Herbario


martes, agosto 31, 2004


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lunes, agosto 30, 2004

Intermedio

Ayer, 29 de agosto, recordé que pocos días después de conocerme me pediste que te contase mi vida desde el principio. Y mi vida comenzó de este modo:

Nací un 29 de agosto de 1974 en la ciudad de Ourense a eso de las cinco, la hora del té, una tarde en que comenzaban las primeras lluvias?

Y tú, al día siguiente, me enviaste el cuadro de Tissot.

Gracias por estar ahí.


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Viaje V

Ll. y G. quisieron invitarnos a comer en su casa. Salimos en coche de la ciudad y, a medida que nos íbamos desplazando hacia el norte, el paisaje se volvía cada vez más frondoso y más verde. Había adelfas blancas en las medianas de la carretera. Ni una nube en el cielo y a la derecha, la compañía del mar.

Estábamos en un lugar que no conocíamos, al que íbamos por primera vez, pero del que algo sabíamos, pues Ll. nos había contado que vivía frente a un parque de niños, junto a la iglesia del pueblo, y que en una fuente que, efectivamente, estaba allí, una tarde vio una paloma color naranja. Pero no nos había dicho que la iglesia tenía un color rojizo, y aparejo de mezcla de pizarra y canto rodado, y una gran mata de fragante lavanda junto al ábside, del lado del camino.

Sabíamos también que tenían dos niños, pero no habíamos visto sus ojos enormes ni sus pieles bronceadas, tampoco sus pequeños platos para comer, con dibujos de colores. Y no sabíamos nada de un patio, invernadero entre el calor sofocante, cubierto de plantas de distintas clases, donde vivían unos cuantos canarios que saltaban de un lado a otro en una jaula grande, y donde a un lado, de la pared blanca, colgaba otra jaula con dos pájaros, uno verde y otro blanco, padres recientes de dos polluelos que tenían al lado en un pequeño nido. Los niños nos los mostraron con alegría, además de una berenjena que crecía sana y brillante de una planta, no sin antes pedirle a su padre que los aupara para llegar a la jaula, pues no eran lo sufiecientemente altos para mirar sin subir. Los dos niños, tan dulces, de facciones tersas, me parecieron tan tiernos como las crías. El más pequeño le echó comida a una tortuga delante de mis ojos, con tanta emoción y torpeza que casi vierte en el pequeño estanque todo el contenido del bote.

G. nos servía la comida generosa sin parar de hablar, vestida de verde. Estábamos a gusto. Comíamos ensalada preparada con mimo, con manzana, nueces y pasas de corinto. Bebimos agua y vino tinto de la zona. Helados y cafés. Acabada la comida, G. se asomaba de vez en cuando por una puerta que daba al salón para decirnos algo, mientras sostenía en una mano la crema para el sol con la que cubría a los niños, a quienes iba a llevar en breve a la playa. Los niños se despidieronde nosotros con un saludo tímido y Ll. nos enseñó la habitación infantil, con estrellas y planetas que colgaban del techo; la sala donde tenían los libros y la música. Me dejó un ejemplar cuyas páginas marqué con una rama de lavanda cogida junto a la iglesia.

Mientras esperamos que G. volviese de llevar a los niños a la playa, nos quedamos sentados en un banco del parque bajo la sombra protectora de los árboles que lo rodeaban. Había columpios abrasados por el sol, calmados apenas por la proyección de las generosas copas de unos jóvenes pinos piñoneros. Moreras. El aire relleno de cantos de tórtolas. Gorriones. Seguramente hormigas desfilando bajo la luz. Dos niños. Conversación. Silencio. Calma. Mis pies descalzos, tibios y dorados. Un instante en el paraíso.

Por la tarde visitamos Girona. Calles irregulares llenas de escalerillas. Rincones con nombres de oficios antiguos. Puentes de hierro que atraviesan el río. Casas de colores cálidos que se miran a un mismo espejo. La brisa sobre un puente mientras filosofábamos. El atardecer. Una horchata. Un bocadillo. El regreso. El Eixample desierto. Abrazo sincero y despedida. El agradecimiento en el corazón. Al día siguiente todavía podríamos disfrutar de la presencia de M.


