Herbario


lunes, noviembre 29, 2004

Después de comer, en ese momento en que ataca un sopor tan agradable que a veces lleva hasta el sueño, me puse a ojear un catálogo de un hipermercado que encontré por la mañana en el buzón y que hablaba de algunos vinos y sus características, algo así como una pequeña guía gratuita. Me gusta observar las cualidades de los vinos, su color, los tipos y nombres de uvas que los componen, el aroma, los sabores tan diversos que puede contener un solo trago de principio a fin, hasta el diseño de las botellas o las etiquetas. Por supuesto también me gusta probarlos, del norte al sur, de levante a poniente, de otros países. Entre el dulce sopor que me asaltaba y la factura sumamente agradable de lo que estaba observando, sumado todo ello a más de una evocación que se manifestó sin que la llamase, pensé en un momento que a papá le gustaría tener aquella guía, que se la llevaría cuando fuese a Galicia a verlo, y entonces, como en esos sueños que aparecen vivas y sanas las personas que ya han muerto, la neblina de mi mente me hacía pensar en él, casi hasta el convencimiento de que seguía cultivando sus aficiones. Y antes de quedarme definitivamente dormida, algo me dijo con una punzada dolorosa, que la realidad era otra.


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Hoy hemos empezado a pintar con témperas en el colegio. Como paleta, le di a cada niño un recorte de cartón, en el que pusimos una buena mancha pastosa roja, otra azul y otra amarilla. No dejé de repetir que había que coger de allí los colores porque cogidos directamente de los botes seguro que los iban a manchar. No sé por qué tendencia los niños hacen casi siempre lo contrario, debe de ser por el atractivo de lo prohibido. Quizás convendría señalarles lo contrario para que hiciesen lo que nosotros pretendemos. Pues bien, en cuanto dejé a un grupito pintando y me fui a explicarles a otros, me doy la vuelta y veo unos cuantos botes, antes de colores primarios puros, tan contagiados de otros colores en mezclas heterogéneas que habrá que hacer esfuerzos para que se parezcan al menos un poco a su color de origen. Encima, el que se encargó del mayor desastre utilizó los colores del niño que tenía al lado. Eso sí, creo que disfrutaron como nunca. Pincel en mano, nadie tuvo ocasión de soltar ninguna torta a otro.

La única que temía el final de la clase era yo misma. Los mandé salir corriendo al patio y decidí colocar delicadamente las obras maestras, todavía mojadas, con la pintura mordiente, encima de las mesas, no menos coloreadas que las hojas para pintar. Observé que muchos eligieron pintar en el cartón y no en su block, lo cual no me pareció nada mal. Seguro que pensaron que aquel tamaño era más asequible al tamaño de sus manitas o de su visión. Luego apilé unas cuantas sillas diminutas y el suelo, libre de muebles, reveló el resultado de la batalla...


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Normalmente no me motiva limpiar la casa, así que en ese ?mañana? que decía, no seguí en vena. El resto del trastero queda pendiente para otro día. Ya veré cuándo?

Y no es que sea desordenada, al contrario, sobre todo desde que vivimos aquí; en una casa pequeña es preciso ser un maestro del almacenaje, de otro modo eres tú mismo el que puede acabar fuera.


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lunes, noviembre 22, 2004

Como no puedo desempeñar mi trabajo y paso casi todo el día en casa, me he puesto a ordenar nuestro trastero. He invertido al menos unas dos horas hoy, lo que no significa que ya haya acabado. Todavía faltan muchos estantes que mirar y muchas cosas que almacenar para llevar a reciclar o simplemente tirar a la basura. La limpieza es uno de esos trabajos en los que nunca, a ojos de los demás, es directamente proporcional la presencia final de lo que se limpia con el esfuerzo de quien limpia. Llama mucho más la atención el orden, aunque los ácaros tomen el sol en todas las alfombras de la casa, las telarañas se hagan con cada esquina entre techos y paredes y el parquet deje de brillar.

