención que prestamos a sonidos que provenían de todos lados: el viento, el agua de los pozos, los movimientos tranquilos del ganado, los gritos de los pájaros, alguna conversación oída a lo lejos, los pasos de alguien sobre la tierra de un camino. Creo que el silencio jamás hizo posible los sonidos como en aquel instante en que nos detuvimos frente al prado a medio segar. Creo que el mundo nunca fue tan verde ni tan claro como en aquel momento.


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viernes, diciembre 17, 2004

Tengo tantas cosas que decir que no sé por dónde empezar. Por eso apenas escribo.


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Gratitud III ad infinitum

A G., por su ternura y amor incondicional.
A todos aquéllos que me habéis ayudado a recuperar la alegría.


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miércoles, diciembre 15, 2004

Gratitud II

A Rafael, por todo.


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martes, diciembre 14, 2004

Y aquel poema era éste:

ESPERANZA

Sé que nunca podré decir lo que siento
Porque no es dominio de las palabras
Pero, al menos, cada ciertos pasos
Posaré el peso que aplasta mi corazón
Para poder seguir caminando más adelante

Tengo la esperanza de que un viento frío y limpio
Barra las últimas hojas de este otoño
Llevándose todo,
Que transforme el paisaje
Y deje un lienzo blanco y virgen
Dispuesto a ser pintado

Entonces pasearé por el jardín con mi cuerpo transparente
Recién nacida
Y te prestaré mis sentidos
Para que nazcas de nuevo tú también


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miércoles, diciembre 08, 2004

Gratitud I

Siempre pensé que cuando tuviese un trabajo más o menos decente, les regalaría a mis padres un viaje a algún lugar que les hiciese ilusión, en calidad de agradecimiento por todos aquellos junios o septiembres que hasta bien llegada la adolescencia nos llevaron a conocer un poco de mundo, lejano o cercano, pero desconocido en cualquier caso.

Fuimos en muchas ocasiones a Barcelona, ciudad que representa, como ya he contado alguna vez, una parte vital para muchos miembros de la familia. En aquellas visitas descubríamos cosas que mis tíos, en toda su vida allí, no sabían ni que existían ni tenían el más mínimo interés por saberlo. Le decían a papá: "¡Qué bien vives, Faustino!", porque sabían que nos parábamos a visitar una ciudad de camino, normalmente Burgos, y dormíamos en un hotel bonito, y nos permitíamos comer en restaurantes y visitar museos, y papá llevaba pantalones de crêpe príncipe de gales o de gabardina amarillo mostaza y polos azul celeste, mientras que ellos vestían bañador y llevaban el pecho al descubierto. Pero parecían olvidar que vivían en chalets de la Costa Brava, que las primas, cuando estaban deprimidas, salían a comprar perfumes y cosméticos carísimos, que tenían tres o cuatro perros de caza, que siempre había cava en la comida, un buen coche en el garaje y una sala de juegos con billar a tres bandas.

En casa nunca faltó de nada pero lo cierto es que no nadábamos en la abundancia. Aquellos viajes eran como un regalo exquisito que nos sirvió a todos para aprender a ser un poco nómadas y saber que hay otras gentes y otras cosas en otros lugares que no hubiésemos alcanzado a imaginar. Un regalo, digo, porque había cuatro niños que cuidar. Lo mismo que otros eligen tener todo tipo de cosas, mis padres nos ofrecieron vistas de paisajes, ciudades y caminos. Cuestión de preferencias. No por ello nos planteábamos siquiera que era ser menos tener un Diane 6, compartir las habitaciones de la casa de dos en dos, heredar ropa y libros, cambiarnos los juguetes o ir al cine juntos muy de vez en cuando.

El regalo que yo quería hacerles ya no puede ser posible porque papá ya no está y quería que fuese para los dos. La paga no me había dado para más que un par de zapatos que me gustasen. Ahora, ni eso. Pero pretendo, como en un poema que escribí hace unos años, regalarles mi mirada y mis sentidos cada vez que mis ojos descubren un lugar.


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viernes, diciembre 03, 2004

Zapatos II

A menudo el tipo de calzado va en concordancia con el tamaño del pie. De niña llevaba merceditas con bordes en diminuto festón, de piel suave en color azul marino. En verano, sencillas sandalias rojas. De adolescente, bailarinas negras de cabritilla con un pequeño lazo de pasamanería en el centro del empeine o zapatillas de lona blanca con cordones y piso de goma grabado con granos de arroz. Luego me gustaron los zapatos de piel vuelta con bordados, las hebillas laterales plateadas, los de cordones color whisky con agujerillos formando dibujos, las zapatillas de algodón y de esparto? y de nuevo merceditas, bailarinas y sandalias?

Me parece que un poco de tacón resulta cómodo y hace bonita una pierna. Confieso que jamás he llevado zapatos con tacón de aguja y que de niña me encantaba leer Las zapatillas rojas, aunque el final del cuento me parecía desolador.

He visto unos preciosos zapatos que me gustaría que me trajesen los Reyes aunque no sé si eso va a ser posible. Son de piel vuelta color rosa viejo, blandos como imagino las nubes, con graciosas flores estampadas en colores cálidos y vivos.


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Zapatos I

A pesar de mi afición por caminar descalza, me gusta mirar zapatos en los escaparates. Me fascinan por lo que tienen de arquitectónico y a la vez de artesano. Me gusta mirar también los pies calzados de las personas, viejos y viejas, señores y señoras, jóvenes y niños. También me gustan los gorros. Zapatos y gorros; es como ir vestida de pies a cabeza, y nunca mejor dicho.

Sé que no me conformaría con llevar algo que no me agradase en los pies. Los zapatos deben tener la misma importancia que le damos al hecho de andar, son esa especie de almohadilla para los cimientos de nuestro propio cuerpo, un edificio flexible que no puede caerse aunque esté en movimiento. Por eso les exijo un mínimo de calidad, no tanto a un jersey, a una camisa o a cualquier otra prenda, exceptuando quizás unos vaqueros. Los zapatos deben ser cómodos y durar mucho, de otra manera, estrenar zapatos a menudo, me hace pensar en un cierto desprecio por la prenda, que más bien responde a moda y no a calidad, y supone un suplicio para el que ya se había acostumbrado a los viejos.

Imagino que hacer un zapato es, en cierta manera, como elaborar una joya con un perfil determinado. Las diferentes piezas que lo componen, la elección de los materiales, los pespuntes, las tiras, las plantillas, los adornos con gracia, el piso, los colores, pueden convertirlos en objetos preciosos.


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