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jueves, agosto 26, 2004

Viaje IV

Quisimos quedarnos dormidos hasta casi el mediodía. Sin preocuparnos por el reloj, nos dejábamos aturdir por el cansancio y nuestros ojos no querían o no podían abrirse. Decidimos alargar el instante, cayéndonos de sueño una y otra vez sobre la almohada.

De nuevo hacía mucho calor y la claridad que se colaba en el piso por puertas y ventanas abiertas era demasiado hiriente para que nos animásemos a salir. Después de unos días sin parar de andar, nos invadió la pereza del domingo. Comimos tranquilamente sopa de pollo y tortillas. Tarde de charla en la salita de las sillas desvencijadas, donde había paquetes de galletas aquí y allá, de un tipo y de otro. Ni una fruta en el frutero, ni gota de licor en una botella en la que tan sólo se podía apurar el aroma antes de esfumarse por el calor, tras luchar con el tapón de rosca pegoteado, sellado como para que nadie pudiese ya abrirla más. El suelo como mesa del televisor. Revistas atrasadas junto al sofá, bajo una lámpara de papel que necesitaba un nuevo interruptor para volver a ser útil. Desde mi perspectiva, la habitación de un compañero de piso de Javier con la puerta abierta, un panel de corcho en la pared del fondo con una lámina japonesa de aspecto antiguo.

Salimos a pasear por la tarde hasta que anocheció. Decidimos caminar por lugares desconocidos y tranquilos, cogidos de la mano, sin que nadie más nos acompañase, como dos novios que quieren estar solos y son celosos de su intimidad. Calles anchas y vacías, apenas sin tráfico, largas y extensas, idénticas, formando cuadrículas perfectas. Casas hermosas con esgrafiados en las fachadas. Otras con revestimientos de colores esmaltados. Persianas color lila recién pintadas. Aceras con dibujos de fantasías marinas que encajaban en hexágonos. Una librería abierta: El libro del perfume, El libro de los bosques, Guía escultórica de Barcelona. Una fiesta popular al alcanzar otro barrio, gentío, luces, música y comida. De nuevo, la soledad de agosto. De repente, la Casa de les Punxes. Preguntamos a un señor que paseaba tranquilamente a su perro por el Carrer Mallorca. La Sagrada Familia: barroca, imponente, simbólica, iluminada, controvertida.

De vuelta a casa nos dormimos enseguida tras el bálsamo del paseo. Al día siguiente Ll. vendría a buscarnos. También vendría M. con nosotros. De camino al lugar donde teníamos que reunirnos, descubro en una tienda del Paseig de Gràcia, en la sección de adelanto de temporada, unos guantes de cabritilla color beige, finos y flexibles, con una florecita a la altura de ese huesecillo que sobresale en la muñeca, justamente en la intersección inferior del cúbito y el radio. Quise comprarlos pero hacía mucho calor. Quizás volviésemos a pasar por la tienda en otro momento. Como no los compré y como ya no volvimos a pasar por allí, me arrepentí de no haberme hecho con ellos porque sé que, del mismo modo que cuando amamos a alguien y dejamos, por alguna razón, pasar la oportunidad de estar con esa persona, quizás su tacto quedaría para siempre en mi recuerdo.


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domingo, agosto 22, 2004

Viaje III

Mañana resplandeciente, luz cenital, vértigo de mediodía. La ciudad bañada en esa claridad tan blanca que suprime los contornos de todo lo que existe, comenzamos a caminar hacia el cine París, donde veríamos a M. desde una esquina de sombra que proyectaba el alero de una tienda próxima. Mirábamos con curiosidad La casa de los peines interrumpida a trozos por el paseo de los viandantes. Y pasados unos minutos llegó M.., con paso lento, joven y esbelto, con ropa fresca que aliviaba la vista del calor, sonriendo a modo de saludo.