Como no soy una obsesiva de la limpieza, no me levanto a las ocho para tenerlo todo a punto, solamente lo justo si ha de venir alguien a una clase particular . Ni que decir tiene que el trastero se va limpiando poco a poco desde que vinimos a vivir aquí, y, como el piso es alquilado, a veces descubrimos, medio escondidas, algunas ?joyas? de propietarios anteriores o incluso de la dueña del inmueble. En una balda sobre el dintel de la puerta, encima y de espaldas al que entra, en la parte de atrás hay una lámpara como la del pasillo y, al lado, un paragüero tumbado de cobre.

Mañana continuaré, si es que sigo en vena?


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Todavía me encuentro bastante mal. Mañana tengo una nueva consulta con mi médico habitual, que es una persona muy seria, pero que en comparación con el otro que me atendió, es la dulzura personificada. Tengo que pedir un parte de baja porque hoy no he ido a trabajar, y veré si todavía tengo que seguir recuperándome hasta que esté del todo bien. Me temo que tengo para unos cuantos días más, haciendo pequeños progresos cada día. Al menos he llegado a un punto en que ya noto que los antiinflamatorios me van haciendo efecto. Pero por otro lado ahora tengo mucha tos y muy seca y el esfuerzo me produce embotamiento en la cabeza y los oídos.

Irse recuperando después de la enfermedad es algo así como redescubrir el mundo. Algunas sensaciones que no apreciamos estando sanos las echamos de menos cuando no lo estamos, y, en el momento que vuelven a aflorar, nos parecen completamente nuevas y hasta nos encantan. Tan sólo hace un par de días empecé a recuperar mi olfato. Me di cuenta de ello al acercarme a ti; noté que la chaqueta de tu pijama olía deliciosamente a melocotón. Un día antes ni siquiera era capaz de percibir el aroma de las hojas de eucalipto que puse en infusión para hacer unos vahos. Era como una especie de ceguera olfativa que se fue, y se va, disipando paulatimente. Ayer en un baño caliente noté cómo el vapor despejaba mi nariz y mi garganta y volví a apreciar, como la primera vez o más si cabe, el aroma agridulce de un gel de naranja de Marruecos. Me imagino que ha sido algo así como la impresión de que a alguien lo operen de cataratas y asista al espectáculo que supone la nitidez de lo real, o como cuando un miope mira por unas lentes con corrección.


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jueves, noviembre 18, 2004

Después de unos días con muchas molestias en la garganta y sin que el dolor remitiese, me he visto obligada a hacer una visita al médico. Esta mañana me encontraba muy mal, y ya ni me molesté en pedir cita, ya que es una hazaña que te cojan el teléfono y además, que a ciertas horas, te la den para el mismo día.

Tenía que ir contigo porque te necesitaba como intérprete, pues no he podido, ni puedo, articular palabra. Cuando hablaste con una de las administrativas me hizo cubrir un impreso para pasar enseguida a la consulta. Y quizás no se tratase de una urgencia, pero yo no podía saberlo porque desconocía incluso el diagnóstico. Lo digo porque el médico de guardia, que además apenas tenía pacientes que atender -nunca había visto el centro de salud tan vacío-, se me puso como un basilisco nada más entrar en su sala desordenada, hasta con dedos marcados en los pocos cuadros de las paredes. El tipo me pareció desagradable, de piel amarillenta, un viejo cascarrabias de mirada severa que ya debía estar harto de trabajar y la tomaba con los pacientes. Le indicaba la garganta con la mano y él insistía en que hablase, pero tenías que hablar tú por mí. ?Siéntate ahí?, dijo de manera autoritaria y seca, ?abre la boca? tienes una buena faringitis y una laringitis aguda?. ?Vamos a ver quién eres tú?, y buscó mi ficha en el ordenador como a regañadientes. ?Ah, vale, es que tú vienes aquí, después de unos días, además, para pedirme que te vea lo que tienes y yo no debería de darte una receta, ni la baja, ni nada, eso debe de hacerlo tu médico, que, por cierto, empieza la consulta dentro de un par de horas?. ¡Cómo si yo lo supiera?!

