Herbario


jueves, septiembre 30, 2004

Estos últimos días no se hace más que ensalzar la figura del maestro en los medios de comunicación. Incluso hay anuncios en los que una serie de personas conocidas agradecen públicamente el importante papel de los docentes en sus vidas.

No son muchos los maestros que me hayan trazado el esbozo de mi camino, pero los que han sido, los recordaré para siempre con pensamientos agradables. No pueden ser muchos los maestros que influyan determinantemente en la vida de una persona ya que, como en todos los oficios, hay buenos y malos profesionales. No es lo mismo dominar una materia que saber difundirla; he ahí, sobre todo, la tarea de quien enseña.

Julio consiguió que alcanzase a reconocer las hojas de un árbol sobre una mesa y saber que las agallas de los árboles no son frutos, sino casas de cría para las avispas; Antonio, profesor de matemáticas, me hizo saber que cálculos y teorías trascendían a métodos, pero descubrimos que las aficiones comunes eran la música y el dibujo. Él fue mi único profesor de matemáticas que no admitía una falta de ortografía; Anxo me enseñó a apreciar la forma de las palabras en los textos y descubrir la literatura del mundo a través de escritos en gallego. Gonzalo me adentró en las tripas de una editorial y me prestó películas y libros que no sabía que existían, y con los cuales, amplié mi visión del mundo. Mari Carmen me enseñó a saber mirar y a constatar que el cielo a veces no es azul ni la hierba verde. Cézanne adquirió entonces una buena consideración, cuando antes no era capaz de encontrar nada en su pintura. Montse me enseñó a respirar y, con ello, a nacer de nuevo después de mi muerte. Gracias en parte a la generosidad de todos, ahora soy lo que soy.. Y espero saber por mí misma desarrollar la misma labor que ellos con mis propios alumnos o, al menos, aproximarme.

Nunca hubiera pensado que llegaría yo misma a ser maestra, pero me veo en la situación y he llegado a adorar mi trabajo. Estoy abierta al diálogo y se me da muy bien escuchar con serenidad. Los primeros días siempre son difíciles. Luego todo se va dulcificando. Los disgustos y la incomprensión se convierten en entendimiento y a veces recibes una recompensa en forma de: ?haces que todo sea fácil?

Todas las personas tienen algo que enseñar a los otros y siempre, en alguna parte, hay alguien dispuesto a escuchar.


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domingo, septiembre 26, 2004

Por lo visto la película Mar adentro está provocando debates acerca de la legitimidad de la eutanasia, cuando es un tema que deberíamos instalar en nuestra conciencia desde el mismo momento en que sabemos de la crudeza de algunas enfermedades o estados del ser humano.

Cuando un caballo queda imposibilitado para andar, malherido o moribundo, nosotros, los seres humanos, sentimos tal compasión por el animal que, en un golpe de dignidad, nos apresuramos a pegarle un tiro ?para ahorrarle sufrimiento?. Sin embargo, cuando se trata de otro ser humano, nos metemos las manos en los bolsillos y lo dejamos que ?viva? hasta que reviente de hastío, de incomprensión, de pena, de dolor. Quizás esa persona quiera aferrarse a la vida en un impulso proporcionado por la esperanza. Quizás tan sólo lo haga por instinto, algo, en cualquier caso, diferente a la voluntad.

Puestos a respetar voluntades soy la primera. Y sé que me costaría horrores poner fin a la vida de un enfermo si es que lo desea. Realmente me pesaría en el alma el resto de mi existencia, pero, si me pongo en el lado contrario, debería pensar que la persona que desea morir no es por capricho, sino porque la vida se le hace penosa, y conservándola quizás una semana, un mes, durante años, no podría proporcionarle más que una repetición del sufrimiento, si cabe un sufrimiento más agudo y tirano cada día, cada momento.

En un estado actual de cosas, nadie nos pide permiso para llegar al mundo; al menos podríamos decidir por nosotros mismos si un día, hastiados de todo, impotentes, muertos ya, podemos elegir marcharnos.