Caminamos sobre el suelo de piedra, mirando las casas de piedra que, altas como viejas damas elegantes demasiado próximas, dibujaban el trazado de calles estrechas, irregulares y sombrías. Asomaban, curiosas, gárgolas de los tejados y las agujas y torres góticas parecían candeleros incandescentes. Una campana bajo un miriñaque y gracioso sombrero de veleta nos contaba las horas. Los palacios medievales del Carrer Montcada continuaban allí, orgullosos, como recuerdo desde siempre. Portaferrisa, Petrixol, Princesa, sonaban en tu boca por primera vez. Me gustaba irte escuchando al ritmo de nuestras pisadas blandas.

De repente nos vimos dentro de un patio fresco, como de otro lugar, como de palacio árabe, donde una fuente susurraba en el centro y presentaba alrededor una galería de arcos delgados y fuertes. La casa de l?Ardiaca tenía un buzón de piedra con finos relieves bien dispuestos de golondrinas y una tortuga. Hace tiempo Correos editó sellos con ese motivo. Muchos de ellos vivirán quizás todavía en cartas que enviaba.

Entramos en otro palacio de patio y arcos donde alquien colocó con esmero, en alguna ocasión, la colección de objetos variopintos del señor Marès: torsos de venus de mármol, capiteles romanos, vírgenes románicas, imágenes rescatadas de viacrucis, cristos dolorosos, arte sacro, rosarios de azabache, portadas abocinadas, tumbas con tranquilas estatuas yacentes, algún cuadro, abanicos, bolsitos de abalorios, paipais, puntillas, cajitas de porcelana, dijes y joyas, alfileres de sombrero, tiras bordadas, ramilletes de flores hechas con conchas marinas, cajas de cerillas con caricaturas, juegos y sentencias de la época, pipas con fugurillas imposibles, papel de fumar, relojes de mesa, pared y bolsillo, teatrillos de recortable, cromos, vitolas, bicicletas de ruedas de radio diferente con cámaras de cuerda, juguetes mecánicos y un universo de cosas que no podría nombrar.

Por la tarde estuvimos con G. y Ll. Primero la saludé a ella. Me pareció alegre y dulce. Luego me acerqué a Ll. y lo noté afectuoso e ilusionado. Caminamos hacia otros barrios. Vimos una excavación escondida bajo el que había sido el Mercat del Born, de hierro y cristal, de techo en zigzag de colores como el de la catedral de San Esteban de Viena. Y muy cerca quise que entrases de mi mano, impaciente como una niña que enseña un tesoro, a la Estació de França, en la que había estado solamente una vez después de recorrer a pleno sol los muelles desiertos. La marquesina que cubre las vías es hermosa, con bóvedas gemelas de hierro que se contonean, coquetas, a la altura de la salida de los trenes. El mar se escondía detrás del edificio. Detrás también de un talud de arena gruesa color tostado, sucia y descuidada, muy distinta de la de nuestras playas verdes de aguas transparentes y frías.

Con el cansancio llegó también la hora de cenar. M. conocía un lugar agradable, con buena comida y no muy caro. Cuando divisé la esquina de la calle donde se encontraba, comprobé con sorpresa que era un restaurante conocido, adonde íbamos a menudo con la familia, y al que prácticamente asistimos a su bautizo. La familia entera éramos seis. En esta ocasión seis éramos también los amigos. Sentí una nostalgia alegre entre la luz suave de las pantallas de papel anaranjado, entre el oleaje tibio de la conversación y el disfrute de la comida.

Y llegamos alegres a casa. Estabas agotado. Tus pies se volvieron azules a fuerza de caminar todo el día. Nos dormimos de nuevo, rendidos, en la habitación blanca y azul en espera de un nuevo amanecer temprano.


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viernes, agosto 20, 2004

Viaje II

Mi hermano Javier había convenido esperarnos en el andén de la estación a nuestra llegada. El tren fue puntual; él todavía no había llegado. Lo buscamos con la mirada, luego avanzamos por el suelo firme para ver si nos topábamos con su cara despistada. De repente apareció en lo alto de las escaleras y nos vio. Parecía contento, con su camiseta de algodón y pantalones vaqueros.

