Herbario


jueves, octubre 28, 2004

Llevo todo el día sin salir. Ayer, después de haber dormido toda la noche con dolor de garganta, comprobé que estaba en la primera fase de un constipado. Como soy bastante propensa a que todo virus que vuela por el aire venga a visitarme, aquí estoy, sin ninguna novedad, sin nada que no me haya pasado antes.

Los constipados a mí se me presentan con varias fases. La primera consiste en el dolor de garganta y la voz rasgada, como si imaginásemos que un tigre la ha rozado con sus zarpas. Luego viene lo peor, la fase grifo, ésa en la que no pegas ojo porque debes estar pendiente del pañuelo. Por fortuna ya puedo respirar por la nariz, pero me duelen las sienes y los ojos y ha comenzado el tosiqueo, es decir, la fase tres. Mañana estaré mejor, fase cuatro o de empezar a ponerse bien.

Como ayer no tenía fiebre y sí algunas clases que dar, acudí al trabajo como de costumbre. Debía de tener muy mala cara porque algún alumno me observaba con extrañeza. Sobre todo temo que mi presencia haya sido causa de una epidemia que no ha hecho más que empezar.

Pero todo esto también tiene su parte positiva. Mi chico me sorprende con algún regalito, me pone una manta encima y me trae zumos de naranja y cucharadas de miel con aroma de eucalipto. Y no por mi catarro deja de darme algún beso. Si lo contagio, será un placer tener que cuidar de él.


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lunes, octubre 25, 2004

Lunes, luna, lunaria...



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En una clase de dibujo de hoy he explicado como se hace una espiral. Para ejemplificar les decía a los renacuajos que era algo así como un caracol, más grande o más pequeño. Luego estuvimos repasando el nombre de los tipos de líneas. No había problema para acordarse de verticales y horizontales pero cuando pregunté, señalando un dibujo, qué tipo de línea era la espiral, nadie se acordaba del término, aunque un niño de tres años, muy serio él, levantó su pequeña mano y respondió: ?yo lo sé, seño, se llama cáscara?.


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domingo, octubre 24, 2004

Domingo II

Ahora, y desde hace mucho tiempo, no voy a misa, y me quedo durmiendo las mañanas de los domingos, con el mismo placer que si no quisiera ir a una clase de gimnasia por pura pereza . Creo que al menos aquellos sudores tan incómodos han pasado a la historia. Es más, me gusta acurrucarme bajo el edredón y que me traigas el desayuno y me dés un abrazo y un beso varias horas después de que tú te hayas levantado, siempre tan madrugador.

El síndrome del domingo, como he dicho, no se ha esfumado del todo aunque quizás se ha atenuado. Pero reconozco que hay un factor que tiende a agrabarlo, además de que parezca que vivamos en una ciudad fantasma del lejano oeste; dicho factor es la programación de la tele. Los partidos de baloncesto en cancha cerrada me producen claustrofobia, la fórmula uno y las motos me aburren soberanamente, los de fútbol sala entre equipos de tercera, no digamos? Y el fútbol de primera, de segunda o de"champions", de sólo ver el césped, la somnolencia se apiada de mí y me deja frita en el sofá.

Y esas películas de sobremesa estilo Beethoven II, Dieciséis velas o The faculty, que además suelen estar repetidas, hacen que me enfurruñe pensando en otras miles que no les costaría nada poner y que a lo mejor sorprenden gratamente si aparecen inesperadamente en algún canal raro, minoritario, normalmente cutre, de esos locales con logotipo salchichero. La serie Rex, Buffi cazavampiros o Embrujadas me llevan directamente a la desesperación.

Pero, afortunadamente, los domingos siempre estás ahí, y a veces, de mañana, nos paseamos por el rastro y vemos los precios de las flores, los calcetines y los libros de ocasión. Por la tarde nos acercamos de vez en cuando al cine que está en la calle de arriba, como si se tratase de un cuarto de nuestra propia casa. Por la noche a veces se nos antoja una copa de amaretto con un gauloise. Y después de quedarnos felizmente dormidos después de haber hecho el amor sin preocuparnos del reloj, la lluvia nos vela mientras repica con suavidad en la ventana inclinada.