Durante toda mi vida he convivido con la palabra eutanasia. Mamá, enfermera, argumentaba que existían dos tipos: pasiva y activa. Como al principio no entendía muy bien, pensaba que mi madre era una de esas personas ?avanzadas?. Pero más adelante me di cuenta de que eutanasia quería decir buena muerte, y entonces alguna de las posturas fallaba. Mamá decía que estaba a favor de una eutanasia pasiva, es decir, proporcionar al enfermo un bálsamo frente al dolor, aunque, a cambio de ello tenga que pasar un período de su vida adormilado, inconsciente, drogado, insensible. Pero dejar de asistir a alguien en las mismas circustancias, eso es un crimen de la peor condición. Mamá, religiosa convencida, un día discutió con una monja que argumentaba que la morfina desencadenaba una muerte prematura: ?acaso, ¿se puede dejar que un enfermo se retuerza de dolor?, no señora, no estoy de acuerdo?, protestaba mamá con lágrimas en los ojos. Y ella discutía con conocimiento de causa, pues en ese momento cuidaba a papá afectado de una metástasis con evolución degenerativa. Y la Iglesia, mientras tanto, se queda de brazos cruzados, esa Iglesia que detesta la vida y el placer en este valle de lágrimas porque alega que debemos prepararnos para la vida eterna que nadie, ni ellos, sabe si existe. Si proclaman la vida eterna deberían hacer apología del suicidio, pero no, siempre son incoherentes. Alegarán entonces que el hombre se salva por haber sufrido, que el sufrimiento dignifica y redime, y que nuestro ejemplo es Jesucristo, que murió por nosotros.

La enfermedad se presentó penosa desde el principio. A pesar de todo, entonces, merecía la pena luchar a favor de la vida. Luego algo se aposentó en su cerebro y poco a poco fue perdiendo facultades: equilibrio, movimiento, reflejos, habla, pensamiento. Ese estado perduró años. Encamado, asistido por sonda para comer y orinar, sin palabra alguna, con turnos rigurosos de curas y movilizaciones para darle la vuelta en la cama, no tenía siquiera la facultad de opinar, de sentir, de ver su situación, de sufrir, de rogar nada a nadie, de desear. Mamá lo mimaba como a un bebé. Yo, que lo adoraba, tenía roto el corazón y sentía una culpabilidad atroz cada vez que deseaba su muerte. Mamá dice que lo cuidaría así para siempre si no se hubiese apagado su respiración aquella noche que no pudo alcanzar el ritmo de la máquina de oxígeno. Papá perdió la vida mucho antes de morir. Su existencia prolongada me llevó a la locura.

A veces una buena muerte conduce a la vida.

Ramón Sampedro no estaba loco; precisamente porque amaba la vida que no tenía desde hacía años y que arrebató sin querer a todos los que lo rodeaban, deseó que su corazón dejase de latir. Y como pidió ayuda a quien más lo quería, puesto que él permanecía imposibilitado de arriba abajo, la sociedad no permitió que se le considerase una persona digna. Mamá jamás llegó a comprenderlo.


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domingo, septiembre 19, 2004

No comprendo cómo a la mayoría de la gente le parece que sólo debemos escribir sin faltas de ortografía aquéllos que hemos estudiado Filología o alguna disciplina afín a la lengua. Simplemente, no es justo; la corrección es patrimonio de todos.

Mientras que a alguien que maneje otras disciplinas se le perdonan los errores, a nosotros se nos condena por ellos.

No comprendo, ni comprenderé, esa división tradicional entre ?ciencias? y ?letras?, es como la ceguera de un ojo, algo que nos impide fusionar dos perspectivas. Los saberes no son exclusivos, sino complementarios.


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viernes, septiembre 17, 2004

En una película que me gusta mucho y que no me he cansado de ver, titulada Tasio y dirigida por Montxo Armendáriz, sale en un momento un personaje que dice así:

"Cuando tenía dinero me llamaban Don Tomás, ahora que no lo tengo, Tomasito y nada más"
Se me ha venido a la mente. ¡Hay que ver! aunque, pensándolo bien, tiene su significado...
En mi pueblo eran "Don" o "Doña" el cura, el médico, y algún o alguna descendiente de fidalgo venido a menos.
Buenas tardes de viernes.


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miércoles, septiembre 15, 2004

El tiempo ha cambiado. Aunque nuestra casa es un cubículo siempre caliente, en la calle se ha dejado notar el frescor que proporcionan las primeras lluvias.

Tan sólo salí un momento en que no llovía para comprar algunas cosas. A la altura de un escaparate que suelo mirar, en la avenida más ancha paralela a nuestra calle, rompió a llover de repente, y yo en manga corta y piernas y pies desnudos. Camiseta verde, sandalias rojas, me pareció que el resto del mundo discurría en blanco y negro. Como me situé justo bajo un balcón mientras esperaba que el semáforo cambiase para dar paso a los peatones, apenas me mojé, pero luego me dio pereza saltar a la calzada y atravesar corriendo el suelo rayado. Casi toda la gente iba equipada con un paraguas; por eso mismo me sentí, si cabe, más desprotegida.