Después de recorrer los pasillos infinitos, gastados y calurosos del metro, y de cambiar una vez de línea, poco antes de cerrar, llegamos felizmente a la superficie muy cerca de casa. Por lo visto el ascensor no podía con tres personas y el equipaje, así que decidiste subir por las escaleras. Cuando llegué al tercer piso, pude admirar después de ti el dibujo alegre y geométrico de las baldosas que decoraban el suelo, el pasamanos de madera sobre barras de hierro forjado, sostenido en una curva graciosa que sustentaba los peldaños pequeños y unidos, como pensados para pies de muñeca. La puerta, desde fuera, tal vez dejaba adivinar cómo sería el interior de la vivienda. Una de esas mirillas que parecen una colmena, dorada y grande, distribuida en celdillas, fue lo que primero que llamó nuestra atención. Sin embargo, la admiración terminó nada más sobrepasar el umbral de la puerta, tras abrir con una llave grande y pesada, de latón gastado, que sólo funcionaba en dirección contraria a la habitual. Un espacio enorme con dos pavimentos se desplegó ante nosotros. Aproximadamente la mitad tenía el suelo de madera, mientras que la otra estaba cubierta con moqueta azul. Nos hizo pensar que tal vez, hace tiempo, se tratara de dos viviendas. Las paredes color crema, los techos altos con rosetones para las lámparas, las puertas blancas con cristaleras, las venecianas siempre abiertas que daban a los balcones rechonchos, todo, me dio la sensación de que había perdido su lozanía hacía mucho tiempo. El teléfono, lleno de roña sobre una mesita improvisada formada por una tabla sobre dos escuadras, al menos tenía la compañía de una bicicleta azul y de un ventanal con vidrios tratados al ácido con motivos en forma de flores repetidas.

Elegimos la habitación que más nos gustó, la que estaba al fondo de todo, limitada entre una galería y un portón cubierto por una cortina azul como el suelo. La corriente producía una brisa agradable entre el calor agobiante y excesivo. Lo primero que hice fue tumbarme en la cama, sobre sábanas ásperas y limpias, y quedarme mirando hacia el techo cuadrado, amplio, alto. En ese momento me sentí llena de felicidad, en aquel espacio blanco alcanzado hacía horas por la noche. Mi pensamiento me repetía con emoción: ?ya estás aquí, has llegado?

Apenas dormimos por el calor, pero sí descansamos del viaje. Antes de quedarme dormida, una niña entonaba desde el patio de la manzana al que daba nuestro dormitorio, una bonita canción en catalán, con tanta gracia que me hizo sonreír. En otro momento escuchamos con claridad los gemidos de una pareja que hacía el amor. Dejamos las ventanas abiertas de par en par. Se veían claramente las estrellas.


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jueves, agosto 19, 2004

Viaje I

Antes de emprender físicamente un viaje ya me siento viajando con mi mente en el mismo momento que pienso en el lugar de destino. Quizás por ello es por lo que unos días antes de subirme al tren experimento un nudo incómodo en la garganta, de ansia contenida hacia lo que no me es demasiado habitual. El viaje que comienza en el pensamiento continúa el día y la hora de salida en una estación. Normalmente llego con anterioridad pues no podría perder, de ninguna manera, el lugar reservado.

En esta sociedad en la que nos ha tocado vivir, el desarrollo de los medios de comunicación es tan grande que tendemos a llamar viaje a lo que no es más que destino o lugar de llegada. La utilización del avión favorece este cambio de significado, ya que reduce el espacio a una mínima expresión y casi hace que desaparezca el trayecto. Si la vida no fuese ese trayecto, precisamente, naceríamos para morir en poco tiempo, sin darnos cuenta de nuestro crecimiento y aprendizaje. En nuestra sociedad, igualmente, nos quejamos a menudo de que no tenemos tiempo, sin embargo casi nadie suele renunciar al cada vez más largo camino vital. No deja de ser, por tanto, una incoherencia.