Se trata de sobrevivir; a la mañana siguiente ya es lunes.


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Domingo I

Durante toda mi vida he sentido lo que yo llamo ?síndrome del domingo?, y que podría definir como una ?sensación de angustia moderada que recorre el cuerpo y reposa en el estómago?, como de vacío dentro de uno mismo, ocasionado por un aire enrarecido discurriendo entre las calles desiertas, por la falta de actividad, por el rescoldo del sueño demorado que se prolonga toda la jornada sin saber qué hacer, por culpa de un aburrimiento desesperante e infinito.

Me irritaba sobremanera que de pequeños viniese mamá, católica convencida y con obligación moral de educar a la prole, a fastidiarnos los remoloneos en la cama dicho día para asistir a la catequesis, donde debíamos estar a las diez de la mañana, después de un buen paseo de media hora desde casa, ya que ir hasta allí nos parecía un mal menor en comparación con asistir a la parroquia más cercana, donde ?el pequeño? ?curilla joven de lengua viperina- y ?el grande? ?uno más mayor con rictus de santidad- decían las barbaridades que el fanatismo del Opus Dei les ponía en bandeja.

A todo esto había que añadir las prisas por entrar al baño uno tras otro a darse una ducha y conseguir un aspecto endomingado. A su vez, en la cocina hervía agua en una pota gigante donde se estaba cociendo una comida estilo potaje, cocido o caldo. Y entre el baño rápido entre vapores y la humedad del vaho condensado en la cocina, aunque fuese el mes de enero, me sentía sudorosa, como después de una carrera pero sin la satisfacción que proporciona ésta. Ni siquiera podía notar el frío por la calle de camino a la iglesia porque íbamos a trote veloz. Y una vez allí, la calefacción excesiva y las peroratas de los catequistas acababan por arruinarme la vida.

Esa etapa se extinguió hace tiempo, pero creo que me ha dejado secuelas que permanecen. Hace mucho que no quiero saber nada de iglesia ni de curia; me fastidiaron buena parte de los domingos que deseaba e imaginaba como días de plena joie de vivre.


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viernes, octubre 22, 2004



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Si tuviese que decir a qué animal te pareces más, diría que a un gato, y además de eso también tienes uno. Dicen que los animales domésticos acaban pareciéndose a las personas que los cuidan; yo creo que también puede ser al contrario, o que quizás, llegados a un punto de convivencia, acaban pareciéndose uno al otro de la misma manera, como una prolongación del ser con iguales o muy parecidas características.

Eres un gato por tu timidez e independencia. Si la presencia de otros te incomoda, recurres, por la cara, a la huida a tu paraíso, y allí te quedas largas horas entre cojines y música, entre el calor y los buenos alimentos. Pero a la vez también lo eres porque tienes la piel suave, porque te gusta acurrucarte en cualquier hueco que dejen las personas que has elegido para compartir tu espacio, porque tus ojos observan todos los detalles de las cosas y de las palabras. Me atrevería a decir que eres más que un gato; te gusta el vino, las gafas montadas en un hilo de metal, los libros, las artes, la filosofía y las prendas muelles.

Y tu modo de caminar es necesariamente lento y blando, como sobre zapatos de espuma; tu sombra hace más ruido que tus pies y remueve las hojas de las calles cada vez que sales a vagabundear por la ciudad antigua. Tu conversación silenciosa, pero elocuente, deja asomar tu refinada inteligencia, y te esmeras como nadie en la limpieza diaria de tu pelaje.

A veces eres taciturno y, la mayoría del tiempo, misántropo. No sueles ponerte de uñas, pero cuando lo haces rechinan siempre los dientes de alguien. Y tan susceptible, que al mínimo sonido o movimiento te levantas presto a ver lo que pasa -aunque mantienes tu posición detrás de una puerta-, o disimulas con los ojos medio abiertos y una oreja levantada para enterarte de algo que te interesa.