A mi lado corrían otras dos personas, madre e hija, que tomaron la misma dirección que yo. La madre llevaba en una mano dos bolsas, y en la otra, la manita de su hija, que tendría la edad de comenzar la educación primaria. Hubo un momento en que constaté la vuelta al colegio. Al pasar ellas antes que yo, dejaron en el aire un aroma conocido, salido de alguna bolsa que no dejaba ver su contenido, que me hizo pensar en olor a escuela, a otoño, a pupitre, concretamente olor plástico, de papelería o tienda de bellas artes: olor a gouache, a témpera escolar todavía sin estrenar. Fue como si aquella bolsa exhalase a mi lado, tras inhalar la humedad que lo invade todo y que consigue, quizás mejor que otro medio, que el espacio del aroma haga un todo con nuestras fosas nasales, traspasando su contenido como por vasos comunicantes. Cuando el tiempo es seco, los objetos permanecen como separados por un corte unos de otros y los aromas de las cosas son captables por personas con olfato sensible. Sin embargo, la lluvia ocupa todo el espacio del aire, y crea una continuidad entre los objetos; es como un mensajero entre unos y otros, es el aroma, en este caso, el que asalta al viandante. Lo mismo debe ocurrir cuando la tierra alcanza la noche, momento de frescor, incluso en verano, en que los caminos despliegan, mejor que nunca, el perfume que les brindan los estambres. De manera semejante debe de actuar el rocío de la madrugada, cuajando en cabezas de alfiler líquidas todo el aroma de las flores como un aceite esencial.

Ocurre por ejemplo que los plátanos de sombra se muestran evidentes bajo la lluvia aunque no los percibamos con los ojos. Plátanos de sombra en otoño, con cortezas mojadas llenas de pecas de colores que se vuelven oscuras con el agua, franjas verdes que los recorren de arriba abajo, como si un pintor hubiese pasado un rodillo impregnado en color. El parque trasciende incluso al bullicio de la fiesta, que pasará, unas calles más allá.

Pero puedo reconocer el olor de estas cortezas según la época del año, según algún evento escondido en mi memoria que de pronto asciende a la nariz. Los plátanos en verano huelen a paseo por el pueblo. En otra ocasión, cuando murió papá, exhalaban, junto al tanatorio, de madrugada, un olor burlón y fúnebre que me irritó y me puso triste. Y, de nuevo, ahora, huelen a presagio de otoño y comienzo de escuela.


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sábado, septiembre 11, 2004

Los abuelos maternos se casaron en el año 40. La abuela traía aires de chica guapa que había estado en la ciudad: alguna ropa de lo más elegante heredada de su señora, horquillas invisibles que sujetaban las ondas de su cabello, perlas en los lóbulos de las orejas y el carmín en los labios que no abandonó casi hasta que dejó de vivir. El abuelo pensaba que era la chica más guapa del pueblo. Ella, que su Antonio era el más listo.

Mamá nació en el 43. Sobrevivió al tifus de muy pequeña. Se decidió a estudiar bachillerato muy tarde, después de haber visto Éxodo, película que le cambió la vida y le despertó la vocación por la enfermería. Obtuvo su título y una de las medallas de oro de su promoción en Santiago de Compostela el año que el hombre pisó la luna. No le fue difícil aprobar una oposición y se puso a trabajar enseguida. Estuvo tres años en el hospital de Ourense y decició, por voluntad propia, presentar una carta al director del Vall d?Hebron para ejercer allí. Era joven y con ganas de ver mundo. Había oído a los abuelos hablar siempre de Barcelona y los tíos del Carrer Mallorca a menudo le enviaban cosas. La recibieron con los brazos abiertos. Compartía piso en el Eixample, en una calle que ha cambiado de nombre, muy cerca de donde comparten piso con otros estudiantes dos de mis hermanos.

Una compañera de profesión que salía con Joaquín, se ofreció para presentarle a mamá un chico, hermano de su novio. La cita fue en el café Moka. Él acudió con una camisa amarilla que mamá jamás podrá olvidar. Fueron presentados. Se gustaron muy pronto, se enamoraron y se casaron. En nuestro viaje a Barcelona me sorprendió encontrar entre la multitud, de tu mano, el café donde comenzó todo, donde comenzó una parte de mí misma.

De este modo es como mis familias se fueron cruzando entre el espacio y el tiempo por las calles y lugares de un mismo escenario. Y la vida continúa?