Viajar a tiempo real sólo puede conseguirse andando. Es una adecuación más o menos razonable entre el espacio y el tiempo. Lo más parecido que conozco es el ferrocarril, que proporciona un camino que no debes andar con tus propios pies, y que permite observar, con bastante detenimiento, los cambios en el paisaje, darnos cuenta de que en cada instante vamos cambiando también de lugar, de que la abeja que se posa desde fuera en la ventanilla, acto seguido pertenecerá a otro paisaje distinto al que habitamos nosotros.

Y cuando la máquina se puso en marcha, las maletas bien colocadas en sus departamentos, fuimos dejando lentamente el color verde, que, mezclándose progresivamente con otro más cálido, casi imperceptiblemente, nos llevó a tener ante nosotros un paisaje color tierra completamente horizontal, de cielo muy bajo y nubes enormes, como si la tierra y nosotros nos hubiésemos dado la vuelta. Seguramente fuera hacía mucho calor; el sol a esas alturas es despiadado, aunque una brisa movía los pelillos cortos que habían quedado tras la siega de la hierba. Cortados unos al derecho y otros a contrapelo, parecían los surcos suaves, dependiendo de la dirección de la caricia, de un pantalón de pana.


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martes, agosto 10, 2004

Ya estamos en agosto. El verano ha pasado enseguida y eso que sólo trabajé hasta finales de junio, no por voluntad propia, sino por la de los niños que acuden a mis clases a aprender francés o manualidades. Me agrada tanto mi trabajo que no me importaría ejercerlo también en esta época. Es más, el verano se me hace generalmente largo. Me gustaría más un sistema que combinase semanas de trabajo y semanas de ocio durante todo el año. De ese modo se disfrutaría mucho más del tiempo libre, como de esas sensaciones intensas y agradables de las que decimos ?me ha sabido a poco?, pero de las que pensamos con certeza que nos han sabido muy bien, y que, quizás, si se extendiesen en el tiempo, nos empacharían y no querríamos ni recordarlas, de la misma manera que alguien a quien le gusten las almendras, un día se zampa un frasco entero y ya no vuelve a probarlas en su vida, o quien tiene una sed terrible y bebe tanta agua que se le hincha el estómago y no le entra un bocado más en todo el día, mientras que un bombón robado de una caja enorme o un vaso de limonada a la mesa de una terraza un día de calor, pueden hasta resultar momentos inolvidables, fotografías de la memoria.

Dentro de dos días nos vamos de viaje. Me llevo a mi compañero y una maleta donde se confundirán la ropa y los enseres de ambos. Poca cosa, tan sólo unas prendas ligeras de tejidos frescos y colores claros para que la luminosidad del Mediterráneo no se ensañe mucho con nosotros. Cuando se acostumbra a viajar, el equipaje pasa a un segundo plano. No entiendo la razón de que alguna gente viaje con ropa ?por si acaso? que jamás se pondría en el lugar donde vive habitualmente. Es una forma absurda y despiadada de ocupar espacio. Yo casi me limito a hacer origami con las prendas; cuanto mejor dobladas estén, mejor caben en la maleta. Luego meto objetos en los huecos y envuelvo bolsas entre la blandura de camisetas y ropa interior que me servirán para traer otras cosas a nuestro regreso. Aprendí todo esto en un libro ilustrado de Mondadori con tapas de papel de aguas titulado Maleta y maletín, donde se hablaba de tipos de maletas, de viajes, de cómo hacer el equipaje, de bolsas, de bolsos, de baúles armario con perchas y cajoncillos en el interior. Aquellos libros ya no se editan. Creo que los encontrábamos en restos de ferias de ocasión. Junto al de Maleta y maletín, en el mismo estante de la casa familiar, había otros como El huevo, utilizado siempre por mi hermana para hacer filloas, libro cuya cubierta quedó manchada para siempre de grasa y harina; Mermeladas y confituras, el favorito de mi madre y el que nos proporcionó una temporada de mermelada de tomate y jaleas de fresa que rellenaban masas quebradas adornadas con tiras de rombos; Algo de punto, otro de los que miraba yo hasta el final durante toda una tarde y que explicaba con sencillez y encanto los tipos de tejidos y materiales, el origen de algunas prendas y atuendos, y cosas por el estilo.