Y eres gato caprichoso y juguetón cuando te agrada la compañía. Como sé que me quieres bien, te acariciaré el lomo hasta que te duermas.


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Creo que hay pocas cosas que no solucione una ducha caliente y perfumada. Una vez dentro y, superado el primer escalofrío al pisar la cerámica de la bañera cuando el tiempo empieza a ponerse frío, me quedaría hasta que las yemas de los dedos se me arrugasen y tomasen el aspecto de una almendra tierna. Pero mi instinto ecológico me hace pensar que en otros lugares, no muy lejanos, tienen restricciones de agua, y en otros deben caminar hasta un río o un pozo que a veces no está cerca del poblado para traerse tan sólo la medida de un recipiente, a lo sumo dos, si no pesan mucho. Nosotros, sin embargo, lo tenemos muy fácil; basta con girar el grifo, graduar la intensidad, la temperatura e incluso la duración a nuestro antojo.

Lo de los dedos arrugados no lo he vuelto a experimentar conscientemente desde la infancia, cuando nos lanzábamos obligados a la bañera como si fuésemos bolsas de té sumergidas en una taza de agua caliente. Como nuestra casa era muy fría en invierno, nos quedábamos los cuatro hermanos en la salita de estar, la habitación más pequeña de la casa, apiñados unos contra otros, mirando los dibujos de la tarde del sábado, mientras mamá se preparaba a dictar el veredicto según el cual iba uno antes que otro al cuarto de baño, en función de las posiciones de la semana anterior. ¡Qué remolones nos poníamos entonces! No nos gustaba que nadie nos interrupiese aquella serie de Érase una vez la vida, donde los glóbulos rojos llevaban en una mochila burbujas de oxígeno y decían cosas como: "vamos al fémur", que entendíamos quizás mejor que los mayores. Pero, superada la crisis del baño, cada uno volvía de nuevo a la salita y, lejos del enfado, traía dibujada en la cara una sonrisa de bienestar. Mi hermana y yo decíamos que olíamos a nube.


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jueves, octubre 21, 2004

Tengo sueño y hambre, dos síntomas por los que se podría deducir mi estado de cansancio en el día de hoy. Y es que ayer tuve un día muy agitado: clase de francés en casa, clase de pintura con renacuajos, de nuevo clase de francés, y, por último, entrevista de trabajo en una academia de bellas artes muy conocida en la ciudad, en pleno centro, la misma a la que acuden los niños de los padres pudientes, o pudentísimos, todo sea dicho. La jefa ni siquiera sospechó que había acudido a su misma academia hace dos años y que no se hizo caso a mi petición porque quizás no había escrito en un papel titulado Curriculum Vitae que tenía experiencia enseñando lo que más me gusta. Sin embargo, esta vez, después de haber estado toda la tarde allí sopesando el papelito mecanografiado y actualizado, proponiendo las bases de mi trabajo mientras ella revoloteaba de vez en cuando por las obras que retocaban algunas paisanas, me convocó a dar una clase para los más pequeños el viernes por la tarde.

La clase está preparada. Primero vamos a hacer dedos trazando diferentes dibujos: líneas rectas, líneas curvas, espirales, zig zags, líneas mixtas, contornos, sombreados, figuras pequeñas, medianas y grandes, improvisaciones abstractas y figurativas y todo lo que nos venga en gana. Para un niño ni siquiera puede resultar fácil coger un lápiz correctamente.

En segundo lugar vamos a observar lo que ocurre cuando se mezclan los colores primarios y comprobar los contrastes entre los complementarios. Para ello tengo pensada una plantilla con frutas y colores que se corresponden. Una manzana roja y un limón amarillo darán como resultado una naranja; un limón amarillo y un aciano azul producirán una lima verde; de la mezcla entre la manzana y el aciano saldrá una berenjena morada. Por último, colocaremos en la misma cesta, en grupos de dos, la manzana y la lima, el limón y la berenjena, y el aciano y la naranja. Voilà!