Salí alividada por haberme librado de él y por saber lo que pasaba, con una receta en la mano de antiinflamatorios y la prohibición absoluta de hablar aunque fuese en susurros, como me iba defendiendo hasta ahora. Me acompañaste también a la farmacia y luego, me preparaste la comida, me trajiste miles de pañuelos y caramelos, me pusiste al lado una libreta con un bolígrafo y me abrazaste fuerte fuerte. Y aunque está claro que necesito antiinflamatorios, también necesito calor.


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miércoles, noviembre 17, 2004



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Siempre le encuentro gusto a una cama cómoda y bien vestida excepto cuando estoy enferma. Supongo que será porque cuando tenemos salud no estamos todo el día remoloneando y nos saben mejor los bocados cortos de relax, de libro y de siesta, mientras que al estar enfermos, quedarse en la cama es casi como una obligación que se puede extender a todo el día, con la salvedad de escaparse furtivamente al cuarto de baño o a coger el teléfono si alguien pregunta por nosotros.

Sé que no todo el mundo piensa lo mismo que yo en este sentido. Mamá nos inculcó desde pequeños que no por estar enfermos debíamos guardar cama si en contrapartida nos abrigábamos bien y evitábamos las corrientes de aire que pudiesen generarse entre dos puertas abiertas. Así nos reuníamos los cuatro niños, casi siempre enfermos a la vez, de gripe, de paperas, o tocados por alguna otra epidemia, en la pequeña salita, donde estábamos calientes y donde podíamos ver los dibujos de la tele. A determinadas ?horas pico?, como dice mamá, nos subía la fiebre, pero al menos no nos aburríamos dando vueltas y vueltas bajo las sábanas.

Es muy tarde. A estas horas debería estar durmiendo pero no tengo sueño. Me acosté y no hice más que dar vueltas y vueltas bajo el edredón. Me aburría. Estaba incómoda. Llevo todo el día sin salir porque me duele la garganta y tengo una afonía total. He venido a escribir arropada bajo una manta provenzal color azul con dibujos de girasoles. ¡Qué difícil es cambiar las costumbres que hemos adquirido en la infancia!


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lunes, noviembre 15, 2004

Como hoy no puedo utilizar mi voz, a riesgo de forzar mi cada vez más endeble garganta, hablaré con las manos. La escritura me permite romper el silencio, si es que alguna vez éste ha existido al mismo tiempo que nuestro pensamiento. Utilizo los dedos sobre estas letras como lo haría sobre las teclas en blanco y negro de un piano, con ritmo, con todos los dedos, los de la derecha y los de la izquierda. Ambas cosas no parecen tan diferentes cuando las palabras tienen su propia melodía y la nomenclatura sajona utiliza letras para referirse a las notas, tonos, escalas e intervalos.

Pero además de escribir, la manos pueden hablar acariciando o golpeando, según la intención, con gestos que entienden los que no pueden o no quieren oírnos de otra forma.

Las manos cuyos movimientos acompañan y apoyan la cadencia y la intención de una conversación, hacen temible a quien quiere herirnos y amable a quien nos acoge en un abrazo. Sin decir nada, lo dicen todo. Hablan además de la finura o tosquedad del cuerpo, de la calidad de la piel, de las distintas razas y épocas, de la alimentación y de la edad, de la profesión del individuo, de la riqueza y de la humildad, del cuidado o del descuido.

Me gusta mirar manos, pequeñitas y grandes, zafias y delicadas, alargadas o cortas, me gusta tanto como mirar a los ojos.

El lado árabe de mi familia tiene manos hermosas. Papá tenía manos pequeñas de dedos largos, bronceadas por el sol, suaves y templadas, con uñas proporcionadas de tono rosado. Un gen dominante ha hecho que todos los hermanos heredásemos esas características, ya que mamá tiene manos grandes de dedos rechonchos. Cuando se casaron, el cura se confundió al colocarles las alianzas. La de menos diámetro era para papá, no para la novia. Y, cuando era más joven, un escultor tomó su mano como modelo para la imagen de una virgen.


