Herbario


sábado, julio 31, 2004


No habría confeccionado un herbario si no me gustase la naturaleza, en concreto su parte vegetal. No es tan fácil acceder a este mundo como, por ejemplo, al de los animales mamíferos, mucho más próximos a nosotros. Pero no por desconocido va a ser menos apasionante, así como el mundo de los insectos, tan parecidos a veces a las flores. Creo que uno de los problemas es que el ser humano sigue creyéndose el protagonista de los seres vivos que habitan la Tierra, y, como sólo puede ser él el que clasifica, pone en lugar preferente a los que más se le parecen; el universo verde queda a merced de estudiosos de rarezas.

Me apasiona observar aquello que desconozco, me apasiona que alguien me guíe por caminos desconocidos y me enseñe nombres o me haga asociar un aroma a determinada especie de flor o de hoja de árbol. Le debo mi afán por el conocimiento en estos temas a un profesor de ciencias naturales del instituto. El centro estaba en las afueras de la ciudad y, cuando el tiempo era bueno, salíamos un pequeño grupo a ver con él las procesionarias de los pinos, diminutas colmenas hechas con arcilla, troncos rellenos de termitas lechosas, agallas que forman las avispas en las ramas de los robles, a observar que la retama era una leguminosa. Jamás olvidaré tampoco un día en el monte de O Castro. Con una guía bajo el brazo aprendimos a mirar los tilos plateados, los plátanos de sombra, las mimosas, magnolias y camelias, el saúco, el boj, los cedros del Himalaya, los acebos, el serbal de los caballeros, los fresnos, los alisos y abedules? Prismáticos en mano vimos una oropéndola cual corona dorada en lo alto de un árbol alto, y, en el jardín del Conservatorio, un garrapinos escalando por un tronco, junto a los árboles del amor de hojas acorazonadas ya florecidos en aquella estación. Y volaban palomas torcaces y tórtolas turcas con collar azulado. Julio, nuestro profesor, criaba mariposas en su casa, a la vez que iban naciendo sus hijos. Muchos habrían dicho de él que era un ?raro?; yo digo que era un enamorado de la vida.

Apenas conozco el campo a no ser por mis vacaciones en el pueblo, del que recuerdo desde siempre malvas, hojas de parra y mantis religiosas, pero numerosos paseos me han hecho descubrir y amar otros aromas y colores que me llenan el alma de aire puro. Y sé que es posible encontrar joyas plateadas en los bordes de los caminos, madreselvas en los muros de algunas casas y encrucijadas adornadas con rosales de té.


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jueves, julio 29, 2004

Hay ciertas personas, sobre todo mujeres, que me producen un verdadero horror vacui (miedo al vacío). Me refiero a esas chicas o no tan chicas que se visten con prendas llenas de letras, a veces formadas con brillantes, lentejuelas o abalorios de todo tipo y condición, y acompañan su vestimenta con complementos no menos churriguerescos: bolsos de letras que se repiten hasta el infinito, chapas doradas que ostentan firmas o cabezas de Medusa, cinturones donde queda evidente la marca, zapatos con logotipos grandes y no tan grandes. Las letras son como señales de tráfico en las que resulta imprescindible y necesario fijarse. He aquí una dama con dinero que viste CH o PdH y que acompaña su vestimenta con un bolsito de CD y gafas de Chanel. Los zapatos suelen ser de tacón y puntera incómodos, forrados con telas de mil colores y rematados con blondas extrañas. Los colores que eligen son normalmente llamativos como los de los insectos venenosos o polinizadores. Adoran  el color de la mantis y el rojo peligro. Contrariamente a lo que la gente normal consideraría propaganda, ellas pagan sus "letras" religiosamente, como quien compra un coche o está pagando la nevera.

Real como la vida misma, acabo de describir a una chica que vimos de espaldas por la calle, caminando penosamente, haciendo un ruido seco de suela sintética sobre el pavimento duro, un poco más allá de las Boinas Elósegui. Nos llamó la atención para mal. Nos fijamos luego en que era una conocida, la reciente esposa de un primo tuyo. Desde más cerca se aprecian los detalles más pequeños: sortija de oro blanco y brillantes, pendientes idem, cigarrillo Marlboro. Reunida ya con su marido, nos cuentan su viaje a New York: ?tenemos que aprovechar antes de tener niños?.

Curiosamente, apenas hablan de cosas interesantes.

Cartera llena, cabeza vacía; disfraces de pan de oro y hojas de acanto, cerebro minimalista.

Tienen que exhibir por fuera lo que no tienen dentro.

El perfume se inventó para disimular los malos olores.