En función de todo ello, sabré si el lunes comienzo allí como profesora. Alea jacta est, pienso, y, por supuesto, espero que también cuente mi esfuerzo.


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martes, octubre 19, 2004




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El año pasado, tras un suceso sumamente desagradable y de mucho tiempo soportando el malestar que llevaba dentro, decidí que mi vida tenía que cambiar en algo, como si quisiera que comenzase todo de nuevo. Y pretendí tomar otra actitud ante las cosas y recordar, esta vez con alivio, el pasado más reciente con respecto al resto de mi existencia. Pero lo que deseaba hacer no era cosa de un día, sino de mucho tiempo; tuve que comprender que la cura de una larga enfermedad también es larga. Y esa cura continúa y continuará?

Algunas de las cosas que significaron ese cambio fueron: mi decisión por cortarme el pelo, algo así como un deseo de dejar atrás lo antiguo, de extirpar lo que perteneció a otro momento; apuntarme a clases de yoga para mejorar mi estado físico y mental; acudir definitivamente a un especialista en el dolor psíquico; poner cosas encima de la mesa y aclararlas con mi madre, con la que jamás me he entendido bien; tomarme unas vacaciones en el pueblo; comprometerme a buscar un trabajo a la vuelta?

Todas ellas las he cumplido y permanezco con el pelo corto, con el mismo peinado que llevaba Jean Seberg en À bout de souffle (Al final de la escapada, muy mala traducción al español, por cierto). Respecto a lo demás, en poco tiempo pasé al grupo de avanzados en Hata-Yoga, todavía estoy a tratamiento con un médico, mamá me sigue reprochando que vivamos juntos sin estar casados y que la casa es muy pequeña, aquellas vacaciones fueron terribles, de lo peor que haya vivido, y, en el trabajo, vamos tirando, que no es poco. La vida, mientras tanto, continúa. Y Jean Seberg sigue ofreciendo por la calles de París el New Herald Tribune y viviendo en un cuarto con carteles de Renoir en las paredes siempre que queramos volver a verla en la película de Godard.


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domingo, octubre 17, 2004

Nunca pensé que podía escribir un cuento para niños, pero el otro día lo hice. Hace tiempo intenté escribir uno en gallego con ilustraciones propias, pero resultó que iban saliendo las ilustraciones y no el texto. Por lo cual no se piense nadie que es ?una cosa fácil?, ni que las ilustraciones ?las hace cualquiera?. No sé por qué se tiende a pensar que lo que va dirigido a los pequeñines no tiene complicación; precisamente se trata de conseguir algo muy sencillo, pero se requiere una elaboración absolutamente rigurosa.

Me costó un poco pensar el cuento. Sin embargo, apenas hilvanada la historia, me coloqué ante el teclado y las líneas fluyeron hasta el final. Pero el asunto no surgió de la nada, sino de que unos cuantos colegas (del latín cum legere, algo así como 'los que leen juntos', y nunca mejor dicho) decidimos hace unos meses crear una revista que decide una palabra para cada número, y sobre esa palabra, cada uno escribe lo que se le antoja. Y nosotros mismos somos los primeros en constatar nuestros progresos desde el número 0, y de animarnos, aunque sólo seamos unos cuantos incondicionales, -pues la revista admite la colaboración de cualquiera- a escribir el texto para el próximo número. Alastramundos es un proyecto estupendo del que aprendo día a día. Y de paso digo que la próxima revista está a punto de aparecer.


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jueves, octubre 14, 2004

La lámpara azul del vestíbulo lleva ya un buen rato encendida, desde que esperaba en casa, con el café preparado, a que llegaseis de la estación. Saliste a buscar a tu madre y enseguida estabais aquí. E. traía algunas cosas para sus ?nenos?, entre ellas, comida preparada para la cena de hoy y rosquillas caseras, de las que empiezan a saber estupendamente en esta época de jersey incipiente.