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jueves, septiembre 09, 2004

Por el lado paterno, la abuela era murciana y el abuelo cartagenero. Llegarían a Barcelona allá por los treinta, época en que la abuela Encarna andaba también por allí, como ya he contado. Tenían unos cuantos hijos cuando se marcharon a probar suerte en un lugar más próspero. Papá, el menor de los hermanos, nació allí, en una casa de planta baja de la Calle de la Estrella, en el mismo Hospitalet.

A edad muy temprana papá tuvo que hacerse cargo del trabajo del abuelo, que había muerto, en una compañía pretolífera. No tuvo más oportunidad para estudiar que la educación primaria recibida en ?El piojo verde?. A pesar de todo supo que, aunque su trabajo nunca le gustaría, tendría momentos deliciosos en su vida como los que le proporcionó el arte y la curiosidad por otras cosas. A ello contribuyó su hermano Joaquín, el que tenía la cámara de fotos alemana, los libros en francés, un gran talento jugando al ajedrez y un delicado don para el dibujo con plumilla a tinta y agua. Papá coqueteó con la pintura en la Escuela Massana y también trabajó como artesano en un grupo muy sui generis que se hacía llamar ?La barraca?, y que se dedicaban a modelar piezas de arcilla que luego vendían. Allí nació su gusto por la buena música y por el arte románico y griego. También era aficionado a la montaña, la fotografía, la filatelia y el cine. Solía comprar láminas de artistas y carboncillos en una pequeña tienda junto a la iglesia del Pi, en el Barri Gòtic. Desde muy joven, con el duro que ganaba en un principio, reservaba una peseta para ver una película cada semana.


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Lantana

Perteneciente al grupo verbenáceas.

Origen: América tropical.

Descripción: no suele sobrepasar los dos metros de altura. Hojas opuestas, ovales, dentadas. Influorescencia en corimbos. Existen numerosas variedades según el color de sus flores y también teniendo en cuenta su porte.

Exigencias culturales: se adaptan a todo tipo de suelos si son sanos. Resisten muy bien la sequía. Exposición a pleno sol.

Poda: se pueden podar fuertemente.

Control fitosanitario: no presenta problemas.

Reproducción: por semillas o mejor por estaquillas en los meses de febrero y marzo.


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viernes, septiembre 03, 2004

lantanas



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En 1900 ya tenía familia en Barcelona. Vivía allí una prima de mi bisabuelo materno, ?la Dominga?, casada con un tal Pepe, ?el Pepe de la Dominga? o, más tarde denominado por mi padre, ?el rey del Pararelo?, ya que eran frecuentes sus visitas a cuantos cabarets había en aquella calle. Tenían un hijo llamado Pepito que, según crónicas de la tía Genoveva, hermana mayor del abuelo que vivía con ellos, había crecido ?salvaje como los árboles de las Ramblas?. Pepe trabajaba en una farmacia, y, antes de que mi abuelo y dos de sus hermanos decidiesen viajar a Barcelona para abrirse camino, podían acicalarse con fórmulas magistrales convertidas en agua de colonia que el otro les enviaba en grandes frascos macizos de vidrio transparente, con tapones en forma de pomos redondos. Cierto día, el abuelo dejó el pequeño pueblo de Galicia y se marchó a la gran ciudad. Corría el año 1924. Tenía él 16 años y se dedicaba a hacer recados con uno de esos triciclos que llevan contenedor. Conoció entonces el trazado y los nombres de las calles y se pasó el resto de su vida contándolo, a pesar de que ese mismo año abandonó la ciudad, tal era su morriña por el pueblo y por su madre. Contaba también que en aquella casa de Pepe y Dominga donde vivía tanta gente de la familia, como los tiempos eran muy malos, tenían realquilado a un ciego que tocaba el violín y que no se perdía una opereta en el teatro, acompañado por él, y a nosotros, sus nietos, nos hablaba de Marina, que un día pusieron en televisión una vez que vino a visitarnos y nadie se salvó de oírle repetir todas las arias, con aquella forma tan desafinada y monocorde que tenía de cantar y que tanto hacía reír a la abuela Encarna.