La ciudad se extenderá enorme y abierta ante nosotros. Mañana lo prepararemos todo; si hubiésemos hecho hoy los bocadillos y preparado alguna golosina, creo que a estas horas no quedaría nada?

Llevaremos un termo con chocolate, leeremos, hablaremos, nos dejaremos caer sobre el hombro del otro cuando éste observe el paisaje que corre ante su mirada y el tren nos irá llevando, lentamente, sin prisas, el espacio envolviéndonos enteros como cuando la calma invade nuestro cuerpo poco antes de dormirnos.


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sábado, agosto 07, 2004

Segunda parte

Y ahora viene la segunda, que es la más interesante, como decía la canción?

Pues bien, llegada la hora, abrieron la puerta y fuimos entrando poco a poco y llenando los espacios del recinto de piedra. Cogimos un buen sitio. Nuestras vecinas de cola por delante se establecieron cerca de nosotros pero junto a la pared opuesta. Quedamos felizmente separados por un pasillo. No deseaba oír más sus voces inquisidoras. Quizás se tranquilizaron al lado de las tumbas al darse cuenta de que no tendrían réplica. Nosotros elegimos tres asientos junto a un arco ojival con dibujos flamígeros que transparentaba un pequeño patio cuadrado y verde, y desde los que se veía la mayor parte de la orquesta, director incluido en una esquina a la derecha.

Comenzó el concierto con unas palabras del director, un joven con experiencia en diversas agrupaciones, de aquí y de allá, apasionado hablando de la música y del entorno, deseoso de levantar los brazos para inciar de nuevo, tras inimaginables ensayos, el viaje melódico. Las cuerdas sonaban deliciosas mientras la espalda de su traje de tela negra y arrugada, pero nobilísima y fresca, se movía con el movimiento de los brazos, incluso de sus pies, pues dirigía como danzando. Algunos directores de orquesta podrían ser sustituidos por un metrónomo, a modo de piloto autómatico; éste no, sin duda alguna. Sus manos se movían como las de una bailarina, preciosas, pequeñitas y finas, adornada la izquierda con una sortija de plata que producía destellos al cruzarse con la luz de los focos.

Se fue haciendo de noche. La luz del día fue subrepticiamente sustituida por luz artificial que dejaba en las curvas de las bóvedas el reflejo difuso de los dibujos de los arcos, como un firmamento de estrellas enormes y de formas caprichosas que estuviese demasiado cerca de nuestra mirada. Hacía frío. De vez en cuando buscaba tus manos calientes. Miraba sonriendo cómo tomabas notas y dibujabas, en los espacios blancos del papel, helados de cucurucho, gorriones y margaritas con mi nombre. Observé una pieza redondeada en la base de una columna, muy cerca de ti. Su forma se debía probablemente a un pulimiento excesivo de los aparatos que utilizaron recientemente para limpiar la piedra. Y como tenía aquella forma casi humana y el color cálido amarillento de las canteras de este lugar, me dio impresión de calor y me produjo deseo de caricia.

La última serenata era de almíbar. Dejé de prestar atención. Deseaba marcharme contigo a casa. Apuramos el paso para entrar en calor, mientras la gente paseaba apaciblemente por la calle sin haber experimentado la sensación de claustro helado, la sonoridad magistralmente matizada de alguna de las piezas de Dvorak, el aliento amaderado de las melodías, sin haber advertido las manchas de sudor que en los omóplatos del director dejaron forma de alas abiertas.


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Primera parte

En uno de los rincones más hermosos de la ciudad iba a tener lugar un concierto íntimo, tan íntimo que, aunque sin invitación, estaban disponibles pocas sillas. Pero como alguna gente de esta ciudad, sobre todo señoronas desocupadas, se entera de todos los eventos agradables y atraviesan las calles para coger un sitio aunque se les vaya la vida en ello, apareció allí ante la puerta cerrada la simiente que iría a convertirse en el ciempiés sin fin de los conciertos gratis de verano.