Tu madre es una persona encantadora. Me encanta que venga de vez en cuando a la ciudad, a nuestra casa, porque sé que le gusta ver a mucha gente por las calles y escaparates por todas partes. Para mí, desde que estoy contigo, es una segunda madre, y así lo siento además por el hecho de que la mía está un poco lejos.

Puedo confesar, y confieso, que nunca se me habían hecho tantos mimos como ahora. Salida del nido donde me crié, cada vez que vuelvo a él y me poso, mamá tiene algo especial para mí que no tenía antes. Puedo confesar también, y confieso, que, sin embargo, ahora soy más vulnerable que nunca.


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A partir del próximo día 18 de octubre comienzo a trabajar como maestra de dibujo y pintura en horarios fuera de clase para niños de tres y cuatro años. Quizás no exista trabajo tan gratificante para mí como éste, con el añadido de que lo hago bajo contrato de una empresa de servicios. Solamente he tenido oportunidad de firmar algo parecido en una ocasión, y el contrato sólo duró tres meses.

Eso sí, esta vez, junto a todo el papeleo, he tenido que redactar toda una programación con objetivos, procedimientos, materiales, etc. (que supongo que en realidad nadie lee hasta el final excepto una que lo escribe), para que parezca el asunto como ?más oficial?. Y me han dado unos papelitos con listas y cuadraditos para poner faltas y observaciones, y también fichas para cada uno, y hasta una carpetilla color añil. Me pregunto si habré alcanzado ya el nivel que se considera profesional.

A niños de tres y cuatro años con interés por la pintura no hace falta mandarles mucho, enseguida se ponen manos a la obra y empuñan lápiz y plastidecores. Lo que sí tendré que hacer es secar alguna lágrima de cocodrilo, separar a dos que se peguen una torta, reñir al que grite y contar alguna historia que los apacigüe cuando estén inquietos. Y, por supuesto, sospecho que me voy a reír bastante; aunque sea la maestra, soy como uno más.


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miércoles, octubre 13, 2004

Tal día como ayer, 12 de octubre, a mis nueve años de edad, me quedaba yo en casa tan a gusto en pijama porque no había colegio. Había ido tan sólo ese curso los dos días anteriores a aquel miércoles, ya que la familia había llegado recientemente a la ciudad y mis padres buscaron por todas partes plazas libres donde colocar a sus niños. Comenzado ya el curso hacía cosa de un mes, no sabíamos siquiera dónde estaba la parada del autobús. El desconcierto creció cuando entramos en el edificio. Me indicaron el aula que me pertenecía y llegué antes que la maestra, con lo que no supe qué hacer ni adónde dirigirme mientras mis compañeros me miraban con extrañeza. A mi mal acogida se sumó que se me situase al final de la clase, en el último sitio, en una esquina entre un ventanal y la pared del fondo, junto al único niño que permanecía solo y que no gustaba nada a los demás. Sin embargo, creo que fue la persona que mejor me recibió. Siempre me pareció que Suso, tal era su nombre, era un angelote que necesitaba un baño.

Aquel día entero en casa, en pijama, me produjo la misma sensación que alcanzar un refugio en una tormenta. Y la sensación fue tan placentera como si no hubiese querido ir al colegio un día de clase y mis padres me lo hubiesen permitido.


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domingo, octubre 10, 2004

Correspondencia V

He compartido por escrito mis vivencias con personas de aquí y de allá, más próximas o más lejanas, pero todas con algo en común conmigo, unas veces la amistad, otras el amor. Por otra parte, he escrito largas y apasionadas cartas de amor que no han sido nunca enviadas, y, de la misma manera, he recibido cartas de amor que no correspondí.

Pero también tengo cartas guardadas en cajones, reunidas con un lazo de raso rojo, de amor correspondido. Las largas cartas que nos enviábamos ya no son de uno ni de otro, sino de los dos, porque en esta ocasión hubo algo que hizo que nuestros caminos se encontasen. Y aquí permanecemos desde hace un tiempo, en el mismo espacio, los pliegos guardados con esmero en un rincón de la cómoda, que hablan al abrirlos como testigos de lo que fuimos, de lo que pensamos, de lo que hicimos, de lo que deseamos, según nuestra propia voluntad de recordar una palabra, un detalle, una fotografía, una despedida esperanzada, un reencuentro.