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domingo, noviembre 14, 2004

En este lugar no es tan fácil encontrar la coyuntura entre la caída de la hoja y el día soleado, aunque a veces sí que se produce y, cuando ocurre, todo parece dorado y brillante, bello como algo que nos parece irreal de tan maravilloso, fascinante como las cúpulas de algunos edificios de Viena recortados contra el cielo de un azul doloroso.

Temo que todas las hojas de los árboles se hayan caído y no haber aprovechado la oportunidad de llenar una caja con un montón de ellas, secas, coloreadas y crujientes, bonitas como estrellas. Ocurre que, cuando llueve, no me da por cogerlas, no tienen una consistencia agradable para ser guardadas, pero sí para adornar las aceras como si fuesen el resultado de un delicado ejercicio de découpage, recortes de colores que van desde el verde amarillento al rojo ciruela y al morado, y que presentan, por efecto del agua y el reflejo de la luz de las farolas, encendidas cada vez más temprano, un aspecto parecido a una pátina o un barnizado practicado a muñequilla sobre un mueble.

Mientras haya hojas todavía colgando de las ramas, pervive mi deseo y esperanza de cosecha, sobre todo porque me gustaría que las viesen mis pequeños alumnos de pintura y que supiesen que las hay en forma de mano o de pata de palmípedo, de corazón o de estrella, grandes, pequeñas y diminutas, y que poseen venas y nervios como nosotros mismos, y como cuando son más hermosas están muertas, es bonito dejar su huella pintando el envés con gouache y grabándolo, como un sello, sobre un folio.


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Da la casualidad de que tres de mis alumnos de francés han empezado este curso a estudiar italiano. Dos de ellos, de doce años cumplidos hace muy poco, acuden juntos al instituto y se sienten fascinados con la nueva lengua, que ?se parece a veces sorprendentemente al francés?, me cuentan con ilusión e ingenuidad. ?Domani es como demain, finestra es como fenêtre, y c?è es como c?est, o parecido?. El conocimiento de lenguas variopintas lleva al conocimiento de retales de mundo y a saber que, de repente, nos hayamos en estado de parentesco con algunos vecinos que hablan de manera semejante. Saber lenguas es como tener una parte más de mundo conquistado desde nuestra propia persona, una manera de crecer que trasciende a lo físico y que enseña a aprender a establecer lazos con otros hablantes y mostrarles lo nuestro, y mezclar individuos, paisajes, mares, monumentos, horizontes y climas para llegar a ser, cada uno, el más rico de los hombres.

El otro alumno es algo mayor que los del instituto, pero no por ello menos ilusionado por la novedad. Me cuenta lo mismo sobre las semejanzas entre el francés y el italiano, y se nota que disfruta haciéndolo, como si, por su parte, quisiese devolverme agradecido mis momentos de docencia dirigidos a él, enseñándome a mí algo que, en parte, desconozco. Digo "en parte" porque, de la misma manera que ahora me apasiona lo francés, tuve una época de auténtica debilidad por lo italiano. Si he de citar un amor platónico en mi vida ése ha sido E. Ramazzotti, aquel cantante que descubrí al principio de la adolescencia y de quien, ni yo misma sé cómo, tenía todos sus discos en italiano, cuyas canciones conocía al dedillo de tanto escucharlas, a pesar de que no venían escritas en ningún lado. Me sonrío a mí misma cuando veo a Ramazzotti en algún programa y enseguida siento que el alma se me transforma en aroma de primavera.

Me gustaría saber qué impresiones tendrían mis alumnos si un día pudiesen estudiar latín, ahora que ya es difícil entrever la asignatura en el sistema escolar y hasta en las carreras de letras denominadas filologías romances.