Conocen todos los trucos: desde el tiempo exacto que hay que esperar de pie en la cola sin cansarse demasiado, hasta el tipo de cobertura, cual bombones de licor, que tendrán que ponerse si el lugar se va enfriando con la noche, pese a que en la plaza donde se produce la espera luzca un sol que produzca tabardillo.

Veníamos nosotros atravesando el Tránsito de Santa Bárbara, camino de la plaza, tranquilamente, detrás de una de ellas que corría como si fuese a perder un barco transatlántico, taconcito fino, ropa a juego, transparencia, perla y brillante. No me confundí, iba al concierto. Consiguió el segundo sitio en la cola, casi a pesar suyo. Miraba a su alrededor desconfiada, avara como si una silla de plástico fuese una moneda de oro que no puede guardar cualquiera. Y, de repente, a lo lejos, llega una amiga que se pone a su lado: ?no estoy dispuesta a esperar más de media hora de pie para un concierto, no señor, faltaría más, con estas piernas que me matan?. Entonces, ¿a qué vienes? Ve a uno de ésos con palco en el teatro, allí no hay que esperar, incluso puedes llegar tarde con todos los honores, y además toda la gente se fijará en ti. Justo detrás de nosotros, otra pareja mayor. Éstos al menos no despotricaban, pero como vieron que la espera iba para rato, se largaron a dar una vuelta dando por descontado que aquellos tres jóvenes tan majos les guardarían el sitio. No nos pronunciamos. Ellos mismos ingeniaron su propia estrategia. A pocos minutos de que la puerta fuese abierta, aparecieron. Volvieron a colocarse detrás de nosotros y nos agradecieron lo que no habíamos hecho. Poco más atrás otros hablaban de las enfermedades mentales: ?la sociedad está perdida, no sé dónde vamos a llegar? y de los chavales que frecuentan la plaza, siempre borrachos o drogados, a quienes el ayuntamiento les ha quitado unos bancos entre sombras de magnolio que eran para la gente que quiere descansar allí, desde ellos, hasta los alumnos del conservatorio, pasando por algunos de la cola que se quejaban por estar tanto tiempo de pie.

Y pensar y escuchar cada día que se culpa a los jóvenes de todos los males del mundo?

Si se mira con detenimiento, no es difícil descubrir que algunas superficies están tan carcomidas como tallas de la Edad Media, y que bajo los dorados, las perlas y brillantes, no queda más que podredumbre.

Continuará?


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jueves, agosto 05, 2004

Para mí, agosto huele a melocotón maduro.

¿Y para ti?


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Inspira...

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He oído o leído en algún lugar que el olfato de las mujeres se agudiza con la ovulación.
He oído o leído también en algún lugar que los recién nacidos apenas pueden ver lo que los rodea, pero son capaces de distinguir el olor de su madre entre un millón.
Tengo un buen sentido del olfato pero la civilización me ha convertido en miope. También es verdad que la miopía se corrige con lentes adecuadas.


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domingo, agosto 01, 2004

Perfume hecho palabra

Lavanda de Provenza, rosa de Bulgaria, rosa silvestre flor de escaramujo, muguete, bergamota, naranja de Sicilia, pomelo, mimosa, hierba, glicinia, lilas, violetas, almizcle, nuez moscada, madera de sándalo, incienso, opio, vetiver, canela, vainilla, magnolia, bambú, cedro, hierbabuena, melocotón, mora, fresa, té, gengibre, lentisco, peonía, flor de pitósporo, jazmín, azahar, lirio, gardenia, jabón de sales, jabón de Marsella, confitería, farmacia, arcilla, cortinas amarillas, frío, tinta, caramelo, humildad, cereal maduro, tierra, plumón, pueblo, lluvia, tormenta, tila, camomila, polvo iluminado, piel joven, cabello, calle, casa, día, tarde, noche, pino, ylang ylang, talco, arena, mar, piedra de río?


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