Llegaban a casa a veces sorpresas que recogía medio adormilada cuando mamá subía el correo o firmaba en la puerta la llegada de algún envío certificado. Recuerdo un marcador de páginas decorado con una acuarela; la cinta de Hiroshima, mon amour; el libro de Tatarkiewick que tanto aprecias; carteles formato tarjeta postal de Roma de Fellini y de Antoine Doinel; Pélleas et Mélisande de Debussy, que tú adoras y que nunca llegó a gustarme; el Concierto para piano nº 27 de Mozart con el que me dormía cada noche; el Canto a la luna de Dvorak; el "Dúo de las flores" de Lakmé, de Délibes? tantas cosas que no alcanzo a nombrar todas? Y siempre muchas palabras, pequeñitas, de tinta negra sobre fondo blanco que me hipnotizaban y me llenaban de alegría y que, a veces, de camino a la academia donde en ese momento estaba dando clases, releía en el autobús si es que había sitio para sentarse, mientras la lluvia se apresuraba a cubrir de gotas rasgadas los cristales y los árboles de las aceras ostentaban suaves y hermosas camelias.


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viernes, octubre 08, 2004

Correspondencia IV

Luego llegó el intercambio con personas de otros países, de otras culturas. Me gustaba, sobre todo, recibir cartas en francés, con sellos de la República o de dibujos para las Fábulas de La Fontaine. Cuando respondía, me esforzaba en escribir en la misma lengua de las cartas que llegaban, pero recuerdo que la primera vez que lo hice me costó muchísimo, aunque creo que me dejaba entender más o menos bien? El tiempo consiguió que obtuviese una buena expresión escrita en ese idioma. Y, entre unas cosas y otras, ahora soy yo la que enseña francés a alguna gente, sobre todo a niños y jóvenes.

Siempre había dicho que en cuanto tuviese dinero suficiente para viajar y supiese un poco de francés para defenderme, enseguida me iría a París, ciudad cuyo conocimiento siempre supuso un deseo en mi mente, desde no recuerdo cuándo. Y así fue. Yves y yo habíamos intercambiado muchas cartas. Las suyas llegaban desde Provenza, pero las de un tiempo provenían de la capital, donde había solicitado un puesto de periodista en el ejército para cumplir su servicio militar. Ocupaba su lugar en la École Militaire, en los Campos de Marte, cara a cara con la Tour Eiffel, distrito séptimo, orilla izquierda. Yo llegué a París al comienzo de un día del mes de julio, sin saber todavía los resultados de mis exámenes en la facultad. Él estaba esperándome en la Gare d?Austerlitz.


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martes, octubre 05, 2004

Correspondencia III

Nos conocimos a los trece años. Nos convertimos en confidentes a través de una correspondencia que duró más de diez años. Podría saberse la evolución de las vidas de cada una si se leyesen ordenadas nuestras cartas, y hacer un historial de dibujos, tarjetas postales y objetos varios que también nos intercambiábamos. Las dos vivíamos en Galicia; ella al norte, yo al sur. La vida y el azar hicieron que, en la veintena, coincidiésemos en la misma ciudad por la misma causa; dos chicos nos ofrecieron su amor y su espacio. Ahora vivimos en barrios próximos pero las cartas ya no existen. Las recibidas, algunos cientos, permanecen en una gran caja de cartón clasificadas por años. Cuando voy a visitar a mamá, alguna vez subo al desván, abro la caja y extraigo una de ellas. Al mismo tiempo extraigo un fragmento de nuestras vidas. La carta vuelve luego a su lugar: el pasado.