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jueves, noviembre 11, 2004

El día que me esperabas, traía un riconcito en la maleta que bien pudiera tener tu nombre, a juzgar por la naturaleza de los regalos que te iba a entregar con todo mi cariño. Dejé las sorpresas para el final, cuando la luna ya alumbraba en el cielo, como si quisiese alargar hasta el infinito el momento de estar en tu compañía. Los regalos podrían llevarte un poco de mí aquella noche, hasta la mañana siguiente, en que pasarías a buscarme para salir a pasear, conmigo de tu mano, por la playa helada.

Entre algunos jerseys de cuello vuelto y los zapatos orientales, aquéllos bordados con rosas que compré en la zapatería Princesa con uno de los primeros sueldos como correctora en la editorial, había un frasco transparente de marron glacé, una caja suiza de hojalata que contenía lápices de colores acuarelables, un pedacito de música francesa y el libreto de La flauta mágica.

También era evidente que en aquel rincón pudiera haber puesto mi nombre, ya que no hago regalo que no me agrade y refleje mis gustos. Pero a veces el equilibrio no es posible, esa intersección de lo que nos agrada, como en ocasiones no es posible que dos personas se entiendan. En esa cuerda de trapecista -la química que llaman algunos-, debe de sostenerse, quizás, la continuidad del amor.


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Una tarde de hace unas semanas recibí una llamada. Era de la clínica dental; me tocaba la revisión anual.

Cosa rutinaria, pensaba yo, como el año pasado, una mínima limpieza si acaso. Pero me empezaron a mirar y tenía dos caries incipientes, necesitaba una limpieza completa y, lo peor, tienen que abrirme los extremos posteriores de las encías de abajo, a uno y otro lado, para sacar dos muelas del juicio que salen, o están a punto de salir, sin juicio alguno. Sólo tengo una muela del juicio que ha salido como debe de ser.

Necesito una radiografía de toda la boca para descartar que, hurgando, me pillen algún nervio o algo ?que duela mucho?. Pero todo eso será más adelante. Hasta entonces tengo tiempo de mentalizarme. Le decía yo a la higienista: ?menos mal que pertenecemos a esta época con estos aparatos y anestesia. De no ser así, quizás tendríamos que llevar dentaduras de madera u otro material duro?, a lo que ella contestó que era cierto, que es un privilegio el ?dentista sin dolor?, y que en realidad no hace tanto tiempo que existe. ¡Menos mal!

Hemos empezado por el principio; la limpieza. Es la primera vez que me hacen una; realmente no lo había necesitado nunca. Al mismo tiempo notaba cómo estaban observando mis dientes. En cierta manera parecía un ratón de laboratorio. Tras la limpieza, después de una pequeña radiografía, una placa oscura más pequeña que una tarjeta de crédito, entramos en la sospecha de un canino de leche; ?por algún lado debe andar el otro, el grande?, me dijeron. No sé qué harán conmigo, me dejo hacer por mi bien?

He oído decir que cada vez tendemos más a tener menos piezas dentarias, ya que nuestra propia evolución nos indica que no necesitamos desgarrar y masticar tanto los alimentos como los hombres de las cavernas. No deja de ser un consuelo pensar que pueda ser una persona más civilizada, aunque, pese a ello, me queden algunas visitas al dentista en lo que queda de mes y me dejen el bolsillo temblando, y no de frío, justo antes de comprar los regalos de Navidad.


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lunes, noviembre 08, 2004

La parafernalia de la Iglesia Católica, en lo que tiene que ver con la muerte, es de una estética sumamente macabra, de pavor para sus fieles y los que no lo son. El pueblo, aún encima, contagiado de este temor, añade su toque personal llenando los cementerios de flores de tela o plástico de tonos chillones e irreales.

Nunca le he llevado flores a papá. Su cuerpo permanece en un lugar rodeado, cuando es tiempo, de amapolas, cerezos e higueras, donde se oye el apacible canto de las tórtolas y la alegría de las golondrinas. Tengo dos cantos rodados cogidos no muy lejos de allí que quiero limpiar de tierra y pintar de colores para colocarlos junto a él. Quisiera también escribir en una superficie aquel poema?