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Ventanas azules
Verdes escaleras
Muros amarillos
Con enredaderas
Y en el tejadillo
Palomas caseras


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miércoles, julio 28, 2004

La primera palabra que se me vino a la mente al despertar fue vainilla. Nada más haber pensado en ella surgió en mí la pregunta de que por qué en portugués dicha palabra se escribía con b, cuando realmente procede de vaina, y ésta a su vez del latín vagina -ae, funda que servía para guardar la espada. Muchas veces he visto vacilaciones entre b y v en las lenguas romances, debidas al sistema caótico de escritura en la Edad Media, que no encontró una norma fija hasta más adelante.

Atando cabos, la palabra en portugués me trasladó a unas vacaciones familiares al pueblo portugués de Luso, donde una noche, en la cafetería del hotel balneario, a mi hermano Pablo se le ocurrió pedir un helado de "baunilha".

Aquel viaje me sorprendió gratamente. Desconocía del todo que existiese un lugar con tanto encanto, junto al cual se extiende un bosque creado en el siglo XVIII por unos monjes y en el que se puede pasear por un camino bordeado por helechos gigantes y descender por una escalinata por cuyo centro baja agua limpísima. En la entrada, en unas letras sobre mosaico, dice, y traduzco: "Esto no es la puerta del paraíso, es el mismo paraíso". En el centro del bosque, un espectacular hotel neomanuelino coronado por una bola atrae a los visitantes y a posibles clientes adinerados. Siempre me he preguntado qué significado tienen esas bolas metálicas que en Portugal colocan sobre los edificios. A mí me parece que representan algo así como el nuevo mundo descubierto. En un rincón del bosque, una puerta conmemorativa, recubierta de piedras blancas y negras, recuerda que allí mismo se libró una batalla napoleónica.

El cielo, tan obstinado estos días en ser claro y de una luminosidad punzante, se ha cubierto de blanco y se ha puesto a sudar lluvia menuda.
 


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martes, julio 27, 2004

Ayer después de la comida me quedé completamente dormida en el sofá. Me despertaste para decirme que salías y que quedábamos a cierta hora en tal sitio. Me volví a dormir, ni siquiera sé lo que te dije, creo que algo mal articulado que probablemente no entendiste. Desperté a tiempo para la cita pero, de repente, me di cuenta de que había olvidado el lugar donde nos veríamos. Me entró una especie de terror, de no saber si nos perderíamos, de querer intentar buscarte en todos los lugares donde sueles ser habitual. Pasados unos minutos me acordé.

Salí de casa y decidí atravesar la ciudad por el parque. Mientras iba pensando en invitarte a un helado en cualquier puesto de los que hay por allí, te vi de lejos, acercándote a mí. Te esperé en lo alto de unas escalerillas. Me dijiste: ?te invito a un helado?. Buscamos un banco a la sombra y me leías poemas eróticos con estusiasmo, mientras tu helado de chocolate se iba derritiendo y te manchabas sin querer. Tuve que llamarte la atención y nos reímos. Podías leerme aquellos poemas cuando quisieras, pero el helado no podía esperar mucho. Sin embargo los versos atraían tus ojos. Era como el que tiene que escribir, en pleno ataque de inspiración, ante una vela que se consume con rapidez.

Acudimos a un concierto en la catedral al que no sabíamos de antemano si podríamos entrar. Una cola enorme empezaba en la puerta izquierda del pórtico y se extendía calles más atrás. Cuando conseguimos entrar sólo pudimos sentarnos en una pequeña tarima detrás de todo. Música renacentista de voces trabajadas, polifonía perfecta, timbres purísimos mancillados por paseos de chanclas de goma adelante y atrás, lloros de niños, saludos entre paisanos, llamadas de teléfonos móviles, los tosidos de siempre entre cada pieza. Al final, como siempre, la clac estalló en aplausos infinitos. El concierto fue tan bueno que me irrité mucho más que si no me hubiese gustado. Suele darse la extraña mezcla entre lo sublime y lo odioso.


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lunes, julio 26, 2004

Me tocaba ir a pagar el recibo de la luz, un poco atrasado ya, en un banco donde los empleados tienen, invariablemente, cara de vinagre . Eso fue lo que venció mi pereza, después de haberme levantado un poco más satisfecha del sueño que las noches anteriores, en las que casi no pegué ojo por culpa, en gran parte, del calor.

Me puse una camiseta roja de piqué que andaba por el fondo del armario y que al menos tiene 10 años. No sé cómo me había olvidado de ella, prenda con la que me viste por primera vez y de las que tienden a durar de por vida, de esas a las que el paso del tiempo no hace sino mejorarlas.  

Golpe de luz de mediodía nada más alcanzar la puerta de abajo. No hay nada todavía en el buzón; el cartero suele pasar a las 13:00.