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sábado, octubre 02, 2004

Correspondencia II

Wifredo y Agripina eran nuestros tíos abuelos. Vivían en Barcelona en el Carrer Mallorca. Se habían prestado siempre a cuidarnos de pequeños cuando mis padres tenían algo que hacer. Mamá siempre dice que la tía Agripina es como una madre para ella. El tío Wifredo hace unos años que murió, pero hace años también, mantuvimos una correspondencia que viajaba periódicamente de Cataluña a Galicia y viceversa. Yo sabía que le haría ilusión recibir noticias nuestras a través de mí, y guardarlas en pliegos de papel en algún cajón. En cierta manera era como un mundo nuevo para él, como una ráfaga de aire fresco que entraba en su ático, del que ya no salía casi, si no era para ir a buscar una garrafa de agua de manantial gallego. Maniático a más no poder, se disculpaba de antemano si sus cartas llegaban tarde, sobre todo en épocas como la Navidad, y añadía que el servicio de correos andaba ?como una cafetera rusa?. Los sobres que yo recibía seguro que eran anteriores a mi fecha de nacimiento. Eran de aquellos que ya casi cuesta ver, excepto en el atrezzo de alguna película: sobres blancos engomados de papel de algodón con hebras grabadas en la superficie, membrete en pico, forro satinado de seda color azul grisáceo que proporcinaba un delicado sonido de papel de caramelo o de regalo al conjunto cuando se manipulaba. El tío Wifredo siempre escribía a máquina, algo que yo jamás he hecho cuando se trata de una carta. Me hizo ilusión enviarle más tarde las fotos de algún viaje y la mía de la orla con toga azul celeste. La tía Agripina se apresuró a colocarla en un marco de un espejo, tal y como hacían algunos con los actores de moda. Cuando iba a verlos a Barcelona, el tío Wifredo insistía en que tuviese cuidado, que había ?mucho navajero? y que ?igual me secuestraban?. Vidas paralelas y distantes unidas para siempre por líneas comunes.


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viernes, octubre 01, 2004

Correspondencia I

Desde muy pronto empecé a escribir cartas. Recuerdo que ya a los siete años enviaba tarjetas postales a mis padres desde campamentos de verano que distaban a veces más de mil kilómetros de casa. A la vuelta encontraba allí mis envíos con la novedad de un espacio superior matasellado que indicaba una fecha y un lugar.

En verano siempre tenía algún momento para intercambiar palabras escritas con alguna compañera de clase o con alguna vecina de mi edad que había dejado de ver por un traslado a otro lugar. Mientras tanto, hacía nuevos amigos con los que probablemente me cartearía más adelante.

El chico que por primera vez me dijo que estaría toda la vida conmigo era un chaval de Santurtzi que conocí un verano. Luego siguieron cartas entre nosotros con corazones atravesados, todavía dibujados con el trazo irregular de manos que acaban de entrar en la adolescencia pero que siguen siendo infantiles. Y en el exterior del sobre, al dorso y en la parte baja, indicaba siempre unas palabras mágicas para mí en aquel momento: ?corra, corra, cartero, que es para una chica a la que yo mucho quiero?, lo que llamaba la atención de mamá y le provocaba siempre una sonrisa. En otro momento de la adolescencia dejé de recibir aquellas cartas a partir de que en una enviada por mí contaba, como a un confidente, mi nuevo amor por otra persona, tanto tiempo hacía ya que no nos veíamos? La adolescencia es inconstante, egoísta, violenta e ingenua; lo que a ti te colma de alegría, a otros les parte el corazón. Y pasó el tiempo, mucho tiempo. Siendo ya estudiante universitaria llegué a casa al final de una mañana de clases, tan atestado el autobús que me hubiese desmayado si alguien no me ofreciese su sitio, y vi encima de un mueble una carta para mí de aquel chico. Me fui hasta mi cuarto a abrirla, con la misma intriga y secretismo con que lo hacía a los catorce años, y la sorpresa diluyó el malestar que me había fastidiado la mañana. Me contaba cómo era su vida en aquel momento, y acompañó la carta con una foto de carné donde me pareció que apenas había cambiado. Después de aquello, no volvimos a saber nada uno del otro.


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