DESCANSO

Ya no llores más
Porque a partir de ahora
Duermes serenamente
Bajo sábanas leves azules
Bordadas de golondrinas

Hay manojos de amapolas frente a ti,
Entre las que yo jugaba siendo niña,
Y ramas cargadas de cerezas y de pájaros,
Y rincones secretos de flores inéditas,
E higueras que huelen a leche pegajosa

Y el río al fondo, reflejo eterno siempre hermoso,
Agradecido por todo lo que fue tu vida

Ya no podré verte sino es cerrando los ojos, apretados,
Yo que tanto te quise,
Ángel de mosto y arcilla


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jueves, noviembre 04, 2004

Acudí al cementerio por respeto y cariño a mamá cuando se celebró la misa de difuntos. Resultó que mamá y yo quedamos separadas por la multitud y pude observar su semblante sincero siguiendo el ritmo de las oraciones. A veces cerraba los ojos y demostraba tal intensidad en el gesto, que casi hacía entrever lo que estaba pensando. A poca distancia reposaba el cuerpo de papá y los abuelos, según indicaban sus nombres sobre las lápidas, adornadas con claveles rojos. Hace tiempo que murieron los abuelos. Sobre todo pensé en papá, pero lo hice con más intensidad en otros momentos que no tenían que ver con aquella ceremonia, donde tanta palabra hueca y tanta gente junta casi disipaban la intención de recordar, la grandeza y soledad de lo íntimo.

Por más que me esfuerzo no alcanzo a comprender por qué se hace de todo esto una fiesta, una fecha para descalabrarnos el alma, un motivo más para sentir nostalgia, e incluso pena, por aquello que fue.


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Aunque en esta ocasión no hemos podido quedar con O., sí hemos tenido la oportunidad de ver a M. y a F. Son dos personas tremendamente agradables, simpáticas y asequibles, con muchas cosas que contar y que ofrecer, no sólo a nivel de conocimientos y de asuntos que nos suenan a novedad, sino a nivel de calor humano, sencillez, afabilidad y entendimiento. Entre nosotros, en cada visita, por breve que sea, nunca falta un café entre palabras, bien en la calidez de algún lugar abrigado, bien en una terraza frente al río en verano mientras nos sobrevuelan miles de mosquitos escapando de los pájaros que van a por ellos.

En el pueblo hay un café nuevo que sustituye al antiguo Bar Perla, aquél de sillas desvencijadas y mesas con tapetes sempiternos cubiertos de moscas donde los viejos jugaban la partida desde la sobremesa hasta bien adentrada la tarde. El nuevo se llama Catro Camiños y en él se ha aprovechado un gran espacio antes inutilizado para poner un billar. Detrás hay una puerta que conduce a un patio abierto en el buen tiempo con higueras para resguardarse del sol. M. y F. nos hablaban con entusiasmo mientras escuchábamos con atención. No los veíamos desde el mes de junio y supongo que pasará un tiempo sin que volvamos a vernos, lo cual es propicio para mantener una conversación bien llena de cosas que contar.

M., igual que O., es profesora en un instituto. A veces siento que tengo mucho que aprender de su experiencia y de sus estrategias con los alumnos. F. es un apasionado de Roma. Nosotros, ambos, podríamos ser sus hermanos pequeños, pues nos llevan algunos años a cada uno, lo cual no es obstáculo para un espíritu libre que se deja enseñar constantemente y que enseña a los demás todo cuanto sabe. Con ellos el diálogo es más que enriquecedor, no así con la mayoría de los que todavía están en nuestra edad, preocupados por otros asuntos que les quitan o les otorgan sueño.

Tras un paseo por la orilla del río en calma y de habernos acercado a la estación para recoger a mamá, que llegaba en el tren de las seis y media, nos despedimos hasta el día siguiente sin mediar cita alguna, ya que en los pueblos no es necesario, puesto que todos se cruzan por las calles. Pero al día siguiente no nos vimos, por más que nos quedamos esperando hasta la noche rodeados de gente mirando las brasas que, a modo de luciérnagas intermitentes, cocían a fuego lento dulces castañas. Hasta la vista, entonces.