Resulta que la abuela Encarna, madre de mi madre, nacida en el 14, también fue a probar suerte a la ciudad, -donde una prima suya trabajaba desde hacía algún tiempo como recepcionista el el Hotel Majestic, pues sabía inglés en aquella época-, desde el mismo pueblo que mi abuelo, pero unos años más tarde, allá por los treinta, cuando todavía no estaban casados ni imaginaban siquiera que algún día iban a estarlo. La abuela estaba en la veintena. Tuvo la suerte de ser niñera en una familia bien y de que sus señores llegasen a apreciarla como alguien de su sangre. Estalló la guerra y casi muere en un bombardeo que alcanzó el banco donde estaba con las niñas en la plaza de Tetuán unos segundos después de querer marcharse con ellas a casa, terminada la tarde y los juegos. Un día la abuela recibió un telegrama en el que decía que su madre estaba muy enferma. Y se vio obligada a volver para cuidarla. Su madre murió, ella se quedó en el pueblo y no volvió a la ciudad hasta muchos años más tarde?


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miércoles, septiembre 01, 2004

Viaje VI y retorno

El viaje, por esta vez, va tocando a su fin. Antes de abandonar la ciudad siento ya un poco de nostalgia. Sin embargo, deseo el aire fresco del Cantábrico.

Es nuestro último día en la ciudad. Decidimos pasar la mañana durmiendo y luego, a una hora prudente, acompañados de J., caminar hacia el restaurante donde hemos quedado con M, quien nos ofrece su compañía en el último momento, su conversación, su gracia, su simpatía una vez más.

El restaurante es grande, se extiende hasta el final de una manzana de casas. Elegimos una mesa con ventana por donde nos entra luz natural, al principio atractiva y agradable, luego molesta a fuerza de posarse en nuestras caras en puntos precisos, definidos por los agujerillos de las cortinas. Nos sirven rápido y bien mientras no cesamos de hablar y reír por momentos. De nuevo, la complicidad de los amigos, si cabe, mucho más notoria alrededor de una mesa con comida y bebida. El café no entraba en el menú, así que nos dirigimos a otro sitio, como quien cambia de bar cuando se le antoja repetida la gente y la música. De nuevo, café y conversación. Perezosamente, en algún momento, decidimos salir a la calle. Las aceras a las cuatro de la tarde parecen un incendio que daña la vista. Sin embargo, permanecemos quietos frente a la boca de metro más cercana, dilatando el momento de despedirnos de M. Pero el momento debe llegar y no sabemos, ninguno, cómo indicarlo. Y entonces alguien hace un gesto, como si rompiese el aire inmóvil, y se suceden casi los mismos abrazos, besos y palabras que en el encuentro, a no ser porque los primeros eran frescos y chispeantes, y porque los otros anuncian una despedida que nadie quiere que se produzca, ¡tan veloz ha pasado el tiempo!

Y M. ya no está porque M. ha bajado por las escaleras y cogerá un tren subterráneo para volver a algún lugar que le sea habitual. Y nosotros nos morimos de sueño y de vivencias y nos abandonamos a una larga siesta, la más calurosa de todas, sin despertador. Más tarde quieres salir a dar un último paseo. Y el paseo se convierte en larga caminata y no quieres que cojamos el metro, y entonces atravesamos lugares agradables no tan frecuentados como los que veíamos a medida que nos acercábamos al mar. Entonces me hubiera gustado quedarme en una de aquellas terrazas tan tranquilas como si fuese otra tarde más, y marcharme luego a casa lentamente, sin tener que hacer una maleta ni estar en la estación a la mañana siguiente. Pero ya era tarde. Enseguida preparamos el equipaje. Un intento de lluvia no había conseguido ni cambiar el tono de las aceras. El aire se ahogaba y nosotros nos marchábamos.

Pero algunas fotografías se me quedaron dentro: los dragones de la fuente de la Ciutadella; la palmeras acristaladas del hinvernacle; el olor del mar y las aceras amplias; un amable viejo barriendo una sala de libros antiguos obsesivamente ordenados y tus preguntas sobre un manual de historia; las ocas del claustro de la catedral, posadas todas sobre una pata en el momento en que las observé; las farolas del Carrer Jaume I; el gelat de maduixa; la ensalada de salmón con queso de cabra; las altas bóvedas de álamos de un parque de Girona, elevadas sobre farolillos que encendían por la noche; tu mano siempre cogida de la mía; el sol; aquellos guantes; tantas palabras?

De nuevo nos pareció que era el paisaje el que corría junto al tren, en dirección opuesta. Nos quedábamos dormidos nada más intentar fijar nuestra mirada en lo que veíamos fuera. Y en los breves despertares, una onza de chocolate y un trago de agua, o un pequeño paseo al espacio entre vagones donde nos dábamos un beso y un abrazo, sujetándonos para no caernos, vistos quizás por los pájaros de Castilla a través de los cristales redondos de las puertas de salida. La llegada. La ciudad que tan bien conocemos. Nuestra casa. La extrañeza por algo. El descanso.


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