No habría confeccionado un herbario si no me gustase la naturaleza, en concreto su parte vegetal. No es tan fácil acceder a este mundo como, por ejemplo, al de los animales mamíferos, mucho más próximos a nosotros. Pero no por desconocido va a ser menos apasionante, así como el mundo de los insectos, tan parecidos a veces a las flores. Creo que uno de los problemas es que el ser humano sigue creyéndose el protagonista de los seres vivos que habitan la Tierra, y, como sólo puede ser él el que clasifica, pone en lugar preferente a los que más se le parecen; el universo verde queda a merced de estudiosos de rarezas.
Me apasiona observar aquello que desconozco, me apasiona que alguien me guíe por caminos desconocidos y me enseñe nombres o me haga asociar un aroma a determinada especie de flor o de hoja de árbol. Le debo mi afán por el conocimiento en estos temas a un profesor de ciencias naturales del instituto. El centro estaba en las afueras de la ciudad y, cuando el tiempo era bueno, salíamos un pequeño grupo a ver con él las procesionarias de los pinos, diminutas colmenas hechas con arcilla, troncos rellenos de termitas lechosas, agallas que forman las avispas en las ramas de los robles, a observar que la retama era una leguminosa. Jamás olvidaré tampoco un día en el monte de O Castro. Con una guía bajo el brazo aprendimos a mirar los tilos plateados, los plátanos de sombra, las mimosas, magnolias y camelias, el saúco, el boj, los cedros del Himalaya, los acebos, el serbal de los caballeros, los fresnos, los alisos y abedules? Prismáticos en mano vimos una oropéndola cual corona dorada en lo alto de un árbol alto, y, en el jardín del Conservatorio, un garrapinos escalando por un tronco, junto a los árboles del amor de hojas acorazonadas ya florecidos en aquella estación. Y volaban palomas torcaces y tórtolas turcas con collar azulado. Julio, nuestro profesor, criaba mariposas en su casa, a la vez que iban naciendo sus hijos. Muchos habrían dicho de él que era un ?raro?; yo digo que era un enamorado de la vida.
Apenas conozco el campo a no ser por mis vacaciones en el pueblo, del que recuerdo desde siempre malvas, hojas de parra y mantis religiosas, pero numerosos paseos me han hecho descubrir y amar otros aromas y colores que me llenan el alma de aire puro. Y sé que es posible encontrar joyas plateadas en los bordes de los caminos, madreselvas en los muros de algunas casas y encrucijadas adornadas con rosales de té.