Al salir a la calle y girar a la derecha paso por una frutería donde una vez una lechuga me costó 1 euro. A continuación hay una ortopedia que hace poco que pusieron y donde un maniquí se asoma con un collarín y otros accesorios de casa de los horrores. Como todavía no estoy muy acostumbrada a ese escaparate, el maniquí me pega sustos un día sí y otro también. Siempre me pilla desprevenida. Si volviese a bajar ahora a buscar el pan, por ejemplo, volvería a sorprenderme. La costumbre hace que no nos fijemos en las cosas que siempre nos rodean y que nos parezcan más chocantes, para bien o para mal, otras que no habíamos visto. Ni qué decir tiene que jamás me fijo en la frutería, donde no he vuelto a comprar nada más.

En una calle paralela me detuve en una tienda de no más de cuatro metros cuadrados en la que había infinidad de objetos, todos pequeños o fáciles de almacenar. Es una especie de mercería donde venden pendientes, collares, espejuelos, pijamas y blusas enormes para señoras enormes que no encontrarían su talla fácilmente. A veces estas tiendas pueden ser un paraíso; en ésta encontré un bonito collar de piedras de colores para mi madre. En ocasiones me comporto como una verdadera urraca, ese ave que roba todo lo brilla.


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domingo, julio 25, 2004

No hay gente por las calles, apenas nadie. Los domingos se calla la ciudad. El tráfico no molesta. Ir caminando hacia el centro por la mañana es un momento delicioso, hasta llegar a los alrededores del mercado. Gente, mucha gente, parece que se hubiese concentrado toda allí mismo. La multitud no me deja mirar como quisiera los cachivaches de algún puesto del rastro. Pero en otros soy yo la que consigo estar en primera línea. Me gusta aquél donde hay cientos de llaves de todos los tamaños, campanillas, relojes historicistas de mesa quizás de no hace mucho tiempo, almireces con relieves de leones, candelabros de latón sucio, pequeñas piezas sueltas que pertenecerían a algún mecanismo.
 
Encuentro vestidos camiseros de colores alegres como el fucsia o el verde. Me encapricho también de camisones blanquísimos de algodón de tirantes con entredós en los bajos y lacito en el pecho, o de calcetines de rayas de colores. Más allá una gitana vende todo tipo de adornos hechos con abalorios.
 
Todo es color en el mercado. La luz hace rechinar las superficies hasta herir los ojos. Junto a la señora que vende peces y tortugas se extiende el territorio de las flores. Casi siempre huele a lirios. Los lirios no huelen igual en la calle de un mercado que dentro de una iglesia.  El aire libre alivia su perfume denso y pegajoso.


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Ya es 25 de julio. Tu cumpleaños. Felicidades mamá. Sueles contar que a estas horas la abuela se iba a marchar a la cama después de haberse colocado pajaritas en la cabeza para poder tener tirabuzones el día de la fiesta. Estabas a punto de nacer. A la mañana siguiente a la abuela se le ocurrió ponerse a limpiar hasta la hora de la misa, y enseguida, en el momento en que las campanas de la iglesia repicaron por el patrón, se puso de parto. Naciste en lo que luego yo conocí como una cocina.
 
Los abuelos pensaron en el nombre de Santiaga pero no les gustó. En su lugar te llamaron Ana, la onomástica que se celebra un día después. Ana, Anita, Anitiña. De nuevo, felicidades.


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sábado, julio 24, 2004

El día ha sido tan caluroso que tuve que desperdiciar algunas horas porque no podía concentrarme en nada. A pesar de todo, es la primera vez que cojo el tomo rojo inglés de la biblioteca de favoritos con el nombre de Oscar Wilde. Solamente de niña había leído unos cuentos que me gustaron, apenas tres: El príncipe feliz, El ruiseñor y la rosa, y El gigante egoísta. Ahora me pongo a leer otras cosas bien distintas. He comenzado por El retrato de Dorian Gray. No sé si me gustará pero ha superado la tregua de las diez primeras páginas. Engancha. Sin embargo, ya me he dado cuenta de otra cosa; Wilde se pone demasiado artificioso. No me gusta tener que descifrar las frases, los dobles sentidos de las cosas, más que unas pocas veces. Me resulta igual de incómodo que esas películas que resuelven un misterio al final y con las que debes estar muy pendiente de cada cosa que pasa para llegar a entenderlo todo.
 
No sé por qué lo artificioso parece a los ojos intelectuales más artísticamente válido que lo simple y natural. Quizás se trata de una cuestión de inmadurez, aunque quizás tampoco soy la más indicada para suponerlo.


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Lo primero, gracias.

Una abeja revolotea entre las flores. Hará buena miel.


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