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miércoles, noviembre 03, 2004

Me temo que papá poseía todo el sentido de la estética y buen gusto del que mamá carece, aunque a veces, sorprendentemente, mamá nos deja pasmados con alguna elección de su propia cosecha. El color de la pintura elegida para la casa que está en reformas es realmente bonito y discreto; un siena cálido como la arcilla de la zona que armoniza con los muros de canto rodado. A la entrada, un banquito de madera de tres plazas con fondo para guardar lencería, hace más acogedora la pequeña sala abierta que da paso al espacio del salón, por mucho que los cojines que tiene encima recuerden la bandera de Suecia.

Sobre los sofás, algunos almohadones de cretona estampados con dibujos, de entre los cuales es posible distinguir con claridad al menos dos manos diferentes que los han elegido. Pero debo decir que la cortina, un visillo con entredós elaborado por ella, es una verdadera preciosidad. A través de los dibujos de la tela, excepto cuando el sol del mediodía ocupa todo el espacio y ciega la vista, se ve un patio alargado que separa dos casas, y una verja que lo cierra, y también otra casa con un ventanuco que, dices tú, da una luz hermosa por la noche.

Por otra parte, la habitación de dos camas donde dormimos mi hermana y yo si estamos las dos, ha vuelto a ponerse ?a su gusto?, aunque nosotras seamos las interesadas, de un modo imposible de describir, con tal de que los dos elementos permanezcan uno junto al otro separados por un pasillo, orientados en la misma dirección, a costa de tapar un armario o de comer espacio a una pared o al entrante de la ventana.

Mamá no estaba el día que llegamos. Elegimos la habitación que más nos gustaba y la convertimos a nuestro capricho. De mesita, la silla de respaldo lira adornada con una lunaria annua seca y tornasolada junto a la cual coloqué una lamparilla de tulipa. Al otro lado, la máquina de escribir del abuelo. Dispuse las mantas de manera que arrastrasen por el suelo. Dormimos juntos y acurrucados. Llovía y hacía frío. Hablamos largo y tendido sobre arte, reímos, ya no susurrábamos; no había vecino que pudiese oírnos.

Mamá llego al día siguiente. Pidió mi opinión, como de costumbre, sobre las cosas nuevas que había colocado en casa para aseverar, si yo demostraba disgusto, que la elección era de ella como de ella era todo lo que nos rodeaba. Aquella noche, "cada uno en su cama", me negué a ponerte aquella colcha fláccida, resbaladiza, fría, color carmesí, regalo de bodas de mi tía en los años sesenta que podría haber sido la envidia de Des Esseintes de haber estado hecha con seda y plumas.


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Por primera vez este año he notado en todo su esplendor el olor del otoño y eso ha ocurrido nada más tocar tierra con mis pies estos días en el pueblo. Como el aire es mucho más puro, además de hacer las vistas más nítidas, deja transparentar, como un visillo, los aromas que se esparcen por todas partes. Y eso que llegué con la nariz bastante tapada y los bolsillos llenos de pañuelos, ¡tan intenso se dejaba mostrar lo invisible de la estación! La sensación era el resultado de una amalgama de tierra mojada, de hojarasca crujiente, de sol tostado y tranquilo, de hierba fría y perenne, de calor de casa, de cena preparada en noche cerrada, de castañas asadas, vino rabiosamente nuevo y pan de leña en la madrugada.

Daba gusto observar que los marcos de las ventanas delimitaban un fragmento de realidad al modo de los cuadros pintados por artistas. Entre los márgenes y las caracolas negras de forja que sostenían los vidrios de la cocina, sorprendía ver una enredadera que había cambiado su color hasta el escarlata, desde el verde nuevo que tenía en verano.

Los álamos de las isletas del río lucían presumidos sus cabelleras rubias. Había muchas viñas pelirrojas y de poca estatura. Colores cálidos que descansan la vista y regalan al cuerpo un engaño que nos hace sentir a gusto mientras el frío comienza.


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